Cantemos el himno: «Su bandera azul y oro…»

Ya te presentamos en el Newsletter anterior esta sección: el estimado @cladaco nos canta nuestra canción emblema a través de sus experiencias como hincha. Hoy, una frase a tono con la fecha que pasó: «Su bandera azul y oro…».

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Todavía no había cumplido 5 años, pero me acuerdo como si fuera ayer. Mi padre pasó a buscarme por lo de mi madre para el viaje semanal de Flores a Padua que, en aquel tiempo, era largo. Rivadavia todo derecho. Si, con pozos y todos los lujos. Fue en ese trayecto que el viejo me alertó que, si bien esa noche me tocaba pasarla con él, no íbamos a estar juntos.

Me contó que se iba con mi abuelo a ver a Boca. Que iba a salir campeón, me dijo. Lo habré mirado con cara de galletita de agua. Entonces profundizó el tema. Justificó su apuesta basándose en las bondades de contar con un tal Maradona. “El mejor del mundo, es mejor que Platini”. Platini era muy bueno, les digo a los jóvenes que lo conocerán de traje, cabildeando votos para alguna sede mundialista. Pero, parece que este era mejor. Así me dijo.

Aquel día habrá transcurrido entre rutinas. Probablemente habré jugado y mi abuela se habrá ocupado de que yo no le complicara mucho la vida. Seguro comí bien, mi bisabuela gallega fue la mejor cocinera de esta tierra, o así la recuerdo yo.

Cuestión que, ya muy tarde, se escucharon bocinazos y gritos. La imagen es imborrable. Mi abuela abrió la puerta y ahí aparecieron mi abuelo con su boina y mi padre con una bandera. Alguno me subió a upa y gritamos por toda la casa “dale campeón”. Hice una queja por no haber ido a la cancha que nadie escuchó. Lo que sigue es que mi papá me regaló esa bandera enorme. Era de plástico, de azul muy oscuro y amarillo bien oro, agarrada a un larguísimo palo que oportunamente debió ser reemplazado por una rama del gomero. Esa fue mi primera bandera de Boca. Cada partido que se escuchaba por la radio en aquella casa contaba con ese blasón flameando.

La primera vez que fui a La Bombonera fue un 3-1 a Racing de Córdoba. Los cordobeses tenían tres equipos en primera y eran molestos. La historia es larga y ya la he contado en algún lado, pero acá no entra.

La cuestión es que el esposo de mi madre sacó en la boletería dos entradas para la media sur. Y ahí fui, a principios de julio de 1985 con mi sobretodo y pasamontaña. Sin saberlo vi jugar a tres futuros campeones del mundo y sentado en el banco a Di Stéfano que, según mi otro abuelo, había sido el mejor jugador de la historia, incluso por arriba de Maradona y Platini. Estratégicamente ubicado en la puerta estaba el vendedor de banderas. Así que me agencié una de plástico, amarilla y azul, invertida. Tenía un hermoso Pedrín en el centro. La varilla era más solida que su antecesora que ya dormía el sueño de los justos en el galponcito de la casa de mis abuelos, así que el accesorio resistió toda la vida útil del principal. Con el tiempo se fue despintando y rompiendo hasta que, en alguna mudanza, mi madre la pasó a valores.

Ya cuando empecé a ir a la cancha solo era muy chico, pero, en socios norte, estaban el bicicletero, el kiosquero y un grupito interesante de gente de Padua. Iban todos juntos en un micro y portaban una bandera no muy grande que rezaba con dudosa creatividad “la banda de Padua”, así que yo me acercaba con mi distintiva timidez y me quedaba cerquita de ellos. Sabía que ahí, atrás de ese trapo, iba a estar protegido. Era una trinchera.

Ahora tengo una en casa, de tela, réplica del telón amarillo, el de “podrán imitarnos, pero igualarnos jamás”.

Y me viene esto a la cabeza ahora que nos toca esta época infame que vino a sacarnos todo lo sagrado. Y entre lo sagrado, la cancha. Esa cancha que, de repente, enmudeció, que se vació, donde se oyen ecos de gritos sordos, esa cancha que hoy tiene como únicas y bravas representantes de nuestras almas a las banderas. La del Diego que agradece, como si le hiciera falta; la que advierte al resto que igualarnos, jamás; las centenas que nos recuerdan que hay un bostero en cada rincón inhóspito de la patria; aquella de las Malvinas, que prohíbe olvidar; la de la silueta del mejor de todos, que es nuestro, aunque lo quieran los demás; y la que reza que siempre estaremos a tu lado, Boca Juniors querido.

Están ahí, estamos ahí.

 

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