Toma la palabra

Boca se juega el honor ante River en Mendoza por la Supercopa: un triunfo podría bajarle la guardia al ciclo Gallardo. Desde la vereda de enfrente se la pasaron hablando para condicionar. Es hora de que el Xeneize responda en cancha…

Al momento de hacer un análisis de la Supercopa, son muchos los que apuntan la lupa hacia las supuestas obligaciones con las que llega cada equipo. Acá parece lógico que el peso recaiga sobre Boca. Siempre el más grande es el que está más obligado. Sin embargo, además de su historia, al Xeneize lo avala su presente ideal en la Superliga. Mientras que River apenas pugna por un lugar en la Sudamericana del año próximo. La observación sobre los deberes de cada cual, que se ve mucho en los medios esta semana, es un tanto traicionera. Visto con algo de escepticismo parece ser una coraza por si es el Millonario quien fracasa. Y una guillotina suspendida sobre Guillermo y compañía si se da a la inversa.

Está claro que ambos ponen mucho en riesgo. El orgullo está en juego. Es la segunda final que Boca y River definen mano a mano. Una estadística que se repitió bastante en la previa del encuentro. Por las dudas lo aclaramos: el Xeneize ganó la primera en 1976, un dato apenas relevante, que algunos omiten cuando hacen el repaso.

Tal vez los más precavidos hagan hincapié en todo lo que Boca pone en peligro al disputar esta final. En un club donde se desata una crisis si un jugador sale a bailar, imaginemos una derrota en una final con el eterno rival. Y a veces se pierde de foco el valor que podría tener un triunfo en Mendoza. En síntesis, se podría resumir como una mancha al único ciclo en la historia de River que parecía intachable. Y ellos saben de manchas…

Es cierto que Gallardo viene golpeado. River se la pasó refregándole a Boca la participación -si, la participación- en la Libertadores 2017. Lanús le metió cuatro goles en 20 minutos y lo sacó de la Copa. A los pocos días perdió con Boca, puntero del torneo local hace más de 400 días. Ahora está penando en la Superliga lejos de los puestos de copas. Sin embargo, pese a todo esto, los únicos que tenemos el botón para detonar la bomba que parece haber sido plantada en Núñez somos nosotros.

Al Muñeco, que en otras épocas contaba con baluartes como Delfino, Trucco y Pitana -este último hace no tanto-, todavía lo respaldan las llaves coperas que le ganó al Boca de Arruabarrena. Primero, este no es ese Boca. Segundo, es entendible la admiración en la vereda de enfrente por Gallardo. Si hasta 2014 River era un club que carecía de épica. Un equipo que le ganó su única Intercontinental a un equipo impronunciable de Rumania, que atesoraba un clásico por el color de la pelota y que por Libertadores iba a Brasil a conocer las playas. ¿Cómo no le van a estar agradecidos de por vida? ¿Y que peor sería para ellos que la daga que hiera de muerte su ciclo se la clave el Xeneize? 

Es cierto que estas líneas parecen estar bastante centradas en Gallardo. Ojo, fue él mismo quien se la pasó hablando del Xeneize en la previa. Levantando sospechas por un partido intrascendente ante Godoy Cruz que no le importaba a nadie. Mientras que hace no tanto, en tiempos en que fue escandalosamente favorecido por los árbitros, decía que «River no lloraba como Boca». Dice el refrán que el ladrón cree que todos son de su condición. Quédese tranquilo Muñeco que quien las hace, las paga. Pero antes de abrir el paraguas sin que llueva -o estar con la guardia alta- recuerde esto: no le vamos a pagar con la misma moneda…

 


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