Cantemos el himno: «En los campos de combate, es glorioso tu pendón»

Claudio Conti, alias @cladaco, nos sigue recitando nuestra canción emblema. Hoy, con la bronca del Mineirao, decimos que «En los campos de combate, es glorioso tu pendón»: te acercamos un cuento sobre la batalla campal contra Sporting Cristal en 1971.

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Ángel tiene 16 años. Se llama así por el ídolo de otro equipo del que es fanático su padre, Mario. Bueno, también su abuelo y sus dos hermanos. Pero a él lo tiró más el barrio, La Boca. Su segundo nombre, Adolfo viene por el mismo lado. Al primero lo aceptó a regañadientes, hasta que vio algún tape de su ídolo, Ángel Clemente Rojas. Al segundo dejó de ocultarlo cuando ese mismo Adolfo condujo a Boca Juniors en los campeonatos de 1964 y 1965, sobre todo este último, que festejó sobre los hombros de su tío Roberto en la avenida Almirante Brown. Así, la carga se convirtió en orgullo.

Pero claro, ir a la cancha se complicaba, nadie quería llevarlo, y el tío bostero había muerto el año anterior. Pero ese 17 de marzo Mario pensó en hacer el sacrificio. Ángel había cumplido años el día anterior y lo único que quería era ver a Rojitas en vivo.

Mario y Elvira discutieron, Elvira no consideraba que su hijo fuera solo a La Bombonera, Mario no quería pisar “el chiquero”. Pero aflojó. Cosas de padre e hijo, roles que, con los años, iban a intercambiar. El tiempo, las cosas y sus lugares.

Ángel está en la tribuna media sur y grita “Dale Boca Dale Boca”. Sabe que la parada es difícil. Hay que ganarle a Sporting Cristal para avanzar a semifinales de la Libertadores. Ángel confía en Rojitas.

Mario no sabe dónde meterse, se siente sucio. Aparte, piensa, el partido se televisa para todo el país, podrían haberlo visto en casa. 60.000 almas bosteras gritan enardecidas, alientan al equipo que ya está en la cancha.

El uruguayo Otero pita y arranca el partido. La gente grita, el clima es infernal. Mario, sin experiencia de cancha, se come empujones, trata mantener el equilibrio, agarra a Ángel de los hombros, pero Ángel no se da cuenta, él sólo tiene ojos para seguir a Rojitas. Pero mientras mira a su ídolo, gol de los peruanos. Boca pierde a los 17 minutos y necesita 2 goles para pasar. Ángel quiere llorar aunque piensa que Rojitas puede salvar la noche.

No es Rojitas, pero Madurga estrella un remate contra el travesaño, entra Coch y la empuja. Gol. 1 a 1. Ángel no grita el gol, pero agarra de las solapas a Mario y le grita “Estamos vivos” estallando de ilusión a través de sus ojos desorbitados.

Y ahora es Coch que mete el centro, Rojitas la baja de pecho, media vuelta y a cobrar. Ángel lo grita con alma y vida. No le importa ni la clasificación ni el partido ni nada, acaba de ver un golazo de Rojitas. Se cuelga del cuello de Mario y Mario, primero duda, pero lo abraza. Ángel da saltos y Mario siente algo que nunca había sentido, se emociona con un gol de Boca.

Termina el primer tiempo 2 a 1. Adentro. Mario ensaya una queja que lo reacomode sobre la imposibilidad de sentarse en esa cancha. Ángel comenta el segundo gol con un tipo mayor que tiene justo abajo. Al de al lado le cuenta que él fue a ver a Rojitas, el hombre le acaricia la cabeza y le deja una sonrisa bonachona.

Para el segundo tiempo no sale Madurga, en la cancha está el Tano Novello. Hay que aguantarlo grita Ángel. Lo grita toda la cancha.

Van 69 minutos y llega el empate peruano. González Pajuelo, que recién entraba. Ángel se desfigura. A Mario se le escapa un mohín, una mueca que se le borra ni bien ve la cara de su hijo. Lo tranquiliza, le dice que van a hacer el tercero, que seguro lo hace Rojitas.

Se acaba el partido y Rogel protege la pelota en el área, lo tocan. Penal. Penal. La cancha entera grita “Penal”. Ángel se desespera. Mario grita “Penal”. Otero dice que siga. Pero no sigue nada.

Una piña vuela, y vuela otra más. “UHHH” baja de las tribunas. No se entiende que pasa. Ángel lo busca a Rojitas, pero los ojos se le van con el Chapa Suñé que le pega a un tal Gallardo que, en vez de arañar, devuelve la piña con una patada voladora que se estrella en el pómulo del Chapa.

Y pegue, y pegue, y pegue Boca pegue” resuena en La Bombonera y Ángel también grita, aunque la voz se le entrecorta. Mario otea por donde salir si hace falta, si el desmadre se va para las tribunas. Otero dice que esto no va más. Hay un par de peruanos que están mal, uno con el tabique roto, otro desmayado.

Mario le dice a Ángel que ya está. Hay que irse.  Ángel vio un golazo de Rojitas y ve también la mayor batalla campal que se recuerde. Otero expulsa a todos menos a los arqueros y al peruano de Boca, Meléndez. No los ve en la trifulca. Ahora están todos en la comisaria menos Suñé que se fue al Santa Isabel.

Ángel camina al lado de Mario que le sugiere pasar por Tuñin a comer una de jamón y morrones. Comen de parados, en la mesadita que da a la ventana. Mastican en silencio. Mario apura el vaso de cerveza.

-¿Sabés qué, Angelito? Es bueno ese tal Rojitas.
-¿Viste? Es mejor que Pelé.

 

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