Son todos de Boca: Osvaldo Zubeldía

«Son todos de Boca» es la columna histórica que recorre ídolos y emblemas de otros clubes que también tuvieron su paso por el Xeneize. Hoy hablamos de Osvaldo Zubeldía, maestro de Estudiantes y de todo el fútbol argentino.

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Cuando las Intercontinentales se disputaban ida y vuelta, décadas del 60 y 70, los periodistas tenían derecho a interrumpir una práctica para hablar con el director técnico.“Zubeldía, ¿podemos hacerle unas preguntas?”, consulta un cronista de corta estatura, alto micrófono y gruesos anteojos. “Todas las que desee”, responde su interlocutor, alias Huevo por la calvicie temprana de su cara oval y Zorro por la astucia de sus planteos tácticos. La acción se desarrolla en una Bombonera vacía antes de la final vs. Feyenoord, medio siglo atrás, mientras el entrevistado sujeta una bolsa llena con pelotas de distintas marcas.

Osvaldo Juan Zubeldía nació en Junín un 24 de junio, el mismo día que, por orden de aparición, Fangio, Sábato, Riquelme y Messi. Falleció joven, a los 54 años, en Medellín. Para muchos fue el Gardel de los entrenadores. Durante su carrera dirigió, también por estricto orden cronológico, a Griguol, Bilardo, Basile, Bianchi y Maturana.

Por Boca anduvo en 1956, ya durante el último tramo de una etapa como futbolista que incluyó Vélez, Atlanta y Banfield. Su experiencia fue buena consejera para los pibes que asomaban entonces, Antonio Rattin y Antonio Angelillo entre los más notorios. La tarde del debut del Rata, domingo 9 de septiembre, anotó el primero del 2-1 a River, un cabezazo del lado de Brandsen. Era un entreala, 10 u 8, con dos atributos que lo distinguían del común: esfuerzo para recuperar la pelota, cuando los ocupantes de esas posiciones desatendían la función, y tendencia a moverse en los bordes del reglamento, aprovechando las mínimas ventajas.

Su trayectoria como Mister, según la denominación de época, empezó en el Atlanta de los claveles, en 1960. El equipo ingresaba al campo con flores que arrojaba hacia la platea femenina. Al margen de esa gentileza, que hoy tal vez sería motivo de arduos debates en las redes, Osvaldo repetía que “a la gloria no se llega por un camino de rosas”. Sorprendió con un cuarto puesto del Bohemio en 1961 y más llamó la atención cuando en 1962 mandó al arco de Primera a un pibe de 17 años, Hugo Gatti.

Había sido designado para dirigir a la Selección en el Mundial de Inglaterra, pero renunció porque no lo dejaron elegir a sus colaboradores. Le hicieron un favor. Se instaló en Estudiantes recomendado por Miguel Ubaldo Ignomiriello. “Yo lo conocía de unas reuniones que él organizaba para discutir ideas sobre fútbol”, cuenta hoy Don Miguel, preciso en las fechas, con el archivo lleno de recuerdos a los 93 años. El Pincha inauguró la seguidilla de clubes chicos campeones. Zubeldía no se conformó con el Metro 67, logrado después de vencer al Platense de Labruna y al Racing de Pizzuti. “Si los atletas quiebran récords en los Juegos Olímpicos, ¿cómo los futbolistas no van a superarse?”, propuso. Y logró convencerlos: pretemporada, doble turno, responsabilidad, concentración…

Con cinco de sus jugadores, los porteños del grupo, compartía el viaje en tren a La Plata. Los citaba a las 8 AM en Constitución. Un día les cambió el plan: “Mañana nos encontramos a las 7”. Aunque algo molestos por el madrugón, Poletti, Manera, Barale, Bilardo y Conigliaro cumplieron. A las 7, como soldados, todos en el hall de la estación. El paisaje era distinto. A esa hora una multitud de laburantes bajaba de las formaciones del Roca. La mayoría portaba un paquete con el almuerzo. Zubeldía miró a los suyos: “Muchachos, ¿ven toda esta gente? Esta es la que trabaja en serio. Y si no lo hace, se muere de hambre. Ustedes tienen la suerte de jugar al fútbol y vivir bien”.

Aquel Estudiantes, sin pétalos a la tribuna ni espectáculos de gala, alcanzó la gloria máxima en Manchester frente a un rival que tenía la base del seleccionado inglés, con Bobby Charlton a la cabeza, más Denis Law (Escocia) y George Best (Gales). En 1971, después de ganar tres Libertadores seguidas, Zubeldía dejó el club. Pasó por Huracán, antes del desembarco de Menotti; Vélez y San Lorenzo. Su estreno en el Ciclón, 10 de marzo de 1974, fue devastador: 0-6 con Boca en el Gasómetro. A fin de año salió campeón. En Colombia condujo a Nacional a un par de títulos. En 1982, poco después de haber conquistado el segundo, apostaba unos boletos en el hipódromo cuando un infarto se lo llevó.

Gran profesional, muy buena persona y, contra lo que pensaban muchos, un técnico ofensivo”, le tira flores -apropiado homenaje- su goleador en el Vélez de 1972.

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