#MuyBocaViaja: que de la mano, de los neutrales…

Goleada en el Minella, rabas en el puerto, saltó la banca en el Casino, unas birras por la Güemes: crónica de un viaje inolvidable a Mar del Plata sin los colores de Boca.

Los organismos de Seguridad prohibieron los visitantes y Aldosivi puso las entradas para neutrales a $1.200. El pronóstico era de tormenta eléctrica, y en el camino hasta se rumoreó la posibilidad de que se suspenda el partido. Banfield había ganado la noche anterior y se había puesto a dos puntos. Tevez bombardeó desde China a Román y el clima estaba más enrarecido que las nubes de la Costa… Y así y todo, fue uno de los mejores viajes para ver a Boca de este humilde aficionado.

Repartidos en dos autos, salimos 9.30 de Devoto tras esperar hora y media a un hincha de Vélez, a quien el lector conocerá después, y al que tenía las entradas: imposible irse sin él. A pesar de los esfuerzos de Facundo, el peor cebador de mates de la historia, el viaje se hizo rápido y sin lluvia: a las 14 llegamos a La Feliz ya sabiendo que, con el sol asomando, el partido sí se iba a jugar.

La primera gran apostilla del viaje fue el departamento que consiguió Fede: “estilo antiguo”, diría el aviso de la inmobiliaria; un monoambiente cuya última remodelación se hizo bajo las promesas de Frondizi, dije yo. Más allá de cierta decrepitud y de la presencia de unos muñecos perturbadores que simulaban ser adornos pero todos sabíamos que eran entes demoníacos, el lugar cumplía con lo que necesitábamos: un lugar para dormir, no pasar frío y dejar los bolsos. Un lujo.

Nos fuimos a comer y Campa, cual viejo veraneante de MDQ, nos dio la orden de ir a Chichilo: pagamos no menos de 300 pesos por cabeza y sobró una cantidad de mariscos como para alimentar a los lobos marinos del Puerto. De ahí, birras de por medio, a la cancha. Todos vestidos de gris: el azul y oro quedó proscripto…

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“¿Se cantará por Boca?”, preguntó un ingenuo miembro del grupo, novato del neutralismo. Adentro empezaron los saludos: nos conocíamos todos, era Brandsen 805 con un poco de brisa marina. El partido, lo saben todos, fue una fiesta, y la platea se transformó en una popular donde La butacas estaban de decorado. Con el 4-0 consumado, nuestro grupo comenzó el grito que después fue tapa de todos los diarios: “Que de la mano, de los Mellizos…”. Sí, lo empezamos nosotros, señor lector. Una anécdota tan incomprobable como agradable para contarles a los nietos.

Éxtasis absoluto. Corrí por la platea en el 1-0 de Pavón, salté en la butaca no menos de seis veces en el 2-0 de Centurión, el gol más lindo que vi en mi vida. Con la victoria consumada se compró más cerveza, vino y picada para cenar con alegría en el a estas alturas hermosísimo departamento, con la compañía de un televisor de los ’80 que sólo tenía tres canales. Se completó un día soñado con unas birras en la zona de bares, para ir a dormirse feliz, feliz por Boca, feliz por el alcohol, feliz por los amigos.

Se acordará el lector de la presencia de un hincha fortinero. Se fue a Mar del Plata en junio, viajó vestido con campera de Vélez y buzo de Belgrano, gastó 480 pesos en una paella de la que dejó más de la mitad, ganó guita en el Casino y con eso se compró una platea -que el vendedor entregaba por $1.200 y él dio $1.500-, festejó el 5-1 de su Vélez a Sarmiento y prometió ir a Bahía si le conseguíamos entrada: todo en un fin de semana. Les juro que este personaje incomprensible existe y fue la frutilla del postre de un viaje perfecto.

Por @lucasg91

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