Son todos de Boca: José Pastoriza

«Son todos de Boca» es la columna histórica que recorre ídolos y emblemas de otros clubes que también tuvieron su paso por el Xeneize. Esta vez es el turno de José Pastoriza, uno de los personajes más importantes en la vida de Independiente.

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Rosarino, de familia peruca según su propia definición, laburante desde pibe y hombre de hacerse respetar, José Omar Pastoriza tenía el carácter bravo y las maneras hoscas de los viejos sindicalistas, sobre todo con aquellas personas que le caían mal. Camisa de mangas cortas en verano y bufanda como corbata en invierno, usaba pocas palabras, sencillas, claras.

A principios de la década del 70 era líder de un Independiente que festejaba seguido y secretario general de Futbolistas Argentinos Agremiados. En noviembre de 1971 encabezó una huelga de tres semanas para defender el convenio y las conquistas de los jugadores. Se enfrentó con el entonces interventor de la AFA, Raúl D’Onofrio, delegado de confianza de los militares, apariencia de caballero respetuoso y discurso teñido de hipocresía. Si la descripción le resulta familiar, no se equivoca: hijo de Raúl es Rodolfo, otro gentleman de formas atildadas y procedimientos sospechosos. El conflicto terminó con victoria de Agremiados y boleto de salida para Pastoriza, después de vencer a Universitario de Perú en la final de la Libertadores 72.

Volante que la pisaba, con visión de juego y pegada precisa, el Pato llegó a ser uno de los mejores de nuestros campeonatos antes de su exilio en Mónaco. En menos de una década cambió las poceadas canchas de la C, donde había empezado a destacarse con la camiseta de Colón, por los alfombrados casinos de Niza y Cannes.

Ya de regreso, con la disputa Menotti-Bilardo en sus albores, se ganó un lugar entre los técnicos más importantes de plaza. Armó un Independiente bicampeón nacional: aguerrido para empatarle con tres menos a Talleres en Córdoba y a la vez brillante para bailar al River de los mundialistas. Protagonizó un confuso episodio, eufemismo todavía vigente, que lo obligó a pasar en una cárcel la Navidad de 1981. Lo acusaron de integrar una banda que adulteraba naftas. También estuvo involucrado Juan Destéfano, el dirigente que lo había llevado a Racing como DT.

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Volvió al Rojo y consiguió la triple corona, campeón argentino, de América y del mundo, igual que Juan Carlos Lorenzo unos años antes. Y justamente fue elegido para reemplazar al Toto como entrenador de Boca a mitad de la temporada 87/88. Levantó el ánimo de un equipo golpeado y se aseguró de que la dupla Alegre-Heller le trajera refuerzos de calidad para la 88/89. Entre otros vinieron sus conocidos Claudio Marangoni y Alejandro Barberón.

El Boca de Pastoriza peleó el título, pero lo perdió a manos del Independiente de Solari. En verdad, si repasamos con detalle la campaña, veremos que la clave estuvo en la cantidad de puntos que se escaparon contra los peores de la tabla. Por ejemplo: empató de local y cayó de visitante con Instituto, que salió último. La primera fecha había sido una señal. Después de pelotear al humilde Deportivo Armenio, perdió 1-0 en la Bombonera por una macana de Gatti. Fue una fea despedida para el Loco. Al domingo siguiente, clásico en el Monumental, debutó Navarro Montoya. El Mono brilló en un 2-0 que se terminó celebrando con muzza y cerveza en La Gata Alegría, recomendable pizzería del Pato (especialidad a la piedra).

Los más jóvenes seguramente recordarán la piña que le tiró a Pablito Álvarez en un Independiente 1-Boca 4, mayo de 2004. José falleció tres meses más tarde, a los 62 años. Ni siquiera en la época de esplendor gozó de la aprobación del establishment periodístico. “Su principal táctica son los asados”, se burlaban al aire. A uno de esos chistosos lo encaró en el baño de un restaurante. Cuenta la leyenda que el famoso relator pidió clemencia. “La mayoría de los periodistas deportivos no sabe de fútbol y algunos son bastante pelotudos”, declaró alguna vez. Gracias, señor Pastoriza.

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