Cantemos el himno: «Entusiasmo, amor y fe»

Claudio Conti, alias @cladaco, nos sigue recitando nuestra canción emblema. Hoy gritamos «Entusiasmo, amor y fe»: la historia de una frase que es un mantra para el Jugador N° 12.

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Entusiasmo. Eso le habrá sobrado a Victoriano Agustin «Toto» Caffarena cuando, allá por febrero de 1925, vendió una propiedad, liquidó sus ahorros y se peleó con media familia para seguir a Boca en un viaje transatlántico sin saber que iban a hacer historia. El club y él mismo.

Para tomarle el peso, este descendiente de genoveses era hijo de un escribano del barrio, Agustín Caffarena, y de Isabel Díaz, tenía tres hermanos mayores y nació tan solo 3 años antes de la fundación del Club Atlético Boca Juniors. Su padre, por su parte, fue uno de los fundadores de la II República de La Boca -junto, por ejemplo, a Benito Quinquela Martín-, llegando a ser Archiduque de la Maestranza y el Arbolito durante la presidencia de José Víctor Molina. Victoriano se hizo socio de Boca el 21 de marzo de 1922 convirtiéndose en vitalicio en 1953. Su número, el 253.

Sus ganas de acompañar al plantel en aquella patriada europea lo llevaron a cumplir diversos roles. Fue masajista, utilero, delegado, aportó de su bolsillo alguna ayuda que fuera necesaria para cubrir necesidades, debatió con dirigentes y fue compinche de los jugadores. Para poder entrar a los partidos y moverse con libertad en los estadios europeos, Victoriano se había agenciado un carné de periodista emitido por el diario El Telégrafo. Sí, se hizo pasar por periodista para seguir a Boca. Me cuesta encontrar mayor acto de amor.

Pero, mientras los jugadores de Boca paseaban su talento por las canchas europeas, Toto Caffarena los alentaba, les daba indicaciones tácticas y se peleaba con los gallegos que recurrían a cualquier método para ganar los partidos que iban a terminar perdiendo. Y por método me refiero al amplio abanico que va desde insultos hasta monedazos apuntados a las cabezas de los futbolistas. Así fue que Antonio Cerrotti lo bautizó como “el jugador Nº 12”: con el tiempo, Toto sería padrino del hijo del delantero.

La gira fue un éxito, de eso ya hemos hablado hace algunas semanas. Pero el vínculo entre Toto Caffarena y el club se fue fortaleciendo con el paso del tiempo, así que siguió acompañando al plantel donde fuera que este jugara. Para circular con libertad ahora usaba el mucho más noble pase de masajista y hacía lo que hiciera falta.

Pero si esta columna se llama “Cantemos el Himno”, también es por don Victoriano Caffarena que no dejó detalle librado al azar: fue él quien encargó a Italo Goyeche un himno para el club de sus amores. Con la melodía hecha y presentada en piano por su propia hermana, encargó a Jesús Fernández Blanco que le pusiera letra a esa Marcha. Y así, en 1928, luego de un partido amistoso contra el Motherwell, en un restaurante del barrio, se entonó por primera vez a viva voz resonando en cada rincón, como hoy en cada partido que se juega en La Bombonera.

Tiempo después, Toto siguió ligado al club y al barrio: fue también Llavero Oficial de la II República de la Boca, llegando a ser elegido presidente en el año 1960 cuando murió Molina. Con Alberto J. Armando tuvieron un intercambio: el histórico presidente de Boca lo reconoció oficialmente como el “Jugador Nº 12” y el Primer Mandatario de La Boca le otorgó a Armando el título de “Gran Hechicero”. Y por varios años también ofició como escribano del club, ya que heredó la matrícula de su padre, aunque nunca quiso ser parte de ningún cargo electivo en la institución.

Victoriano Toto Caffarena hoy somos todos. Aquel muchacho que se subió a un barco por amor a la camiseta, poniendo y sin pedir nada, haciéndose compinche de los jugadores, auxiliar de los dirigentes y organizador de rondas recreativas -cuando los días en el vapor Formose se volvían tediosos e interminables-, no tenía idea de que se convertiría en la piedra fundacional de un fenómeno mundial.

El jugador número 12 hoy sigue ahí, siempre está. En las malas, esperando a las buenas, que ya van a venir; en las buenas, inflando el pecho con orgullo pretencioso y, aunque gane, aunque pierda, no le importa una mierda, transformando cada partido de fútbol en un mero acto de entusiasmo, amor y fe.

Crédito de foto: @quiqueVR46.

 

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