¿Esto es Boca?

Largamos una nueva columna que trata de explicar el sentimiento que compartimos: Vali Campanelli (@ValentinaCKelly) nos cuenta vivencias y momentos que, para ella, representaron el sentir boquense. Hoy, una aventura moderna: infiltrarse para ver al Xeneize.

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Esto fue un sábado. Era un día de esos feos, grises, de frío intenso y noche cerrada a las seis PM. Yo, con mi mejor cara de nada, mostré mi entrada al primer policía que me crucé y seguí como si supiera hacia dónde iba. No tenía idea. Era mi primera vez en el Ducó “de local”. Boca jugaba contra Huracán y los dirigentes, vivos ellos, decidieron abrir la venta de entradas a no socios. A lo Boca, pensé, y sí fue que en la semana me tomé el H a Parque Patricios e hice cola, como en las buenas viejas épocas, para sacar la mía. ¿Por qué ver un partido así? ¿Dónde está la magia, el disfrute en tener que esconderse entre rivales, pretender ser uno, cuando podría estar en casa gritando los goles con mi familia? No hay, no es algo que recomiende a nadie, y lo digo yo que jamás aprendí: perdí la cuenta de la cantidad de veces que me infiltré en canchas ajenas. Nunca lo disfruté, pero siempre volví a hacerlo. Será para otra ocasión analizar por qué. La cuestión era que Boca estaba encarando el tramo final de un campeonato que se había complicado por demás cuando, dos fechas antes, River se fue de la Bombonera asegurando que nos iban a sacar el campeonato. El partido fue muy feo. Benedetto hizo el 1-0 faltando poco el final y yo pensé que entre todas las pálidas nos llevábamos una de arriba. Pero no. En la última jugada llovió una pelota al área y el árbitro pitó penal para Huracán. Los siguientes diez minutos fueron un circo. La mitad de la platea en la que estaba quedó en evidencia; éramos hinchas de Boca. Claro, mientras muchos se levantaban eufóricos a festejar el penal, nosotros nos sentimos morir. Si Huracán empataba el partido, River pasaba a depender de sí mismo para campeonar. Y Huracán lo empató. Todavía me acuerdo de esa caminata por Colonia. Ya no me interesaba disimular: estaba triste.

¿Por qué estaba ahí? La semana anterior armé una estrategia napoleónica a costa de mi familia para llegar desde Ezeiza a la Bombonera sin tener que pasar por mi casa porque quería llegar. A La Boca, digo. Volvía al país después de mucho tiempo pero mi llegada siempre es La Boca. Ese partido lo ganamos y fuimos felices, pero en el fútbol todo es muy efímero. Siete días después, River tenía el campeonato en sus manos. A la fecha siguiente llegamos con otra cabeza: River había empatado y Boca volvía a tener la pelota. Jugábamos contra un Independiente que, desacostumbrado al éxito, llegó a la Bombonera creyendo que nos hacían cinco goles por haber de ganado algún par de partidos. Ganamos 3-0 y ese día nos fuimos sabiendo que ese año el campeón salía desde La Boca. Abajo, en la batalla de segundos, de repente era Banfield la principal amenaza. Boca jugaba el partido del campeonato en Mar del Plata y se decidió por otro tipo de trampa: habría hinchas neutrales. Así fue que encaramos la Ruta 2 hacia el campeonato, en lo que culminó en una aventura hasta hoy inolvidable por factores que no mucho tienen que ver con Boca (amigos viajando en baúles, casinos, mariscos para cien y algo más), y nos trajimos un 4-0 contundente. Dos días después, Banfield no ganó y al Obelisco.

572 días. Quinientos setenta y dos días habían pasado desde la última vez que había visto a Boca en una cancha. Por eso no me quise perder ningún partido. Por eso corrí a la Bombonera, por eso me fui a Mar del Plata, por eso sufrí sola en Huracán. Más luego iba a volver a irme y volver a volver. Y esa otra vez también me costó tanto que para paliar el dolor empecé a seguir otras disciplinas. Recorrí el país por el básquet, por el vóley, por el futsal. Hoy se cumplen 525 días de la última vez que fui (fuimos) a la Bombonera y entiendo lo que estamos sintiendo todos. Necesitamos a Boca. Y en estos últimos tiempos Boca nos está necesitando más que nunca. Porque hay muy pocas relaciones tan simbióticas como la nuestra. Pocos necesitan tanto a su club y pocos clubes necesitan tanto a su gente, estamos incompletos, damos ventaja. Pero, y qué loco, ahora es cuando mejores somos. Está todo raro, todo es incierto, todo cuesta. Pero “a lo Boca” digo para mis adentros, y sigo. Boca me enseñó eso, no le tengo que explicar a la propia mística cómo seguir en momentos así.

Boca sabe de nuestro sufrimiento, Boca sigue como puede sin nosotros, por nosotros. Por el que sigue aprendiendo a sufrir solo, por los que se juntan y comparten, por los que van al barrio de pasada, por los que ven una camiseta en la calle y sonríen, por los que creen que salir de esta va a ser muy difícil, por el optimista que siempre vio peores, por los que juraron conocer la Bombonera, por los que van a recorrer el país, armar estrategias napoleónicas para no perderse un partido, por los que se van a mezclar entre rivales para sentirse más cerca del equipo y por ese grupo de amigos que se va a pedir una pesca del día en Chichilo porque saben que ese año el campeón va a salir desde La Boca.

En estos tiempos llenos de incertidumbre, tan fríos, tan secos, tan tristes y aburridos hay una sola certeza: a lo Boca.

 

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