De la nada al mundo

Te invitamos a un recorrido por el barrio de Wilmar Barrios en Cartagena: de su casa e infancia humildes y las calles de tierra al Mundial de Rusia. ¿Volverá después a Boca?

Luis Alejandro Velasco, imbatible náufrago del famoso relato de Gabriel García Márquez, alzaba su vista hasta el Cerro de la Popa y se entretenía identificando estrellas. ¿Cuántas noches, frente a esa misma elevación de la colonial y heroica Cartagena, Wilmar Enrique Barrios habrá soñado un futuro de futbolista profesional? ¿Cuántas veces, en esa humilde casa limítrofe con una zanja, le habrá dicho a su abuela Cilia que cuando él jugara en la Selección Colombia se mudarían a un barrio con servicios básicos y calles asfaltadas? ¿Y cuántas le habrá prometido que la invitaría a un restaurant elegante, con manteles de hilo, en lugar de ese carrito donde desde las 7AM fritan arepas y patacones, con bananas maduras y aplastadas?

Desde pequeño, Wilmar llamaba la atención de los habitantes del pobrísimo barrio La Candelaria porque se empeñaba en dominar cualquier balón entre las piedras y los pozos del poblado San Pablo, a unos ocho kilómetros de los lugares donde Cartagena luce playas de agua cálida, hoteles cinco estrellas y shoppings con marcas internacionales.

El siempre andaba con una pelota, nunca se le dio por la delincuencia. Por eso, cuando fue la vaina aquella del verano, yo estaba segura de que no había hecho nada malo. Esas mujeres sólo querían plata”, afirma Regina Miranda, antigua vecina del volante, muy informada de la realidad argentina, orgullosa de su bolsa tejida con una franja azul y otra amarilla.

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Aquí somos todos de Boca desde los tiempos de Córdoba, Bermúdez y Serna. Y mucho más ahora, con alguien como Wilmar en el equipo”, explica Luis Carlos Díaz, un fornido muchacho criado también en la zona y que trabaja de mozo en las playas de Bocagrande (mejor nombre no podía haber).
Luis Carlos calcula que el 30% de la población estable de Cartagena vive del turismo. Parece quedarse corto. En los balnearios un ejército ambulante ofrece gafas, bloqueadores solares, jugos de fruta, aceites de coco, muñecos inflables, pareos, fundas para celular, habanos, relojes, tatuajes, sombreros y excursiones a islas de arena blanca y palmeras grandes. No todos los vendedores son locales. Hay de Cuba, de Aruba -que no estaría tan bien como imaginaba el ex presidente de un club- y de Venezuela, tan interesados en vender chucherías como en difundir sus críticas a Nicolás Maduro.

También circulan unas negras feas, como han dado en denominarse: mulatas portentosas que dan masajes descontracturantes. La tarifa oficial, que incluye relax en pies, piernas y espalda, es de 50.000 pesos colombianos, unos 400 de los nuestros. Por ese mismo dinero se compra una aceptable réplica de la casaca que vestirá en Rusia la Tricolor de José Néstor Pekerman.

A diferencia de lo que pasa en Argentina, aquí la gente es más hincha de la Selección que de los clubes. Es raro que, fuera de un día de partido, veas a alguien con la camiseta de su equipo”, explica Juan Pablo Schwitzer, joven periodista que vivió seis meses en Buenos Aires y actualmente trabaja para la Federación Colombiana.

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En el postergado La Candelaria no se observan uniformes futboleros, aunque la temperatura (32° en invierno) obligue a usar mangas cortas desde la mañana hasta la noche.
“¿Y usted qué piensa, patrón? ¿Wilmar se irá a Europa?”, pregunta Regina. “Tal vez más adelante. En este momento Boca lo necesita”, se le responde, con más deseo que información.
Esa es la premisa: en cualquier cuadro con pretensiones hace falta uno que la haya peleado de muy abajo, uno que no haya tenido nada y hoy quiera ser dueño de todas las pelotas.

Por Marcelo Guerrero (@marce63guerrero).
Desde Cartagena

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