El Maradona de Boca

En medio del dolor de todo un país, en MuyBoca recordamos al Diego en su faceta bostera, la que más nos gusta. Escribe Marcelo Guerrero.

Invencible en las canchas y vulnerable cualquier noche, el álbum ofrece miles de postales: desde los potreros de Fiorito y la chata para viajar con los Cebollitas hasta el camión para ir a la práctica y los rascacielos de Dubai. “Hay por lo menos ocho o nueve Maradonas”, dice Ernesto Cherquis Bialo, autor junto a Daniel Arcucci de Yo Soy El Diego. Tal vez se haya quedado corto en la estimación. Vamos a redondear en 10, para honrar la memoria de nuestro último capitán campeón del mundo.

De todos los Maradonas posibles, dejadas de lado sus más controvertidas posturas familiares, judiciales, políticas y religiosas, hay uno inolvidable desde la subjetividad de un hincha de Boca, contemporáneo a él y admirador de su talento desde aquella aparición en la Primera de Argentinos, diez días antes de cumplir 16 años.

Es el Maradona que vino a Boca en 1981. El que fue a buscar sus botines curtidos a La Paternal antes de firmar el contrato en Brandsen 805. El que jugó esa misma noche del 20 de febrero en una presentación armada de apuro, el primer tiempo para Argentinos y el segundo para su nuevo club. El que debutó a las 48 horas en una Bombonera llena como pocas veces. El que soltó la pelota como una lágrima en el primer penal contra Talleres, según la poética narración de un joven Víctor Hugo Morales. El que a pesar de molestias y dolores jugó 69 partidos, entre oficiales y amistosos, en menos de un año calendario, porque había necesidad de recaudar. El que metió 46 goles durante ese período, incluidos cinco a River en partidos por los puntos (todos a Fillol), uno al Milan de tiro libre en la gira de mitad del 81 y otro a la Selección de Japón desde fuera del área (espectacular) en el viaje de principio del 82. El que se embarró igual que Mouzo o Passucci en los entrenamientos en La Candela. El que le pidió permiso al DT Marzolini para ver a Queen en Vélez. El socio de Brindisi. El de la habilitación tres dedos a Perotti antes de la avalancha contra Ferro. El de la sonrisa grande y el pecho inflado cuando dio la vuelta olímpica, única en el país, tras el empate 1-1 con Racing. El Maradona ya crack, ya bendito en los versos de Sabina, pero más pibe, más sano, más capaz de saltar guadañazos rivales en su carrera imparable hacia el arco.

Desde entonces, transcurrieron casi cuatro décadas y a Diego, como publicó la escritora Gabriela Cabezón Cámara, lo atravesó un río, “con sus orillas trémulas de señas, con sus hondos reflejos apenas estrellados, con sus ramajes”. Sí, a Diego le pasó de todo.

El que caminó la Bombonera a tranco lento, el 7 de marzo de 2020, fue otro: un hombre cansado, las piernas vencidas, apenas reconocible por el pelo todavía entero y cuidado. Aun así, a pesar del tiempo y las diferencias, la ovación sonó igual, las canciones fueron las mismas que aquellas del inolvidable Metropolitano 81.

Con perdón de otros que han sabido quererlo, Maradona es de Boca para siempre.

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