ExpoBoca: historias mínimas

La primera edición de la Expo Boca dejó muchos momentos para contar: desde la amistad de Giunta y Márcico, al pedido de perdón de Villarreal.

Beto&Blas

-“Daaaaale gorrrrrrrdo, ¡hace media hora que estás llegando!”, grita Blas por teléfono desde el playón de Espora.

-“Salí, boludo, nadie quiere tu autógrafo…”, se ríe el Beto en medio de una firma masiva en las canchas sintéticas del club.

Cuatro días de constante stand-up, cuatro días de un dueto que te anima cualquier fiesta. Márcico y Giunta llegaron y se fueron juntos todos los días de la Expo, de jueves a domingo compartieron charlas y firmas de autógrafos en cada escenario habilitado de la Bombonera. Inseparables e histriónicos, las pocas veces que no estaban discutiendo era porque Blas hablaba de su sueño de dirigir a Boca con el asentimiento cómplice del Beto.

¡Mirá Beto, acá está tu hermano menor! ¡Para que entren en una foto juntos hay que sacárselas de una cuadra!”, fue la ocurrencia de Blas al cruzarse a un hincha bostero entrado en kilos. Cómodos todo el tiempo, felices full time, no escatimaron autógrafos, fotos ni nada: pararon absolutamente en cada rincón de la cancha donde los hinchas se lo pidieron: una sitcom de cuatro días.


Los pasillos de su casa

Sábado, pasadas las 20hs, el staff de la organización descansaba del primer día del fin de semana, fecha agotadora y prueba bisagra por la cantidad de gente que asistió a la Bombonera. Ya sin hinchas en los pasillos de la exposición, las puertas del VIP de repente se abrieron de par en par: Mauricio Serna, tres horas después de sus presentaciones en los escenarios, seguía en el estadio sin que nadie supiera de su presencia.

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Los cuatro días de Chicho fueron así: después de brindarse al 100% con la gente y de ser de los más divertidos de los invitados, se refugiaba en su búnker privado, un depósito de los puestos de comida en el segundo anillo de la Bombonera. Amigo de los empleados desde sus tiempos como jugador, el colombiano se esfumaba de la seguridad y de los organizadores guardándose por horas ahí adentro: tenía bebida, le alcanzaban ensaladas de frutas, y pasaba horas riéndose con su gente, con los que aún hoy tiene una estrecha relación.

Cuatro años estuvo Serna en Boca y, como dijo desde el escenario de la Bombonera, “siempre sentí que debería haber jugado más”. Le bastó para adoptar a la Bombonera y a su living improvisado de la platea media como una extensión de su propia casa.

Los pibes

El grupo de los amigos del fútbol, del club, de la infancia, de la bandita de música… Ellos juntaron todo en un mismo grupo: Ariel Carreño, el Chavo Pinto, Héctor Bracamonte y Julio Marchant fueron inseparables durante la ExpoBoca. Todos se juntaron para escuchar tocar a Braca con Revanchistas en el escenario principal, se sacaron fotos en el vestuario como en los viejos tiempos, charlaron como hablan todos los días en su grupo de Whatsapp, titulado “Los pibes de la Pensión”. En una recorrida por los pasillos del estadio y alejadísimo de cualquier micrófono, Carreño lo definió bárbaro al pasar: “Es que Boca te da un sentido de pertenencia único, una identidad que no está en otro lado”.

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De Colombia con amor

El sábado, un taxi lo esperaba a las 14hs en el playón de estacionamiento para retirarse después de sus actividades en la Bombonera: se quedó cuatro horas más. Fabián Vargas fue uno de los jugadores que más gozó de la ExpoBoca, recorriendo viejos pasillos y hasta emocionándose al caminar otra vez el túnel a la cancha.


Habló del silencio atroz de la semifinal de 2004 en River, pidió expresamente que coordinen sus actividades con las de Seba Battaglia para poder saludarlo, estuvo una hora bajo pleno sol del mediodía firmando autógrafos, y su mujer siguió sus pasos con el IPhone filmando y sacando fotos para guardar el recuerdo de cada momento en su vuelta a La Boca.

¿Sabías que una pareja se casó en la Bombonera?


Amigos eran los de antes

¿Pero dónde está el Rata? Si me dijeron que él iba a estar acá… ¿En el VIP? Bueno, vamos para allá, o que venga para acá”. “No, ahora no voy, nos subimos todos juntos, el Rata y Silvio no hablan, hablamos Rojitas y yo”. “¿El Rata viene para acá? Bueno, tráelo pero despacio, tené cuidado, a veces se le complica caminar, no te preocupes por mí que yo estoy bien, cuídalo a él…”.

Alfredo Rojas, Ángel Clemente Rojas, Antonio Rattín, Silvio Marzolini: cuatro glorias de Boca enormes, impresionantes, héroes de tiempos blancos y negros. Y que, hermanados por ese manto de idolatría, se cuidan, se miman y se esperan los unos a los otros ahora que ya están grandes y tienen las limitaciones lógicas de la edad.

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Se esperaron en todo momento y se movieron en bloque, con la hija de Silvio y la esposa del Rata como principales guardianes. Después de años de batallas y victorias épicas, los ídolos muestran su costado más tierno, pero siempre con la identificación bostera como bandera. Si al final de cuentas, cuidarse entre ellos es cuidar al club.

El arrepentido

El primer día de la Expo se mandó sólo por los pasillos del club y se encontró con la gente que hacía el recorrido normal: lo acorralaron, lo abrazaron, lo saludaron y lo retuvieron más de una hora y media firmando y sacándose fotos de pie, sin ningún personal de seguridad alrededor. “Yo no suelo venir a estas actividades, siempre pienso que alguno me puede reprochar por mi pasado, pero me convencieron y la verdad que estoy feliz de estar acá”, soltó ese jueves, después de una avalancha de afecto de la gente, José Luis Villarreal, el hombre que en su época de jugador, después de ser campeón con Boca pasó a River.

El quiebre definitivo se produjo el viernes a la noche: en una cena en el Hotel Boca de ex jugadores con hinchas que pagaron un extra, Villita agarró el micrófono y se quebró. Entre lágrimas y sollozos, les pidió perdón a los presentes por haber jugado en River, y le rogó al organizador de la Expo que le deje hacer su pedido de disculpas en plena Bombonera. Lo hizo el sábado, también emocionado, también con lágrimas en los ojos, franqueado por Beto Márcico y Blas Giunta: la platea baja, con miles de hinchas, terminó aplaudiendo de pie su confesión. “No sé si me merezco todo esto”, cerró el cordobés.

Quedará en cada hincha levantarle la proscripción, perdonarle esas fotos con la banda roja cruzada en el pecho, pero José Luis Villarreal se fue de Buenos Aires dejando por fin una mochila pesadísima que llevaba en la espalda. “Me permitieron recomponer la relación con la gente, rompí una barrera y me vuelvo feliz para Córdoba”, fue su saludo final por WhatsApp, donde su chat muestra una flamante foto nueva de perfil: Villita de pibe, de nene, con la camiseta de Boca puesta.

Fotos: @expoboca

Por @lucasg91

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