Hugo Ibarra, uno de los mejores laterales en la historia xeneize contemporánea, sumó más ovaciones que después de aquel golazo agónico a Banfield, en 2006, al recordarnos una vieja premisa: «Los equipos (los nuestros) se arman de atrás para adelante«. Tal vez se los haya explicado a sus jugadores, luego de la derrota con Patronato en Paraná. Boca recibió tres goles ese día, la misma cantidad que en los 11 partidos posteriores. O quizás ni siquiera hizo falta la instrucción del director técnico: cualquier futbolista profesional, se trate de un talentoso desequilibrante o un obrero aplicado, entiende que se construye desde abajo, al menos en Boca.

Da gusto saber que Weigandt, Aranda y Sández crecieron en las divisiones inferiores de la institución. Genera tranquilidad que ellos, igual que Molina, Roncaglia y Burdisso para nombrar a figuras de camadas anteriores, jueguen así, con la seriedad y el compromiso que significa usar la camiseta azul y oro en el máximo nivel. Esto confirma que los procesos de detección y formación son correctos desde hace casi tres décadas. Ojalá que nuestra descendencia -sin alusiones a rivales caídos en momentáneas desgracias- disfrute de nuevos canteranos y los vea campeones, como nosotros a Rubén Suné, a Roberto Mouzo y al ahora exitoso panelista de TV.

No es posible anticipar el futuro de Boca en este torneo, la Copa Argentina, algunas de las varias finales pendientes o la fase de grupos de la próxima Libertadores que este club porfía en ganar. Depende de muchos factores, algunos ajenos a la propia organización interna (calendarios, adversarios, árbitros, VAR y avatares, recuperación de lesiones, ofertas desde el exterior…). Sí puede afirmarse ya, a poco más de un mes del cierre de la competencia, que el equipo no depende únicamente de la jerarquía de sus individualidades: anoche volvió a entrar Maximiliano Ezequiel Zalazar, que en el semestre pasado era la séptima alternativa para ese puesto.

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Boca sumó su tercer empate en el torneo, todos 0-0 y bajo la conducción del triunviro Ibarra-Pompei-Gracián. Lo hizo ante el Huracán de Dabove, que repitió por cuarta vez la paridad sin goles. El récord por ahora está en poder del Platense de De Felippe, que acumula cinco. Se ha escrito ya sobre esta competencia pareja sin distinción de escudos, donde el Gimnasia de Gorosito, que hoy puede quedar como único puntero, hace cuatro fechas apenas igualó en La Plata con el Aldosivi de Somoza, último y casi condenado al descenso. Cero a cero, por supuesto.

Como las ambiciones de Boca siempre son grandes, el resultado y más aún la producción de anoche generan insatisfacción. Es natural, propio de la idiosincrasia del club, pero no debe perderse de vista que el equipo entró a agosto con seis derrotas -las mismas que ahora- y la valla más vencida en una tabla de 28 participantes, sacudido todavía por la salida del anterior técnico y de un respetado capitán. Desde entonces, además de algunas victorias festejadas, sufrió lesiones de centrales y delanteros a un promedio alarmante (hasta aquí, el único promedio alarmante).

El carrusel previo a Qatar continúa con una doble excursión a Mendoza sin los laterales titulares, Advíncula y Fabra, que se van de viaje con sus selecciones no mundialistas. Más que en defensa tal vez se los extrañe en ataque. ¿Hay que guardar el viernes ante Godoy Cruz para el miércoles contra Quilmes o viceversa? ¿Cuál de los dos frentes es prioritario, cuál es el de menor dificultad? Ninguno más indicado que Boca, campeón de la última Copa Argentina y campeón del último certamen local, para dar las respuestas.

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Cuando hasta los abanderados de la congregación empezaban a dudar y una masa de creyentes se volvía escéptica, dos apariciones divinas restauraron la fe cuestionada. En el horizonte asoma una certeza: aunque tenga lesionados, suspendidos, interinatos y debutantes, este luchador Boca, que no es ninguna maravilla ni tiene sponsor, dará pelea por otro campeonato.

Así como falló dos penales que significaban la clasificación a cuartos de la Libertadores, Benedetto hizo dos goles que serenan espíritus críticos. Es el mejor 9 que podía venir y es capaz de transformar un córner en una fiesta, aunque no cabecee como Palermo, o de capitalizar el desequilibrio que se genera por la izquierda, con la velocidad de Villa / la gambeta de Fabra.

¿Cambiaron muchas cosas desde el demoledor 0-3 en Paraná a este agónico 1-0 en Lanús? Tácticamente no parece. El fútbol argentino se caracteriza por su paridad, ya se sabe. Un error genera una ventaja y a partir de ahí un equipo queda en condiciones favorables para dominar la situación, pero se puede perder con Patronato, con Banfield, con cualquiera…

Sí se nota una mayor confianza, cierto clima de tranquilidad. Quizás hayan sido útiles los asados en Boca. Sobre la particular importancia de este asunto se lee -en un reportaje publicado por la revista El Gráfico- una contestación interesante del Pato Pastoriza, personaje imprescindible de los 70/80. Su respuesta es reflexiva, casi filosófica.

-¿No le molesta un poquito que en todas las notas le pregunten por los asados?
-Tengo que aguantar esas cosas, hay periodistas que son bastante pelotudos.

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El anterior clásico ganado con público en la Bombonera había sido en 2019, pero apenas hubo aplausos de reconocimiento porque aquel 1-0 no alcanzó para revertir (o revartir, si se permite la invención) el 0-2 de la ida. En 2021 hubo tres cruces en casa, en poco más de cuatro meses, todos empatados y uno definido por penales que no se pudo disfrutar en vivo por la pandemia y porque el rival debió recurrir a muchos juveniles (Maidana, Pérez, Ponzio, Casco…). Tampoco fue posible festejar el triunfo por la Copa Argentina, en La Plata, porque el equipo entonces dirigido por Miguel Russo no pateó al arco. Ya en 2022, la victoria 1-0 en el estadio Oscar Más se logró sin gente propia en las tribunas y, además, con un gol de Sebastián Villa, cuya situación procesal parece haber perdido interés luego de que se lesionara. Se supone que está permitida la celebración para el éxito de ayer, por más que ahora el instructor de rotura de tobillos se queje de las asperezas rivales.

Esa invasión de jugadores colgados del tejido, luego del cabezazo de Benedetto, es la postal de un día feliz y también una esperanza de unidad, de provechosa comunión, entre profesionales y pasionales, entre los que se ponen la camiseta para trabajar y quienes trabajan para comprarse una, no justamente original ni actual. La gente no necesita saber cuánto cobra un futbolista, en qué auto circula o con qué personas se relaciona. Le basta con que dentro de la cancha haga el mayor esfuerzo para brindar su máximo aporte. Nadie pretende que, de golpe, Briasco eluda marcas como Rodrigo Palacio o Ramírez cambie de zurda cual Mario Zanabria, para dar dos casos al azar, pero siempre se premió en esta cancha al que pone el pecho y todo el cuerpo para disimular una presunta inferioridad. Sobre todo si enfrenta a un equipo que «desde hace tiempo es el mejor», aunque a veces valide esa condición solo en la tabla de posesiones y no en la de posiciones.

Este calendario qatarí del fútbol argentino obliga a jugar de nuevo en un rato y ya sabemos que las alegrías son fugaces, mucho más para un club que convive a diario -y en los diarios- con crisis y escándalos. Objetarán la estética, los modos y las declaraciones. Ocultarán o mandarán al fondo las imágenes de la emoción. Nunca podrán negar que después de un gol de Boca laten hasta los alambrados.

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En la conquista de la Copa Maradona, uno de los seis títulos de Boca durante estos últimos cuatro y caóticos años, hubo una victoria fundamental: 2-1 contra Independiente en Avellaneda. El equipo, tan criticado entonces como ahora pero menos que mañana, perdía y lo dio vuelta sobre la hora, con un cabezazo (Soldano) y un remate desde el borde del área (Cardona). Otra semejanza con el partido de ayer es Pusineri, director técnico de ambos rivales. No debería fastidiarle a Lucas la emocionante celebración de Langoni revoleando su camiseta: él hizo lo mismo cuando convirtió un gol agónico, dos décadas atrás.

Sabemos que los festejos son bien y mal vistos de acuerdo con los colores que vista su autor, como también están los presuntos penales que generan indiferencia y los que provocan indignación. Ya lo escribió un poeta español en el siglo XIX: nada hay verdad ni mentira / todo es según el cristal con que se mira. Desde este lado vimos una actuación de Boca similar a otras en el escenario donde más cómodo se siente. Sobró posesión, faltó profundidad. El muy elogiado puntero no se había preocupado mucho por justificar la diferencia parcial, aunque la defendió de manera ordenada durante más de 60 minutos.

Boca terminó con un 4-2-4 altri tempi: un contención, un creativo, cuatro delanteros y vamos que la tribuna empuja. Nos criamos con ese esquema táctico y nos poníamos contentos cuando al abrir el paquete de figuritas aparecían el correntino Ponce o el formoseño Peña, wines de Inferiores que corrían como poseídos, desbordaban, metían centros, pateaban de todos lados… A Ponce le decían Mané, por su idolatría a Garrincha. Y a Peña lo apodaban Chango, como a Zeballos. Nos faltan los Madurga y Rojitas de entonces para llenar el álbum. Y un par de cervezas para creer que Zambrano es Julio Meléndez.

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Si piden explicaciones cuando se festejan títulos, necesitamos un alegato más largo que el del fiscal Luciani para justificar la alegría por este 1-0 en Florencia Varela. Sin merecer, sin lucir y sin brillar se ha dicho y escrito después de victorias como la de ayer. Es paradójico: Boca no presume de un virtuosismo ni de una estética superiores y, por otro lado, casi nadie se los ha reconocido históricamente, a pesar de Maradona, Riquelme, Tevez, Rojitas, Potente y tantos cracks. El propio club destaca otros valores, más vinculados con sus orígenes de esfuerzo y lucha, pero sin embargo se le reclaman luces, guirnaldas, oropeles… Chiches en la juguetería, dijo alguna vez un director técnico.

La felicidad por el resultado y una incipiente racha favorable no generan todavía, ciertamente, un entusiasmo contagioso. Aun así es probable que veamos una Bombonera llena el próximo domingo, cuando venga de visita en horario diurno el puntero de la competencia. ¿Qué se puede esperar de manera razonable? Que el equipo se acostumbre a terminar con el arco invicto (lleva cuatro seguidos) y no solo por responsabilidad exclusiva de Rossi. Que los mediocampistas crezcan en la recuperación (ayer hubo algún progreso) y sobre todo en la elaboración. Que Villa se las arregle con pocas o muchas pelotas para desequilibrar por adentro o afuera. Que los 9 salgan en la foto por sus goles.

Alfaro, ese buen entrenador que tuvo Boca en 2019, hizo debutar a Brandon William Cortés antes de que cumpliera 18 años. Algunas condiciones le habrá visto Gustavo, cauteloso a la hora de promover juveniles. El muchacho, con 21 ya cumplidos, es un delantero reconvertido en enganche, con pegada y panorama interesantes. Volvió de un préstamo y sus actuaciones en Reserva le dieron una oportunidad en Primera. Hasta ahí, un proceso lógico. Ahora bien: ¿de golpe, en su primera citación, es el cambio número uno en un partido que está cero a cero? Y otro tema: ¿Romero pasó en dos semanas de goleador y figura a suplente sin minutos? Son preguntas en voz baja, la única que permite el grito agónico de anoche.

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Doce semanas y media transcurrieron desde aquellos besos y abrazos en Córdoba, con vuelta olímpica, birra y faso. Desde el feliz domingo 22 de mayo, contra toda lógica, vimos una de esas películas donde cuesta diferenciar a buenos de malos. Hubo un imparable carrusel de peleas extemporáneas, deterioros irreversibles, penales errados y decisiones fallidas. Hay un final incierto, con una platea al borde del insulto hacia actores principales y secundarios.

Boca ganó la Copa de Liga Profesional respaldado por un tridente, con perdón de la palabra: el arquero y los dos centrales fueron la columna de una defensa que recibió 11 goles en 17 partidos. Adelante, entre Villa y Benedetto convirtieron 12 de 24. Por exclusión, lesión o suspensión, tres de los cinco faltaron anoche. Si a Boca no le convirtieron en las dos últimas dos fechas, en gran medida fue por Rossi. Y si tuvo alguna chance de anotar, fue gracias al colombiano.

Por estos días circula un video de Guardiola. Para realzar el valor de los futbolistas y relativizar el de los técnicos, Pep dice: «Llevo 12 años como entrenador y todavía no he marcado un gol». Quizás haya algo de estudiada modestia en su declaración. Con conocimientos para transmitir y recursos para comunicar, un DT es clave para ayudar al desarrollo de los jugadores, lograr la mejor versión de cada uno y conducir grupos donde los egos, sin distinción de nombres, son mayúsculos.

Viene torcida para Boca. De un lado es casual y del otro cobran penal, pero nunca le vamos a soltar la mano.

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En el amanecer del profesionalismo, nueve décadas atrás, Boca se acostumbró a salir campeón o pelear el título todos los años. No lo hizo por primera vez en 1938, cuando quedó a 18 puntos del Independiente de De la Mata, el paraguayo Erico y Sastre. Era mucha distancia en un torneo que premiaba con dos unidades el triunfo. A nadie, sin embargo, se le ocurrió vincular esa floja campaña xeneize con el conflicto entre José Manuel Marante y los dirigentes, que derivó en la cesión a préstamo del recio zaguero a Ferrocarril Oeste.

Bastante más acá en el tiempo y ya con más amplia cobertura periodística, tampoco el revés en la final de la Libertadores 1963, ante el casi invencible Santos de Pelé, Coutinho y Pepe, se asoció con la pública desavenencia que el goleador José Francisco Sanfilippo tenía con sus compañeros y el cuerpo técnico. De hecho, los siete goles del Nene en aquella edición de la Copa (impactante promedio de uno por partido) ayudaron a mantener en carrera al equipo.

En algún momento de nuestras vidas, tal vez cuando los llamados rebeldes se le plantaron al Puma Armando en el verano de 1975 o quizás cuando se dividió el plantel entre halcones y palomas después del Apertura 1992, empezamos a establecer un lazo directo entre malos resultados y crisis internas de convivencias. No se necesita un diploma en counseling para saber que las relaciones armoniosas dentro de un grupo favorecen su tarea, pero nunca debemos olvidarnos de que este asunto del fútbol en muchas ocasiones va más allá de las reglas (que le pregunten, si no, a Fernando Rapallini).

Anoche, a diferencia de lo sucedido ante Platense en la anterior fecha del certamen, vimos un mal primer tiempo de Boca, disimulado por dos intervenciones salvadoras de Rossi, una de Fabra -serio, comprometido en defensa- y un par de llegadas sobre el cierre. En el entretiempo, según contó la persona encargada de cubrir la información de Racing en la transmisión, hubo un incidente entre Zambrano y Benedetto, luego corroborado por fuentes policiales, funcionarios de la Aprevide, agentes encubiertos del FBI, la Mesa del Hambre y gente que de casualidad se hallaba en el lugar del siniestro.

Tan imprevisible es el juego que, aun bajo tales condiciones adversas, Boca emparejó paulatinamente el desarrollo y en la última media hora, con la energía que aportaron los jóvenes relevos, la ubicación de Villa donde más rinde y el reposicionamiento de Fernández, tuvo las chances más claras para romper un cero que ya se ha vuelto costumbre en los choques contra Racing, al margen de que los técnicos sean Russo y Pizzi, Battaglia y Úbeda o Ibarra y Gago.

Salió muy cara la clasificación a los cuartos de la Copa Argentina. Costó una lesión grave de Changuito Zeballos, crédito de la cantera, titular en el ciclo anterior y aprobado en sus primeros tests internacionales. También cuesta leer y escuchar algunas cosas, las ajenas que ya no sorprenden y las propias que comienzan a preocupar. A la vista de compactos y algunos comentarios, no fueron espectaculares los cruces que ayer definieron a dos semifinalistas de la Libertadores, Vélez y Palmeiras, pero si alguien prefiere esos partidos, en lugar de los de Boca, tiene derecho de verlos. Ni siquiera va a notarse en el rating. No alegrarse por un triunfo ya es otra cuestión: quizás de identidad, para mencionar un atributo que tanto se reclama.

Hay gente que demanda altos porcentajes de posesión, máximos niveles de intensidad y gran número de llegadas. Es un deseo mayoritario que en ocasiones ha sido satisfecho durante este año maratónico. Frente a Defensa y Justicia, Tigre por duplicado, Barracas Central, Estudiantes o el mismo Corinthians, en aquel 1-1 de la fase de grupos, hemos elogiado a un Boca encendido, ambicioso. Esa es la pretensión, ese puede ser el potencial, pero a veces (por fallas individuales y/o colectivas, errores del DT, méritos rivales o ánimo especulativo) no se concreta. Anoche, por caso, daba la sensación de que el 1-0 alcanzaba y el equipo, con varios que habían jugado vs. Platense y repetirán vs. Racing, no se desesperó por ampliar ventajas.

La oferta futbolera del miércoles incluía en turno vespertino un Real Madrid-Eintracht Frankfurt. Ganó el que casi siempre lo hace, con natural suficiencia, sin demasiado lucimiento. Los alemanes, 2-0 abajo, buscaron descontar con cuatro delanteros, entre ellos dos de paso reciente por el fútbol argentino. Antes de impulsar nuevas comparaciones, esperen a que alguno -idealmente contra ese mismo adversario- meta dos goles en cinco minutos.

Si se frustraron las llegadas de un chileno y un uruguayo de élite, en caso de que efectivamente haya existido chance cierta de concretar esas incorporaciones, deberemos confiar en el rendimiento del volante central argentino con mayor proyección, la firmeza de los defensores peruanos, la sociedad ofensiva de los colombianos por el lateral izquierdo y alguna acción desequilibrante de un paraguayo… ¿Faltaría en el medio alguien como el boliviano José Milton Melgar? No importa: Boca es la auténtica Patria Grande, habitada por millones.

Medio siglo antes de que se activara la cuenta @RomeroTeam, Boca tuvo otros dos hermanos con ese apellido. Nacidos en Posadas, virtuosos con el balón, hicieron Inferiores en La Candela y generaron grandes expectativas. Víctor Hugo Romero, wing, debutó oficialmente dos semanas antes de cumplir 17 años, en 1966, cuando hubo que recurrir a pibes pues los mayores estaban de gira por España y Marruecos (había que recaudar: los contratos eran altos…). Alberto Domingo, volante, lo hizo a los 19, en 1971, después del escándalo (siempre los hubo o, al menos, recibieron esa denominación) contra Sporting Cristal.

Romerito, como se lo apodó al primero por edad y tamaño, no pudo soportar tantas presiones y justo él, un gambeteador imprevisible junto a la raya, se vio desbordado. Convirtió cuatro goles en 24 partidos con la azul y oro. Su carrera se apagó en canchas de Perú y Bolivia. A fines de 2020 fue reconocido en su club de origen, Huracán de Rocamora. Al agradecer las muestras de afecto, el humilde misionero citó una frase: “Los futbolistas que llegan rápido a Primera suben como una palmera, pero caen como cocos”. Es un buen consejo para jóvenes y, en especial, para representantes de jóvenes.

Oscar David Romero ya cumplió 30 años. Pasó la etapa de zurdito hábil al que compararon apresuradamente con los monstruos. Anduvo por clubes argentinos que le sirvieron de preparación para jugar en el de mayor envergadura. Tiene una pegada que puede definir partidos, como anoche, y una disposición para recuperar la pelota poco frecuente en jugadores de sus características. A diferencia de su anterior empleo en el país, acá el grupo lo trata como a un par y el club le cumple con los pagos. Boca lo necesita para estabilizar su rendimiento en la media cancha y, además, tirarle algún centro al que quiera cabecear.