Cantemos el himno: «En Europa tremoló»

Claudio Conti, alias @cladaco, nos sigue recitando nuestra canción emblema. Esta vez, toca «En Europa tremoló»: jugamos un poco con la ficción y nos mezclamos entre la multitud que recibió al plantel después de la Gira del 25.

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Es 12 de julio de 1925, hace frío esta mañana y hay una niebla espesa en la dársena norte. Está llegando el Mosella, proveniente de Burdeos, Francia. En el mástil, alcanzo a ver, flamea, orgullosa, una bandera azul y oro. Entre los pasajeros viene un grupo de héroes, tal vez no lo sepan.

Van saliendo a su encuentro las embarcaciones pequeñas del puerto, portando banderines multicolores. Los marineros y los que llegaron temprano para colarse vociferan cánticos, aplauden y dan las hurras. En aquel barco deben estar emocionados al ver lo que les espera. Estoy ansioso, en minutos van a estar acá.

Los ídolos desembarcan entre abrazos familiares, de hinchas, propios o ajenos y de vecinos agrandados. Se los ve confundidos. Hace cinco meses atrás cenaban con sus familias por última vez para irse a Europa a una aventura incierta y hoy son nuestro orgullo.

Se fueron el 4 de febrero, un día de verano muy distinto al de hoy, en el Vapor de la Carrera para cruzar a Montevideo. De ahí, viajaron en el vapor Formose hasta desembarcar en Vigo el 27 de febrero.

Cuentan las crónicas que, ya en Galicia, nuestra delegación fue recibida con cuanto honor pudiera rendirse. Tanto que los delegados tuvieron que limitar los agasajos para no mermar físicamente a los players, que bastante se habían mantenido ejercitando en la cubierta del barco durante 22 días.

No es para menos: estos tipos vienen de ganar los campeonatos del ‘23 y del ‘24 y el fútbol sudamericano está bien visto por los Juegos Olímpicos del año pasado. Por eso fueron. La idea era mandar a la selecta, pero no se pudo. Así que, entre los dirigentes y tres empresarios gallegos, mandamos al mejor team de acá con algún refuerzo.

La gira empezó bien por Galicia, en la España del que, dicen, es un Rey medio polémico, Alfonso XIII. Imagínense, a los 2 minutos del primer match, ante el Celta de Vigo, Antonio Cerroti shoteó y a cobrar, el primer argentino en hacer un gol en Europa. Después hubo que suspender el enfrentamiento por algunos minutos porque se desplomó una grada y se murieron dos espectadores.

La revancha la perdimos, dicen que la victoria se había celebrado con un banquete de la gran siete. Difícil culparlos: cuentan que, bajo un parral, morfaron frutos de mar con vino gallego. Quién pudiera.

Contra La Coruña estarían mis primos, los Portela y los Area, hinchando por los suyos, mientras Américo Tesorieri atajaba un penal para terminar venciendo 3 a 0. Mérico, el primer arquero argentino en detener un penal en el viejo continente. Me imagino dentro de muchos años a sus hijos y nietos reviviendo la proeza.

La gira siguió en la capital, Madrid. Ahí nos tocó el Athletic, y ganamos de nuevo. Y también le ganamos al Real Madrid que, dicen, es el club del Rey. Tanto que fue con el hijo e hizo parar el partido para que lo saludaran los jugadores. Agrandado el Alfonso. Vaya uno a saber si se podrá repetir semejante hazaña. Difícil, son poderosos.

En Bilbao perdimos los dos partidos y los franchutes nos cancelaron el programa. Un tipo nacido en Argentina nos metió cuatro pepas y casi estropea todo.

En Barcelona no nos fue mal, se ganó contra un combinado local y al Espanyol, dos veces, y eso que ellos tenían a un tal Zamora de goalkeeper. A esa altura media gira estaba caída y los empresarios ya se habían fundido. Así que, de ahí, en tren, a Alemania. Con el Bayern se empató porque estaban cansados los muchachos, el viaje fue largo. Equipo siempre difícil. Pero después se repuntó y hasta hubo una goleada por 7 – 0 a un equipo de nombre difícil.

Al final los franceses volvieron a pedir un amistoso contra un combinado de París, en el Parque de los Príncipes. Les ganamos, pero fue un desastre entre el calor y las matas de pasto que cubrían la pelota.

Me anoté algunos datos: 19 partidos, 15 triunfos, 3 derrotas y un empate. 40 goles a favor y 16 en contra. Seoane fue el scorer con 12. Cerroti y Medici jugaron todos los encuentros.

A los jugadores, a medida que van llegando, los abrazamos con fervor y respeto; lo merecen. Ahí lo veo a Tesorieri, voy a convidarle un “Excepcionales” para que fume y se sienta como en casa hasta la hora de la raviolada que tanto extraña.

De los tres gallegos que armaron la empresa falta uno, la familia lo busca. Cuenta un delegado que se fugó en Burdeos: “Fue a buscar plata a Barcelona, pero no lo vimos más” repite el dirigente a una señora que llora.

Camino al barrio, Roberto Cochrane cuenta, a quien quiera escucharlo, que tuvo que pagar de su bolsillo el vino en el Mosella porque no había para los extras que no fueran fideos y agua. En andas va Tarasconi, que abre los brazos como para envolvernos a todos. Me pasa por al lado Carmelo Pozzo, lo reconozco y le doy las gracias, me mira desconcertado, pero me abraza y grita “Viva Boca”.  Lo busco a Manuel Seoane, que no es nuestro, es de El Porvenir, pero fue el scorer de la gira y lo que hizo por Boca no se olvida en la vida. Lo cruzo, le doy la mano y me saco la boina en señal de respeto. Me acaricia la cabeza y se entrelaza con el otro guardavalla, Díaz. A Medici todos quieren tocarlo, es una pena que su apellido sea difícil para corearlo con “huevo, huevo, huevo”, pero qué huevos, Medici.

Llegando al conventillo, lo veo a Carburín Cerrotti abrazando a un loco que se ríe con humildad y algo de vergüenza: “Él es el jugador Nº 12” grita el delantero señalándolo. Me acerco, es el Toto Caffarena, el escribano. Un demente que, con su brazo derecho en alto, agita un trapo azul y oro, que en Europa tremoló.

 

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