Multifacético

Guillermo fue el principal responsable del gran año que vivió Boca: suplió bajas sensibles, acertó con los refuerzos, potenció a sus dirigidos, logró una sintonía colectiva, y sí, gritó campeón. En 2018 el desafío se extiende a Sudamérica.

Hace pocos días la Federación Española vetó la posibilidad de que Almirón, técnico finalista de la Libertadores, asuma al frente de Las Palmas por no tener cinco años de experiencia como entrenador. La resolución, considerando su palmares, parece un tanto ridícula. ¿Acaso alguien cree que un tipo que ganó tres títulos con Lanús y que estuvo a una fase de alzarse con la Copa no está apto para dirigir a un minúsculo club de España? Por la misma situación -por suerte- pasó Guillermo Barros Schelotto. En su caso fue la UEFA la que le negó la chance de conducir al Palermo. Visto en retrospectiva, más que un castigo, fue un favor. La historia es conocida por todos: el Mellizo recaló en Boca, fue campeón del torneo pasado, es líder del actual y va por la Libertadores en 2018.

Todo eso sucedió en estos dos años en los que Guillermo, con muchos más aciertos que errores, dejó en claro que la norma de la UEFA es absurda. Luego de un primer semestre oscilante, el Xeneize encontró su mejor versión a fines de 2016 con un Tevez estelar. Sin embargo, Carlitos se marchó a China dejando toda la presión, antes compartida por ambos, sobre el Mellizo. Y allí se manifestó una de las máximas virtudes del técnico, repetida luego en varias oportunidades. Lograr suplir las ausencias de sus figuras: la ida del Apache, las lesiones de Gago, la de Benedetto.

Si el final del año pasado nos ilusionó, este 2017 ratificó que nada de lo sucedido había sido un oasis. Un simple dato convierte en irrefutable cualquier atisbo de cuestionar la supremacía de Boca en el fútbol argentino: fue líder del torneo durante todo el año. Y la mano del técnico se vio en varios aspectos. Tal vez el más destacado es que con el nivel colectivo logró potenciar los rendimientos individuales. Comenzando de atrás para adelante, impulsó a Rossi, pese a su inexperiencia, desde el primer partido oficial del año, relegando a Sara.

En defensa fue probablemente donde más falló. Insistió con Peruzzi y Vergini en exceso. Sin embargo, luego de la caída ante River que casi pone en jaque el campeonato, reparó sus errores. Consolidó a Jara en el lateral derecho y hoy el ex Estudiantes se convirtió en una garantía. Incorporó a Goltz, quien respondió con solvencia desde el primer minuto. Recuperó y revalorizó a Magallán. Y le dio un tirón de orejas a Fabra, de sobrada capacidad, pero un tanto disperso.

En el medio, una vez que asentó a Barrios como titular, conformó un tridente formidable. Gago se repartió la gestación con Pérez. Y el colombiano, de vital importancia, se encargó de la salida del fondo y la recuperación. En la segunda parte del año sumó a un tractor como Nández, autor del gol más importante del 2017 para sentenciar el triunfo en el Monumental.

Sobre el ataque sólo se pueden recitar elogios. Pavón, el niño mimado de Guillermo, maduró mucho. Seguramente con ayuda de los consejos del Mellizo, corrigió su principal falencia: aprendió a leer lo que pedía la jugada. Tan así fue que se ganó la citación a la Selección. Al igual que Benedetto, la máxima figura de Boca en el año. El 9 que fue cuestionado por algunos que pedían el ingreso de Bou a principios del 2017. Sin embargo, para el entrenador nunca hubo dudas. El trío lo completaron Centurión en su momento y Cardona ahora. Con características disimiles, ambos respondieron dentro de la cancha.

Muchos, los más exigentes sobre todo, sostienen que un buen entrenador no es aquel que sólo logra títulos. Dicen que también debe potenciar a sus jugadores. El título obtenido tacha el primer casillero. El repaso individual, pormenorizado de sus dirigidos, completa el segundo. Tal vez en Europa todavía no lo valoren. Poco le debe importar al Mellizo: conquistó Argentina, va por América, y si el destino quiere, en Abu Dabi siguen ustedes…

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