Son todos de Boca: Antonio Angelillo

«Son todos de Boca» es la columna histórica que recorre ídolos y emblemas de otros clubes que también tuvieron su paso por el Xeneize. En esta edición hablamos de Antonio Angelillo, historico delantero del fútbol italiano.

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El Servicio Militar Obligatorio estuvo vigente durante casi todo el siglo XX en nuestro país. Los varones de 21 años (hasta 1976) y de 19, luego de esa fecha, permanecían bajo bandera entre 12 y 24 meses en alguna de las Fuerzas Armadas. Antonio Valentín Angelillo (1937-2018) debía cumplir su etapa de conscripto en 1958, poco tiempo después de haberse consagrado con la Selección en el Sudamericano de Lima. La actuación de ese equipo, bautizado Los Carasucias por la juventud de sus atacantes, generó el interés de los principales clubes italianos. Bologna se llevó al número 8, Humberto Dionisio Maschio (Racing); Inter al 9, Angelillo (Boca) y Juventus al 10, Enrique Omar Sivori (River).

Nuestro personaje, autor de 19 tantos en 36 partidos con la camiseta xeneize y contemporáneo de Rattin, justificó la inversión en la temporada 58/59: fue capocannonieri con 33 goles en igual cantidad de encuentros. Ya por entonces los futbolistas gozaban de mucha fama, disponían de bastante dinero y se rodeaban de bellas compañías. Antonio, que en Buenos Aires había participado de la película Fantoche con el taquillero Luis Sandrini, empezó a frecuentar la noche milanesa y en una de esas largas veladas empezó una relación con la popular Ilya López, Wanda Nara de época con algún talento artístico. 

Afortunado en las dos áreas, la grande y la del amor, alguna podía salirle mal al muchacho formado en Arsenal de Llavallol. Cuando quiso volver a la Argentina se enteró de que era un desertor: si decidía regresar, una ley contemplaba que fuera preso por no haber hecho la colimba. Con los militares de aquellos tiempos, mejor quedarse en Europa. La causa prescribía a los 20 años, de modo que se radicó en la península itálica y hasta hizo los trámites de nacionalización para representar a su patria adoptiva.

Delantero fino, más proclive al toque que al roce, la llegada al Inter de Helenio Herrera –técnico inflexible, ideólogo del Catenaccio- fue una mala noticia para Angelillo. Tampoco para tanto: emigró a Roma. Él y sus compatriotas Francisco Loiácono y Pedro Manfredini colaboraron para que el cuadro capitalino ganara por primera vez la Copa Italia, en 1964.

La estrella del crack se apagó paulatinamente en Milan, Lecce y Genoa. Antonio se dedicó a la dirección técnica, sin gran suceso. Pese a sus modestos antecedentes en la tarea, sonó como candidato para asumir en Boca, hacia 1993, luego de la salida de Tabárez. No se concretó y en lugar del Maestro vino el Profesor, Habegger.

Angelillo recibió un tardío premio consuelo. En 1994, mientras realizaba su instrucción en el Grupo 161 de Artillería de Zapala, murió el soldado neuquino Omar Octavio Carrasco, exhausto después de una serie prolongada y rigurosa de ejercicios, un baile en la jerga castrense. El llamado Caso Carrasco terminó provocando la abolición definitiva del Servicio Militar. 

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