Cantemos el himno: «Gran Campeón del Balompié»

Claudio Conti, alias @cladaco, nos sigue recitando nuestra canción emblema a través de sus experiencias como hincha. Hoy, «Gran Campeón del Balompié»: el Apertura 92, un título inolvidable.

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Cargo 44 pirulos. No es poco, claro. Así que, para algunos, soy de la orgullosa generación del 92. Para otros, de la insoportable generación del 92. Y hay motivos para ambas cosas.

Me tocó pasar la primaria mordiendo el polvo. No sólo no salíamos campeones, Ferro, con todo respeto, lo hizo dos veces. Otros ganaron copas libertadores, uno hasta ganó la intercontinental que nunca más iba a ganar. Central fue campeón después de ascender. No se nos daba.

Todo era crisis. Pobreza, no de la romántica, pobreza de la que duele. La historia de los números pintados, arranques para ilusionarse y frustraciones repetidas. Entre las ilusiones había una recurrente: comprar al último que nos hubiera pintado la cara. Se imaginan el resultado.

La cancha cerrada, el club intervenido y jugadores que se iban a otras veredas. Lo de las buenas ya van a venir no era una utopía, era una estupidez.

Cuando estuvimos cerquita, Independiente se llevó el campeonato. Ganamos Supercopa, Recopa y Master, pero eran otros tiempos, exactamente al revés de ahora. Se salía campeón de acá.

En el 91 nos sacaron el caramelo de la mano. Un Boca fastuoso. Pero se fueron los dos mejores a la selección y perdimos la final por penales. Ese día me convencí: nunca se nos iba a dar.

Y llegó el bendito 92. Al mando seguía el Maestro Tabárez desde el banco y, en la cancha, piloteaban el Mono Navarro Montoya y el Beto Márcico. Llegaron Mac Allister, Neffa, Carranza, Pereira, el Manteca Martínez y volvió Tapia. Aparte estaban Giunta, Simón, Giuntini, Cabañas y el traidor de Villarreal.

Triunfazo con Vélez, pasamos a Lanús, le ganamos a San Lorenzo, tablas con Huracán, algunos empates en cero y tres puntos contra el siempre complicado Argentinos Así, llegamos a la fecha 10.

La semana vino de nalgas. Simón se rompía el menisco. El Maestro se la jugaba con un chico del club, Gardelito Medero, para ir de 2 y marcar al segundo riojano más famoso. Imaginen el cuadro. Toda la semana dale que te pego con que jugaba un juvenil, los nervios, la pérdida de experiencia. Desánimo y frustración. Pero los pingos se ven en la cancha. Gardelito jugó un partidazo. La basura de Villarreal pateó un tiro libre que rebotó en la barrera y el Manteca Martínez la mandó a guardar. Después se colgó del alambrado, mientras Caldiero gritaba desaforado y yo corría por el patio dejando la garganta y una vida de frustraciones.

Promediando el segundo tiempo, foul fuera del área y penal para ellos. Un tipo, seguramente harto de vivir persiguiendo sin éxito al éxito, tiró una radio al área de Comizzo, el arquero de ellos. El pobrecito agarró el artefacto y se puso a escuchar cómo el siempre eficiente Hernán Díaz pateaba fuerte contra el Mono que alcanzaba a desviar la pelota y la desdicha.

Cuando terminó ya sabíamos. Pero nadie lo iba a decir.

El invicto lo íbamos a perder en el tramo final, contra Independiente. Empatamos con Racing y, cuando estaba todo servido, Español nos liquidó en La Bombonera. Todos los fantasmas.

Esa noche en cancha de Independiente nos esperaba Platense. Llegamos desde Merlo en micro. En la calle, la montada nos dio para que tengamos y guardemos. A los 20 ya estábamos 2-0. Pero nada era fácil, a los 25 el Manteca se fue lesionado. Y nos descontaron. Así que la vimos fulera de nuevo.

Pero en eso, Medero agarró una pelota boyando. Amagó un pase y avanzó. Y la llevó. Y pasó a uno. Iba en cámara lenta. Pasó a otro. Desde la platea todos gritaban que la largara. Se mandó entre dos. Y entonces tuvo a Moriconi enfrente, y no le quedó otra. Sacó el derechazo. Arriba. Gol. Golazo. Todos abrazaban a Gardelito. Todos nos abrazamos con el que teníamos al lado. Cabañas hizo la cancha de rodillas.

Y sabíamos que sí. Pero nadie lo iba a decir. Esta vez no.

Para la última fecha Tabares tuvo que echar mano a otro chico, Benetti. A la lesión del pérfido Villarreal se había sumado la del uruguayo Pereira.

Es 20 de diciembre de 1992. Otra vez me toca en Padua. El partido se televisa, con una novedad: es en simultáneo con el del segundo. Una no sana envidia me recorre el cuerpo cuando veo que la cancha explota.

Del otro partido llegan imágenes: la tribuna de ellos es una batalla campal. Se rindieron antes de empezar. Gallinas.

Pero tenemos que pasar a San Martín de Tucumán y a un ejército de fantasmas. Y nos embocan. Mi abuelo, de San Lorenzo, pero por sobre todas las cosas antiboca, se mofa. Yo no contesto. Al entretiempo nos vamos abajo.

Arranca el segundo tiempo y es plata o mierda. La agarra Benetti. Hace un amague y se manda al área. La lleva. La cruza. Se cuelga del alambrado. Medero se cuelga con él.

Estoy mareado y gritando. No se qué pasa. Tampoco se qué se hace. Estoy saliendo campeón por primera vez.

“Sí, sí señores, yo soy de Boca…” y es Benetti el último jugador en tocarla.

El Beto se lleva lo que vino a buscar a cambio de todo. Tapia festeja como si no supiera cuánto pesa la Copa del Mundo. El Mono levanta las manos, capaces de agarrar el mundo. El Manteca ya es mi héroe para siempre. El miserable de Villarreal conoce la gloria que nunca más tendrá. El alambrado se viene abajo con todo y con todos, Giuntini se tatúa el campeonato en la cara. La 12 toma la cancha y los campeones desfilan en andas despojados de toda prenda. El Maestro, de impecable traje, devuelve con educación cada saludo. Giunta es el mismísimo Dios y Boca es el gran campeón del balompié.

 

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