El termómetro de esta época

Daniel Díaz ganó ocho títulos en Boca. En su primera etapa obtuvo seis, Copa Libertadores 2007 incluida, y emigró con todos los honores castrenses. “Vi la gente cantando el ‘River decime qué se siente’ y me decidí a volver”, declaró antes de su regreso desde España. Le cambiaron el central a cada semestre, jugó de […]

Daniel Díaz ganó ocho títulos en Boca. En su primera etapa obtuvo seis, Copa Libertadores 2007 incluida, y emigró con todos los honores castrenses. “Vi la gente cantando el ‘River decime qué se siente’ y me decidí a volver”, declaró antes de su regreso desde España. Le cambiaron el central a cada semestre, jugó de cuatro, jugó de tres, jugó en el Monumental desgarrado al día siguiente de la muerte de su suegro. Fue el más regular de todo 2015, el único año de alegrías en el último tiempo. Jamás tuvo una declaración fuera de lugar.

Daniel Díaz, también, fue el capitán de la apática y triste eliminación contra River en la Sudamericana 2014, en un equipo carente de liderazgos. Fue uno de los que calló y que no supo qué hacer en la eliminación de la Conmebol en 2015, en medio de un club entreguista desde todos sus estamentos. Fue la foto de cada derrota aplastante: 0–4 con San Lorenzo, 1–3 con Racing, 2–3 con Independiente del Valle… En todas su nivel fue flojo, en todas sufrió la presión de una cita de envergadura como el resto de sus compañeros.

Daniel Díaz fue el termómetro de un buen equipo, doble campeón, con momentos de buen fútbol y que le devolvió el protagonismo a Boca; pero también que flaqueó en las citas que más espera el hincha. Dos títulos y una semifinal es el saldo de este equipo en los últimos cuatro torneos que jugó, y que el capitán abandone el barco entre penumbras después del naufragio en la Copa es el síntoma de una enfermedad psíquica que aqueja al club: la histeria, tanto desde el entorno mediático como desde las vísceras del club.

El tiempo, gran ordenador de las cosas, devolverá a Daniel Díaz a un lugar importante dentro de la historia del club: lo merece por su pasado. Por su presente, es lógica su partida, a pesar de que el adiós no siempre es como en las películas. A los 37 años, el Cata vuelve a España y deja a Boca, un Boca que tiene una misión bisagra para sus próximos años: que al protagonismo actual se sume la cuota ganadora que falta, o que la base construida se derrumbe a causa de los cimientos corroídos por una a veces inexplicable desesperación.

Por @lucasg91

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