Siempre habrá fe

Un Boca suplente tuvo una floja actuación y cayó ante Racing. La mira está puesta en River: pese a todo, se puede revertir el 0-2 sin ventajas administrativas, apretadas a árbitros, butacas incineradas ni ayudas del VAR.

Cayó en fecha inapropiada la visita del último ganador de la Superliga y serio aspirante en esta. La inminencia del segundo cruce vs. River obligó a poner una formación de poco rodaje, en la que seis de los iniciales suman menos de 25 partidos con la camiseta de Boca. Hubo chances para salvar el invicto, sobre todo con pelotas aéreas, pero las prestaciones individuales y el funcionamiento colectivo fueron deficientes. Por más que se mantenga el primer puesto en la Superliga, todos sabemos que el resultado de este martes será determinante para evaluar la gestión del entrenador, la continuidad de jugadores y hasta la elección de diciembre.

Así de extremas se han convertido las situaciones de Boca, un club que, si nos guiamos por muchos análisis ajenos y varios propios, parece vivir al borde del precipicio. Tal vez sea la oportunidad de repensar algunas sentencias.

Retrocedamos un tiempo. Si a un hincha le preguntan por el 2013 probablemente dirá que fue un mal año, sin títulos, pese a haber eliminado en Brasil al Corinthians o a haber vencido en Núñez a River. Y sin embargo aquel 2013 tuvo dos hechos que lo volvieron inolvidable: se cumplió un siglo del debut en Primera División y, con la caída de Independiente, Boca pasó a lucir orgulloso el registro de 0 descenso.

Si los demás sentían una mezcla de envidia y desprecio por nuestro club, la tendencia se agravó desde ese momento. Unos cuantos personajes se entusiasmaron con la posibilidad de un Apocalipsis boquense y hasta lo anunciaron. No es aventurado decir que ya resignaron hasta la más mínima esperanza. El equipo hoy dirigido por Gustavo Alfaro podría perder todos los encuentros de la Superliga 2019/20 que ni siquiera así vería comprometida su permanencia en la máxima categoría.

Utópica entonces la chance de descenso del Único Grande, la ilusión del antiboquismo pasa por ver una Bombonera en llamas, un público enardecido, un plantel repudiado no ya por haberse ido a la B (siempre será la B, por más comparaciones o neologismos que inventen) sino por quedar eliminado en una semifinal de Libertadores.

Lo intentaron en 2016, cuando no ahorraron palabras catastróficas (papelón, vergüenza, humillación) después de la serie perdida ante uno de los actuales finalistas de la Sudamericana. Repitieron luego de la definición copera de 2018, cuando se apuraron en firmar el certificado de defunción. Lo fogonean cotidianamente con críticas al plantel, a su técnico, al director deportivo, a la institución en general. La visita de una barra brava insume unos segundos de aire y unos centímetros de gráfica. El análisis de un video proselitista ocupa horas y páginas de debates a cargo de súbitos semiólogos. Son ellos, complacientes con el resto y rigurosos con Boca, los que vuelven a la carga ahora. No los excita tanto el festejo visitante como el bochorno local, los incidentes, las agresiones, el descontrol… Eso quieren: la tapa de los diarios desplegando el caos. No hay que regalárselas ni darles letra a los charlatanes de radio y TV. No debemos.

Ellos saben que el 22 va a latir la Bombonera, como siempre. Y nosotros creemos que, con el pulso acelerado de la gente, el espíritu luchador de los jugadores y el deseo fervoroso de dar vuelta la historia, Boca puede revertir el 0-2 sin ventajas administrativas ni deportivas, sin apretadas a los árbitros, sin butacas incineradas ni ayudas del VAR. 

Esto es Boca: una fe que mueve tribunas.

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