Los pases de Fernando

Gago no se tira a los pies como Wilmar Barrios ni mete los goles de Benedetto, pero es el hombre más importante del equipo. De ovaciones e idolatrías.

Quien escribe estas líneas ya no es un jovencito que patea una pelota de algodón en el pasillo de su casa contra el espejo que concibe como arco. Ya no sueña con pisarla como Juan Román ni meter los goles de Martín. Hace rato que no tiene ídolos, porque los ídolos son para los pibes. Esos que empiezan a hacerse bosteros en tiempos bastante menos gloriosos que aquellos, pero que buscan, como uno a esa edad, jugar a ser.

No hay una receta para ser el elegido por la hinchada. Cada club tiene un arquetipo de futbolista predilecto. En Boca, la garra es el ancho de espada. Esa característica que “no se negocia”. Curioso concepto: la virtud que más atrae al boquense tiene una formidable capacidad camaleónica y es fácilmente confundible.

Fernando Gago nació el 10 de abril de 1986 en Ciudadela, en el seno de una familia de clase media trabajadora. Vivió en Castelar gran parte de su vida, pero se crío en canchas de fútbol en Villa del Parque y en La Boca. Desde su primera aparición se lo comparó con Fernando Redondo, acaso uno de los más exquisitos volantes centrales surgidos en el país, por su estilo de juego y, sí, un poco también, por su look. Pero en La Bombonera no hay mucho lugar para los líricos que le tienen alergia al pasto y Pintita se ganó uno a fuerza de una calidad incuestionable. Es misma que lo llevó a disputar 121 partidos en Real Madrid, a ser catalogado como uno de los mejores socios de Lionel Messi en la Selección argentina y a ganar ocho títulos con el Xeneize.

Su regreso estuvo signado por las lesiones. Dos fracturas del tendón de Aquiles lo marginaron de las canchas durante gran parte del 2015 y del 2016. Pero, tripa y corazón, el tipo siguió. “Después de lo que me pasó, empecé a disfrutar más”, reconoció en una entrevista para el diario La Nación. Una nueva filosofía a través de la cual canalizó su mejor versión desde su vuelta y que lo convirtió en el conductor del equipo de Guillermo, en el eje desde atrás hacia adelante. Su garra no está en el barro que exige la tribuna, sino en el fútbol que despliega mejor que nadie, después de dos lesiones que bien le podrían haber costado un retiro involuntario.

Cuando la voz del estadio anuncia la formación, minutos antes del “Boca, mi buen amigo…”, Wilmar Barrios y Darío Benedetto se roban el espectáculo. La identificación con el colombiano fue instantánea y el reconocimiento al mejor centrodelantero post-Palermo es inevitable. En la generalidad, Gago no entra en el aplaudómetro.

La idolatría tiene varios escolios y no es la intención de este ¿apunte? marcárselos al lector, aunque, si la fortuna lo acompaña, pueda utlizarse como reflexión para que los más chicos sueñen con meter los goles del Pipa, tirarse a barrer como el colombiano, pero también, por qué no, meter los pases de Fernando.

Por @gboero

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