Boca volvió a sumar cinco triunfos seguidos, como en la última Superliga con formato clásico. Aquella vez encadenó 2-1 a Talleres, 2-0 a ATU, 4-0 a los santiagueños, 3-0 a Godoy Cruz y 4-0 a Colón. La racha del 2021, que incluye dos partidos internacionales, tiene seis goles menos a favor e igual cantidad en contra. Las formaciones cambiaron bastante. Rossi, Medina, Varela, Almendra, Jara y Pavón ni siquiera jugaron un minuto en esa seguidilla de 2020. También hubo modificaciones de esquema. El técnico es el mismo: quizás sea justo reconocerle algún mérito, además de las arengas emocionales que informan desde las adyacencias del banco de suplentes.

El rodaje que suman los más jóvenes, en este carrusel enloquecido propuesto por AFA y Conmebol, servirá para las próximas temporadas. La situación económico-sanitaria hará muy difícil que futbolistas de alto nivel vengan del exterior para trabajar en la Argentina. ¿Qué se les puede ofrecer, además del honor de vestir la camiseta azul y oro? ¿Un abono al pack premium?

A la misma hora que Izquierdoz convertía su tercer tanto en el torneo, Palacio (39 años) clavaba un hat-trick para Bologna en la Serie A. Al bahiense, como ahora a Villa, se lo criticaba mucho en nuestro país por cómo definía. Algunos/as hinchas se contagiaron de ese discurso, sin darse cuenta de que a Rodrigo no le pegaban por las oportunidades que fallaba sino por los goles que metía.

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En el ranking de los mejores marcadores derechos de la historia del club, Carlos Sosa, Vicente Pernía y Hugo Ibarra son candidatos indiscutidos al podio. Algún nostálgico de la década del sesenta tal vez proponga a Carmelo Simeone, el Cholo original, fuerte y expeditivo. Antes de su llegada desde Vélez, junto con el wing Eugenio Callá, hubo otro número 4 destacado: Víctor Benítez Morales, limeño, de fina técnica, considerado aún hoy uno de los más grandes futbolistas peruanos de todos los tiempos, al nivel de Teófilo Cubillas, Claudio Pizarro y Paolo Guerrero.

En compañía de los brasileños Edson dos Santos y Paulo Valentim y de los uruguayos José Sasía y Walter Davoine, Benítez integró una nutrida comitiva del Mercosur que arribó al puerto boquense después del Sudamericano de 1959. De apodo Conejo, debido a la dimensión de sus incisivos, era capaz de desempeñarse con igual eficacia como volante por los costados o zaguero central: “Menos la portería, ocupé todos los puestos”, suele enorgullecerse en las entrevistas. Jugó 28 de los 30 partidos del torneo de 1960. Tuvo como entrenador al antes citado Lucho Sosa, quien seguramente le habrá transmitido algún conocimiento sobre la posición de lateral.

El 6 de agosto de 1961, en un encuentro válido por la duodécima fecha, inauguró el tanteador ante River. Empató el brasileño Moacir; Valentim volvió a adelantar a Boca con un remate desde fuera del área y, a siete minutos del cierre, igualó el español Pepillo. Fue la única vez que cuatro extranjeros metieron goles en un superclásico. Y hasta el momento es también la única vez que convirtió un peruano. Josepmir Aarón Ballón se sentó en el banco millonario en el cruce del Clausura 2011, pero no ingresó.

Benítez acredita otra medalla: fue el primero de sus compatriotas en lograr una Copa de Europa, la actual Champions League. En 1963, luego de haberse consagrado campeón con Boca, integró el poderoso equipo de Milan (Maldini padre, Trapattoni, Altafini y Rivera, entre otros) que venció 2-1 en la final al Benfica de Eusebio.

Aunque la hinchada no le cantó “es el peruano y su ballet”, como al formidable Julio Guillermo Meléndez Calderón, Víctor fue muy querido por la gente. Y por más que no tuviera la pegada de Nolberto Albino Solano ni haya sido partícipe de la conquista de dos Libertadores, como el silencioso José Antonio Pereda Maruyama, dejó un lindo recuerdo en la institución. Carlos Zambrano debe honrar los antecedentes de Benítez si aspira a que, efectivamente, se lo considere un defensor de verdad.

Armar equipos no es fácil, salir campeón ni te cuento. Boca sabe de las dos materias. Del 2015 a la fecha hizo y deshizo al menos cuatro planteles, a la vez que ganó siete títulos compitiendo, en algunas ocasiones, contra rivales de altísimo nivel (de posesión). Todo, jugadores y conquistas, fue desvalorizado por igual desde afuera y, en muchos casos, desde adentro.

La tendencia persiste, con una variante: hay mayoría joven en la nueva construcción. Los recuperados Rossi y Pavón tienen 25 años, mientras que Villa los cumple en mayo. Estos muchachos vivieron buenas y otras en el club. Todavía transitan una etapa de maduración, si pensamos que los deportistas han alargado sus ciclos activos. Hasta el tesonero Soldano (26) se definió como «no tan grande» cuando lo entrevistaron después del gol a Huracán. Capaldo (22), Almendra (21), Obando (21), Sandez (20), Varela (19) y Medina (18) son pibes. Algunos de ellos buscan consolidarse en una posición, estabilizar sus rendimientos. Y parece haber más chicos con potencial en #BocaPredio. Al final, las Inferiores no trabajaban tan mal como se decía desde afuera y, otra vez, desde adentro.

Cuatro victorias consecutivas ayudan, por supuesto. Hasta quizás leamos o escuchemos algún elogio. Eso sí que sería flor de novedad.

Hace 40 años, por la tercera fecha del Metropolitano 81, Boca ganó 2-0 en Parque Patricios, gracias a un gol de Escudero apenas iniciada la segunda etapa y a otro de Brindisi en tiempo de descuento. Con una secuencia anotadora idéntica, aunque en el otro arco, ayer se repitió la victoria ante Huracán para consolidar una de las mayores diferencias en los historiales: 99 triunfos a 39.

Son números, podría decir Russo después de una semana al 100% de rendimiento. Tan importantes como las victorias fueron las rotaciones. Solo Rossi y los centrales (ni hace falta nombrarlos: ya sabemos quiénes son) jugaron 270 minutos. Si se recuperan Cardona, Campuzano, González, Zárate, Rojo y Zambrano, habrá más relevos para esta agotadora posta que proponen la Liga Profesional del amenazado Tinelli y la Conmebol del codicioso Domínguez.

Las lesiones y los contagios estrecharon al plantel: en el banco ayer volvieron a aparecer pibes que un día antes habían jugado para la Reserva. Deberá reconocerse que en Inferiores no se venía trabajando tan mal. Si alguien piensa que Medina y Varela aprendieron a jugar por zoom durante la pandemia, está mirando el canal equivocado.

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Don Osvaldo Onofrio Bramante Ardizzone fue la expresión cumbre del antiguo cronista deportivo. Bohemio, vecino de La Boca y peregrino ilustre de la calle Corrientes, tanguero de alma, con todas las materias cursadas de trasnoche, brilló en la época dorada de El Gráfico. En esa revista comentaba los partidos principales del domingo y hacía reportajes de seis, ocho o diez páginas sin apuntes ni grabador. “Quédese tranquilo: yo voy a recordar las cosas más importantes que usted diga”, les explicaba a sus interlocutores.

En 1965, en Palermo, Ardizzone entrevistó a Renato Cesarini, futbolista de los años 20/30 y por entonces DT de River, el equipo que aparentemente mejor jugaba. Boca terminaría saliendo campeón, ¿pero desde cuándo eso es relevante?. Cesarini lo recibió temprano en su casa de Malabia al 1300 y le habló durante casi dos horas (hablaba mucho el hombre) entre cafés y cigarrillos, como si se tratase de una charla de madrugada. Así lo describió la pluma de Osvaldo: “Me pareció uno de esos actores ya maduros… Algo así como un Jean Gabin de este tiempo… El pelo gris, totalmente gris, ondeado, con el mismo corte de los años mozos… Una bata de fina seda, color azul salpicada con pequeños rombos amarillentos y algunas leves tonalidades rojas. Debajo un traje pijama, casi anaranjado. Medias de lana y pantuflas. Estaba recién afeitado. Una toilette mañanera urgente pero preocupada… El anhelo de una madurez que no se rinde, que no quiere rendirse ante ese resabio de coquetería juvenil que aflora en toda la figura… En las uñas brillantes de reciente esmalte, en el grueso anillo dorado que relampaguea en las manos blancas y nerviosas…”.

El Cesarini de esa época, un elegante sesentón, se asemejaba al Ardizzone de dos décadas después, coronel veterano en la joven redacción del diario Tiempo Argentino, pero dejemos de lado el periodismo de periodistas para ocuparnos del personaje central.

El Tano Cesarini nació cerca de Ancona, en el centro de Italia. Vino de pibe a la Argentina, caminó la infancia entre Palermo y Villa Crespo. Fue recibidor en un despacho de maderas, contorsionista en un circo, ferroviario, vendedor, empleado público en el Departamento Nacional de Higiene y volante ofensivo en Alvear, Chacarita y Ferro. Campeón en Italia con la Juventus, volvió a River, se retiró en 1937 e inició una fecunda carrera como entrenador. En el club mudado a la avenida Figueroa Alcorta fue protagonista de dos hitos: dirigió a La Máquina en 1941/42 y al subcampeón de la Libertadores 66. Ya volveremos sobre la segunda de esas actuaciones.

Entre uno y otro episodio trabajó acá, en Italia y México. Su relación con Boca se extendió desde enero hasta septiembre de 1949. Bajo su gestión, el equipo ganó cuatro veces, empató seis y perdió 11. Ni siquiera logró enderezar la marcha con los refuerzos que le trajeron en pleno torneo, entre otros los estelares Francisco Campana y Marcos Busico. En reemplazo de Cesarini llegó Franz Platko, un húngaro que también merece lugar en esta sección: fue arquero y atacante en cuadros de su país, DT de Barcelona, Oporto, Arsenal, Colo Colo y River antes de asumir la conducción de un Boca en crisis (como repiten en Twitter: no importa cuando leas esto).

Al margen de aquel paso en falso, Cesarini hizo escuela en nuestro fútbol. Algunos de sus últimos jugadores de River, con el Indio Solari al frente, fundaron en Rosario un club con el nombre del admirado maestro. Javier Mascherano ha sido el valor más notable de esa cantera.

En la final copera de 1966, en el tercer y definitorio cruce con Peñarol, sacó a un defensor (Saiz) y puso a un delantero (Lallana) con el parcial 2-0. Los uruguayos empataron en los 90 y lo dieron vuelta en el alargue. “Yo me equivoqué, pero a mí me traicionaron”, dijo Cesarini tras el 2-4 en Chile. ¿Se refería a Matosas y Cubilla, los orientales del plantel de River? Nunca identificó a los infieles.

Después de cuatro empates, Deportivo Cali (16), Alianza Lima (18), Jorge Wilstermann (19) y Caracas (20), Boca ganó en un debut de Libertadores. El mediocampo Sub 21 fue vital: cobertura de todo el ancho, máxima atención para bloquear remates desde afuera y pases de bajo riesgo para asegurar la posesión. El principal argumento de la campaña de desprestigio contra el técnico será, ahora, que encontró esa formación de casualidad. Tal vez no recuerden los difamadores que Miguel Ángel Russo eligió a Ledesma (23), Banega (18) y Cardozo (20) para acompañar al actual vicepresidente en la Copa 07. El mismo Juan Román Riquelme ha comentado: «No marcaba ninguno, pero teníamos la pelota siempre nosotros».

Tampoco puede pretenderse que Medina, Varela, Almendra y Obando carguen con el peso de la doble competencia, blinden a la defensa, generen juego y sean líderes. Ellos son la sangre joven de un grupo que en La Paz se mostró unido y feliz por el triunfo. Es buena señal que se aplaudan entre sí, que se alienten. Los análisis críticos quedan para la sobremesa, a salvo de relatores desesperados por adivinar un reproche en una mirada.

Debe entenderse, en un contexto de cinco cambios por partido y dos partidos por semana, que hay rotaciones y jugadores más convenientes en determinadas circunstancias que otros. Franco Soldano, por ejemplo, es capaz de hacer cosas que hoy están fuera del alcance de Carlos Tevez, para mencionar al mejor. Y así como Cardona es imprescindible en algunas ocasiones y funciones, Capaldo es igualmente útil para otras. Se los necesita a todos, incluidos Pavón, Maroni y cualquiera que camine saludable por #BocaPredio.

Cristian Medina es el único futbolista de Boca que entró en los 12 partidos de esta temporada. Sebastián Villa, titular sin reemplazos en 11 encuentros, es el que más minutos (990) lleva disputados. Los dos fueron responsables de que el equipo se adelantara 2-0 tan rápidamente, algo que no sucedía desde febrero de 2018: 4-2 a San Martín de San Juan (Tevez + Pavón).

Medina y Villa tienen continuidad y eso le da al jugador un elemento que todo entrenador estima clave: confianza. Puede ocurrir que alguien con escasa intervención, como ha sido el caso de Agustín Rossi, cumpla cuando es requerido, pero la regla es que el rendimiento crece con la competencia. Hablamos de este nivel: si a Medina, quien cumplirá 19 años el 1 de junio, le faltaran condiciones físicas, técnicas y mentales no estaría hoy en la Primera de Boca.

Jugar seguido es una ventaja que deja de serlo cuando la frecuencia aumenta a un partido cada tres o cuatro días, con viajes intercalados de visitante y también de local si se confirma la apretada de Conmebol para no modificar el horario nocturno. En el horizonte de Boca, de acá a mitad de mayo, asoman The Strongest, Huracán, Santos, Lanús, Barcelona, Patronato, nuevamente los brasileños y algún rival de la Zona 1 si se clasifica entre los cuatro primeros de la 2.

Por decisión y por necesidad, en los porcentajes que cada uno calcule, Miguel Russo puso en pista a los modelos jóvenes de la escudería. Capaldo, Almendra, Obando, Medina, Varela e incluso Zeballos demostraron que son capaces de responder ante una mayor exigencia. Es probable que la simultaneidad de compromisos obligue a promover a otros. Esta Libertadores verá a un Boca con varios chicos, como pocas veces. Las ambiciones son máximas, como siempre, aunque por razones de salud evitaremos la obsesión.

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Aunque desde hace tiempo el vínculo de Boca con la Selección sea distante, las contribuciones del club a nuestra principal representación deportiva han sido valiosas. Casi tres cuartos de siglo antes que Tevez, Domingo Alberto Tarasconi fue máximo goleador en unos Juegos Olímpicos, los de Amsterdam, donde Uruguay se colgó la medalla dorada.

Tarasca, así nombrado en un tango, compartió equipo en la capital holandesa con famosos cracks del período amateur. Entre otros estaban Ángel Segundo Médici y Roberto Eugenio Cherro, medio derecho e inside izquierdo de Boca; Luis Felipe Monti, centre half de San Lorenzo, y Raimundo Bibiani Orsi, explosivo wing zurdo de Independiente.

Orsi formó una recordada delantera del Rojo en los 20, junto al uruguayo Zoilo Canaveri, Alberto Lalín (tío de Daniel, aquel extrovertido presidente de Racing), Luis Ravaschino y Manuel Seoane. En ocasión de la gira boquense de 1925, Seoane fue cedido como refuerzo. Para medir la magnitud del hecho: fue como si en los 80 se hubiera conseguido a Bochini para realizar unas presentaciones en el exterior.

Monti (alias Doble Ancho, por su corpulencia) y Orsi (Mumo) fueron compañeros en otro plantel de estrellas: el de Juventus en la década del 30. Gracias a la elasticidad reglamentaria de aquel momento, Italia los convocó para integrar su seleccionado en el segundo Mundial. Dos compatriotas, Enrique Guaita (Estudiantes) y Atilio Demaría (Gimnasia), también fueron citados para defender a la Azzurra, anfitriona de la gran cita futbolera y obligada a quedarse con el título. A los cuatro se los identificaba como oriundi. “Vencer o morir”, fue la consigna que bajó Benito Amilcare Andrea Mussolini, líder totalitario y aliado europeo de Adolf Hitler.

La Copa de 1934 se disputó por eliminación directa. Los locales sortearon sin problemas el turno inicial: 7-1 a Estados Unidos. Necesitaron de dos partidos para dejar en el camino a España (1-1 y 1-0). Superaron de forma igualmente ajustada a Austria (1-0) y se vieron con Checoslovaquia en la definición, en Roma, sede del Stadio del Partito Nazionale Fascista. A cuatro minutos del cierre los visitantes iban 1-0. Empató Orsi y, ya en el alargue, Angelo Schiavio convirtió el tanto de la victoria. Monti, protagonista cuatro años antes con Argentina de la final en Montevideo, acuñó una frase de antología: “En la del 30 nos mataban si ganábamos y en la del 34 nos mataban si perdíamos”.

Después de conquistar cinco ligas con la Vecchia Signora, Orsi volvió al país en 1936. Tal vez empezó a sentir el olor a pólvora que ya invadía a toda Europa. Aunque nacido en Avellaneda y con pasado en Independiente, eligió a Boca para su regreso.

Disputó 17 encuentros con la azul y oro en poco más de cuatro meses, varios al lado de Pancho Varallo y el Machetero Benítez Cáceres. Apenas marcó un tanto, de penal, en un amistoso con Atlético Tucumán. Tenía 35 años, demasiados para la época. Era un campeón, pero no tan rápido ni poderoso como cuando fue capaz de meterle a Checoslovaquia aquel gol que ayudó a evitar locuras.

Santa Fe volvió a ser escenario de una derrota como visitante por torneos locales. La anterior -vs. Central y también por mínima diferencia- había sido en diciembre de 2019, con otro técnico, otra Comisión Directiva, tribunas llenas, De Rossi-Marcone en el doble 5 y Salvio-Ábila adelante.

En el primer tiempo frente a Unión, con línea de 3-5, Boca mostró orden, prolija circulación de pelota y alguna capacidad para llegar por afuera con los laterales-volantes. No tuvo riesgos atrás. En el ST, ya 0-1, sin Cardona y realineado con una defensa clásica, fue incapaz de sacarle provecho a su alta posesión. El rival hizo su parte y se reveló firme en el juego aéreo, uno de los rubros que más satisfacciones dio en esta competencia.

Las entradas de Varela y Medina por Campuzano y Almendra confirmaron la escasez de variantes para revertir tanteadores adversos, que se han vuelto una costumbre indeseable desde aquel 1-2 parcial con Gimnasia en la primera fecha.

Así como resulta imposible dejar de ilusionarse con las opciones del próximo mercado de pases, es lógico preocuparse por el corto plazo: durante abril/mayo se juega la clasificación en la Libertadores con los recursos disponibles. Y en el plano interno se sabe que los demás dan un plus contra Boca. Como siempre, todos quieren ganarle al campeón.

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José Manuel Marante y Rodolfo Justo Dezorzi, zagueros de Boca en la segunda mitad de los 40, eran tan recios que Alfredo Di Stéfano, quien supo enfrentarlos, dijo de ellos: “Te hacían foul con la cara”. A esos vehementes centrales, con una mezcla de originalidad y candor, se los bautizó las Mellizas Legrand, en honor a las jóvenes actrices santafesinas que desde temprana edad endulzaron la pantalla cinematográfica.

Marante-Dezorzi fue una de las tantas parejas famosas de una época brillante en varios rubros. Estaban D’Agostino-Vargas, director y cantante de una de las principales orquestas de tango; Oscar y Juan Gálvez, ases del Turismo Carretera; Buono y Striano, reyes de la comicidad; Borges y Bioy Casares en la literatura; Perón y Evita, por supuesto…

En 1947 la legendaria revista El Gráfico ilustró su tapa del 1 de agosto con una dupla que venía metiendo ruido y goles en Chacarita Juniors: el inside Francisco Campana y el wing Marcos Ricardo Busico. La zaga Marante-Dezorzi padeció a esos delanteros en la cuarta fecha del torneo de 1948, en San Martín. Los locales se pusieron 2-0 con un tanto de Busico en el primer tiempo y otro de Campana en el ST. Descontó Mario Boyé y Boca se fue encima del arco de Segundo Díaz. Tanta exigencia tuvo el corpulento guardavalla que se lesionó. Sin cambios entonces, Busico ocupó la portería. Faltaban diez minutos cuando el inglés Gregory sancionó penal para la visita. Hubo un airado reclamo del centreforward Humberto De Luca y el árbitro lo expulsó. Era cuestión de que Boyé convirtiera para ir por el triunfo ante un rival disminuido. Sin embargo, el remate del Atómico dio en uno de los palos defendidos por Busico. Desesperado, Boca fue en busca del empate y dejó espacios que Campana, lúcido y efectivo, aprovechó para marcar tres veces más en un ratito y firmar una de las páginas gloriosas de la historia funebrera. El diario Noticias Gráficas, primero donde trabajó -entre otros conocidos periodistas- Horacio Verbitsky, ofreció un amplio despliegue del espectacular 5-1, bajo un título que terminaría patentado como frase de alcance nacional: se agrandó Chacarita.

Al año siguiente, después de un preocupante inicio del certamen con un punto sobre diez, Boca trajo a las dos estrellas tricolores. Campana estuvo tres temporadas. Sumó 56 partidos y 21 tantos, dos para asegurar la permanencia en la última fecha del 49 ante Lanús. Con mucha competencia en el puesto, volvió a su cuadro de origen. Es considerado uno de los mayores ídolos de la institución y todavía continúa como máximo goleador. Busico permaneció hasta 1954 y llegó a jugar 116 veces con la azul y oro, incluidas dos en el recordado campeón de aquel año (Julio Marcarián fue el 11 titular). Ya retirados, mientras Francisco dirigió fugazmente a Chaca y Argentinos, Marcos cumplió una larga etapa en Almirante Brown, club del que era vecino y donde se convirtió en referencia.

Campana y Busico dejaron el recuerdo de una sociedad virtuosa, a la altura de las mejores de su época. En las charlas de café de los 50/60 sus apellidos servían como sinónimo de mecanismo de relojería, de algo que funcionaba perfecto. Y se dieron el gusto de compartir una cancha vistiendo ambos la camiseta de Boca. Como el cuadro de donde surgieron, ellos también se agrandaron.