Son todos de Boca: Alejandro Barberon

«Son todos de Boca» es la columna histórica que recorre ídolos y emblemas de otros clubes que también tuvieron su paso por el Xeneize. Hoy toca un goleador implacable: Alejandro Barberón.

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Con las excepciones del caso, la primera urgencia del futbolista contemporáneo -apenas termina el esfuerzo de la competencia- no es elongar, sacarse los botines o aliviar con hielo las articulaciones más exigidas, sino consultar su smart phone: mensajes de whatsapp, likes de un posteo reciente en Instagram o tendencias dominantes en Twitter.

En los tempranos 80, cuando las principales expresiones de la tecnología eran transistores y auriculares, Alejandro Esteban Barberón volvía al vestuario con apuro por sintonizar alguna radio para enterarse del resultado de Boca.

El hombre -nacido en Lobería, a 452 kilómetros de Buenos Aires- buscaba anhelante la información después de haber compartido cancha, entre otros, con Néstor Clausen, Enzo Trossero, Carlos Enrique, Ricardo Giusti, Jorge Burruchaga y Ricardo Bochini en el mejor Independiente del último medio siglo.

A Barberón (sucesor del fantástico Daniel Bertoni, zurdo y con rulos como el ídolo que acaba de dejarnos) se le cumplió el sueño infantil en 1988, cuando cruzó el Riachuelo detrás del técnico José Pastoriza y el volante Claudio Marangoni. Aunque Alejandro era wing izquierdo, mismo puesto y distintas características que el muy querido Jorge Alberto Comas, la complejidad del desafío no iba a privarlo del gusto de vestir la azul y oro.

“Si tuvieras que armar un álbum de fotos de tu vida, ¿cuáles elegirías?”, le preguntaron en un portal de Tres Arroyos, ciudad vecina a la suya. “Las fotos de mis hijos, la del campeonato con Huracán (de esa localidad bonaerense), las de los cuatro que gané con Independiente y, la principal, con los colores de Boca”, fue su rápida selección.

Esa identificación sincera con la camiseta y su disposición para recuperar el balón, atributo infrecuente en los delanteros de la época, moderaron las críticas por una escasa eficacia ofensiva. Carlos Daniel Aimar, reemplazante de Pastoriza y atento a premiar el sacrificio de sus futbolistas, a veces lo incluía en el 11 inicial. Por ejemplo, el 8 de octubre de 1989.

En aquellos años, los cruces con Newell’s eran garantía de show y goles. Desde el épico 4-1 en Parque Independencia por la Liguilla 86, hubo palizas de los dos lados: 5-2 y 6-3 para Boca, 5-1 y 4-0 para los rosarinos. En la jornada que nos ocupa, a los 11 minutos ya estábamos 2-1… Superada la media hora, Marangoni intuyó la diagonal de su antiguo compañero y metió una daga en el corazón del área. Porota -así se lo conocía- definió con tiro al ras, pese al hostigamiento de un juvenil Mauricio Pochettino. Fue el 3-1 de un partido que terminó 4-2. Desde las tribunas, después del clásico Y dale / y dale / y dale Boca dale, se escuchó electrizante el silabeo de su apellido: ¡Bar-be-rón / Bar-be-rón! La más maravillosa música en los oídos de un hincha.

Fue su único gol en el club al cabo de 33 encuentros oficiales. Poco, nada para quien todavía hoy es el máximo anotador del Rojo en la Libertadores. Igualmente, seguro que en ese momento, mágico, único e intransferible, Alejandro debe haberse sentido la persona más feliz del mundo.

Comentarios

  1. Que buen recuerdo Marcelo!!. Lo ví alguna vez a Barberón en la Bombonera en esa época … siempre intentaba, siempre voluntarioso, realmente transpiraba la camiseta.

    Suscribo a LA Teoria ( segun hilo de Nico Ambrogi en twitter): «Todo el mundo es de Boca, solo que algunos tardan en darse cuenta y otros nunca llegan a saberlo».

    Un abrazo,

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