Sin Tevez, Ábila y Salvio, a Boca le falta pie de obra calificado para concretar las situaciones que genera. De 2020 a la fecha, Carlos (8), Ramón (8) y Eduardo (7) convirtieron más de la mitad de los 42 goles del equipo en las competencias locales. Por suerte aparecieron Izquierdoz y López: sus presencias en área rival explican una buena porción de los cinco puntos sumados al cabo de tres fechas.

De esta versión empatadora del bicampeón argentino debe rescatarse su esfuerzo para revertir episodios adversos. Ante Sarmiento, como sucediera contra Independiente, River, Argentinos y Gimnasia, estuvo en desventaja hasta avanzado el segundo tiempo. Ninguna de esas veces perdió.

A tono con la época, es imprescindible hacer un cuestionamiento. No se considera nota periodística hoy en día al artículo que omita un párrafo crítico. Pues aquí va: con el parcial 1-1, los dirigidos por Russo buscaron el triunfo con una desorganización que los expuso a un resultado peor. Conviene recordar que en esta Copa de Liga se clasifican los cuatro primeros de cada zona. Boca quedó a cuatro del líder Vélez. Veremos el próximo domingo si es tan amplia la diferencia futbolística.

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Imaginemos que un volante de las categorías formativas, antes de disputar un superclásico, pida sacarse una foto con algún mediocampista rival, llámese Javier Mascherano o Juan Pérez. Seguramente sería su último partido en la Primera xeneize. Por suerte, no siempre fue así. La tarde de su debut ante River, el 9 de septiembre de 1956, Antonio Ubaldo Rattín quiso llevarse un recuerdo del centrojás visitante y posó al lado de Néstor Raúl Rossi. Boca ganó 2-1 (tantos de Zubeldía y Senés) y el Rata jugó 14 años ininterrumpidos con la camiseta azul y oro. Cualquier número 5 de aquella época sentía admiración por Rossi, símbolo de su club y baluarte de una Selección hegemónica en el continente. Desde hacía rato que se lo identificaba como La Voz de América, por capacidad de mando y presencia majestuosa en el centro del campo.

Néstor, hincha de Huracán, nació el 10 de mayo de 1925 en Parque Patricios. De pibe se mudó a la despoblada zona norte del GBA. Jugó en Beccar, Acassuso y Platense hasta que Carlos Desiderio Peucelle -autor de un gol en la final del Mundial de 1930, maestro de futbolistas- lo llevó a la banda. Su estreno con los mayores se produjo en 1945. Venía de lucirse en una Tercera donde, según contaba con la verborragia que lo distinguía, Alfredo Di Stéfano era suplente. Transcurrió poco tiempo para que empezara a ordenar a los consagrados. Se enojaba con sus defensores si no le daban la pelota e imponía rigor en la marca de los contrarios.

Con Di Stéfano y su gran amigo Adolfo Pedernera, el que lo bautizó Pipo, emigraron a Colombia en 1949 para sumarse a Millonarios. “Fue el mejor equipo que integré en mi vida”, declararó ya retirado. Cuatro veces campeón entre aquel año y 1953, ese cuadro, donde también brillaron los compatriotas Julio Cozzi y Antonio Báez, quedó inmortalizado como El Ballet Azul.

Regresó al país en 1954 para liderar nuevamente a River y a una Argentina que, envalentonada por los sucesos regionales, viajó a la cita mundialista de 1958 con altas ambiciones. El Desastre de Suecia (humillante 1-6 vs. Checoslovaquia y eliminación en fase de grupos) manchó a una generación de jugadores. Rossi y Amadeo Carrizo fueron los principales apuntados.

En 1965 su compinche Pedernera estaba a cargo del fútbol boquense cuando, camino a La Candela, sufrió un grave accidente automovilístico. Faltaba poco para comenzar el torneo y Adolfo convocó a Pipo. Con la base del campeón 64, más Alfredo Rojas por Paulo Valentim, el flamante DT condujo al Xeneize a otro título. Fueron determinantes las victorias en los clásicos: 2-1 en el Monumental y 2-1 en la Bombonera, sobre la hora, con gol de Beto Menéndez, otro de prosapia millonaria. Rossi dejó el cargo en 1966, con cifras destacadas en el plano local (apenas seis derrotas en 58 partidos) y dos frustraciones en la Libertadores.

Crack entre fenómenos, dejó decenas de anécdotas. Ernesto Picot, un moreno y hábil wing de San Lorenzo, le tiró un túnel: “Epa, cuídese… El único negro que hizo historia fue Falucho y lo fusilaron”, le advirtió después de semejante atrevimiento. Aunque como técnico su única vuelta olímpica ocurrió en Boca, es justo valorar algunos aciertos en el ejercicio de la función. En 1974, al frente de un River urgido por la sequía de éxitos, se animó a alinear en Primera a un muchacho que terminaría rompiéndola toda: Daniel Alberto Passarella.

Carlos Bianchi lamenta aquellos cruces de cuartos en la Libertadores 2013. Aún hoy piensa que si Boca vencía en la maratónica definición por penales, después de una serie sin goles, se quedaba con la Copa. El incomparable DT tropezó contra la mejor versión de Newell’s en mucho tiempo, tanto que esa formación dirigida por Gerardo Martino fue elevada al nivel de un Barcelona (no del actual). Los rosarinos constituyeron una valla insalvable para el Virrey en su tercer ciclo: seis partidos y ninguna victoria.

Desde la asunción de Rodolfo Arruabarrena en el cargo, Boca y Newell’s jugaron en nueve oportunidades. Hubo siete victorias xeneizes y dos empates. Si adaptáramos un hashtag que suele circular en las redes sociales, podríamos advertir: #TampocoSeMetanCon Bianchi.

Como varios en el fútbol argentino, la Lepra reivindica su condición de clásico adversario. Ciertamente, desde la épica final (épica en serio) de la Liguilla 86, ha habido choques dignos de memoria entre ambos. Una particularidad es que la mayoría de los últimos se ha dado en escenarios de crisis, sobre todo para quienes están desesperados de que la haya. En 2015, por ejemplo, Boca venía de dos derrotas consecutivas. En 2016 estaba en duda la continuidad del Vasco. En 2017 parecía que River se llevaba el título de arremetida. En 2018 el equipo de Guillermo acababa de perder dos seguidos. En 2020 también. Ahora explotaba todo. Boca ganó siempre.

La presencia de Izquierdoz para imponerse en las dos áreas, la seguridad de Andrada y el aporte de los pibes de las Inferiores, vitales en un mercado restringido, fueron las noticias más favorables. El domingo arrancó triste y terminó con tres puntos en honor de Don Segundo Tevez, laburante y boquense.

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Dos hechos vuelven extraordinaria la carrera de Oscar Miguel Malbernat: fue capitán del Estudiantes campeón mundial en Manchester y vino a Boca para pelear el puesto con Rubén Suñé y Silvio Marzolini. Cacho empezó como zaguero en las Inferiores pincharratas. En Primera se consolidó como lateral, con gran timing para barrer y despojar al wing que pretendía eludirlo. Aunque era diestro, jugó más de 3 porque de 4 estaba el también destacado Eduardo Luján Manera.

Presente en 26 de los 31 partidos que los platenses disputaron en las Libertadores de 1968 a 1971, alcanzando las cuatro finales y solo perdiendo la cuarta ante un bravísimo Nacional uruguayo, Malbernat se sumó al masivo éxodo producido en el club tras la salida del técnico y maestro Osvaldo Zubeldía.

A Boca llegó acompañado por Carlos Pachamé, volante central zurdo, de gran sentido táctico, luego asistente del Doctor Bilardo en la Selección. A Pacha se lo reconocía por dos características: doblaba hasta la mitad las mangas de su camiseta larga, aunque se tratara de la peor noche invernal, y su apretón de manos podía desintegrar un ladrillo.

Les costó a Malbernat y Pachamé conseguir un lugar en la formación xeneize, dirigida por el chileno Fernando José Riera Bauzá. El equipo arrancó a todo vapor en el Metropolitano, con goleadas de visitante a Ferro (5-0), River (4-0), Estudiantes (7-1) y un épico 3-2 a Lanús en la Bombonera (0-2 hasta los 28 minutos del segundo tiempo).

El estreno oficial de Oscar fue en la banda izquierda un 9 de abril en Liniers, con categórico 4-1 a Vélez. El juvenil Roberto Mouzo (19 años) controló al peligroso Carlos Bianchi y el correntino Ramón Ponce dejó literalmente incrustada la pelota en un parante, con un magnífico tiro libre. El rendimiento boquense declinó en esa primera rueda y continuó bajo durante la segunda, al margen de un festejado 4-2 al Independiente que iniciaba su dominio en América.

La etapa azul y oro de Malbernat concluyó en el verano de 1973. En un mercado de pases con abundancia de canjes, Boca lo cedió a Racing junto con el santafesino Oscar Víctor Trossero -goleador de las Inferiores- para traer a un volante de muchos rulos y despliegue que escribiría historia larga en la institución: Jorge José Benítez. Sin Malbernat ni Suñé y retirado Marzolini, se confió en otro aguerrido marcador de origen pincha para los costados. Salió bien. Con 23 años, el cabello largo y sin bigotes, Vicente Alberto Pernía se instaló en La Boca.

Como tantos discípulos de Zubeldía, Malbernat se diplomó de entrenador. Anduvo por el ascenso (Argentino de Quilmes, Morón, Sarmiento) y varias plazas de Conmebol (Paraguay, Ecuador, Chile y Perú). Aquí en Primera solo dirigió a Estudiantes.

Cacho falleció en agosto de 2019, a los 75 años. Tres meses más tarde se supo sobre la existencia de una hija extramatrimonial, María Virginia Brizuela, quien reclamaba derechos en la sucesión. Extrañamente, los medios desaprovecharon la oportunidad de titular la noticia como tanto les gusta: “Escándalo con la herencia de un ex jugador de Boca”.

Aunque Boca haya ganado cuatro de los últimos cinco, nunca conviene subestimar las dificultades del torneo argentino. Los cuatro rivales de este año lo confirman. Gimnasia venció de visitante a Vélez, Colón y San Lorenzo en la Copa Maradona. Banfield fue subcampeón y el viernes superó claramente a Racing. Argentinos estuvo a un gol de ser finalista. River, el primer poseedor, mereció la victoria hasta en los partidos y las series que perdió.

Del 2-2 de anoche, para empezar por algo bueno, puede decirse que el equipo generó situaciones, incluidos tres mano a mano resueltos por el arquero visitante. Por elaboración colectiva o inspiración individual, todos los jugadores ofensivos quedaron en posición de gol al menos una vez. Cardona ratificó el poder desequilibrante de su pegada, con balón quieto o en movimiento.

El aspecto negativo, por supuesto, fue la endeblez defensiva que nuevamente impidió terminar con la valla invicta. En los cuatro primeros encuentros de 2020 a Boca le metieron un gol. En los cuatro primeros después de la pandemia no le anotaron. En los cuatro de 2021 que disputó por la competencia local ya le marcaron siete. Zambrano carga culpas en casi todos.

Así como adelante hay expectativas porque Villa y Salvio son capaces de prevalecer en el uno contra uno, atrás aumenta la inquietud al ver que, salvo a Izquierdoz, les cuesta imponerse en los duelos. Si a un lateral lo desbordan seguido y a un central le cabecean fácil, es un problema técnico más que táctico. Esas fallas no las solucionan ni los mejores planteos de Pep Guardiola o Ricardo Zielinski.

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Mucho antes de conducir la Asociación de Técnicos y de enfrentarse públicamente al locuaz Caruso Lombardi, Victorio Nicolás Cocco fue un futbolista sobresaliente, con ascendencia entre pares, aptitud para elaborar y poder de definición, sobre todo gracias a su facilidad para saltar e impactar el balón en dominios rivales. “De chico jugué bastante al básquet”, le cuenta a MuyBoca durante una charla que empieza con un recuerdo de sus inicios en Unión.

En diciembre del 66 vino Boca a un amistoso. Aunque yo entonces era número 5, me pusieron de 2. En el segundo tiempo entró Rojitas. ¿Sabés lo que costaba quitarle la pelota a Rojitas? En un cruce le cometí una falta fuerte. Quise disculparme y me dijo: ‘Andá, ¿pensás que así vas a jugar algún día en Buenos Aires?’. Estuvimos peleados casi 50 años por aquel foul, ja, ja… Nos amigamos hace poco”, se divierte con la anécdota este santafesino de rulos todavía firmes, nacido el 23 de marzo de 1946.

San Lorenzo lo incorporó en 1968. Esa misma temporada llevó a un 9 de Deportivo Español que se destacaba por su elegancia: Carlos José Veglio. Fueron dos de las figuras de Los Matadores, campeones invictos del Metropolitano. En la semi vencieron 3-1 a River (Cocco y Veglio anotaron los últimos dos) y en la final, 2-1 al Estudiantes que acababa de lograr su primera Libertadores.

Aquel Ciclón mantuvo alto nivel de competitividad: tercero en el Nacional 69, tercero en el Metro 70 y segundo en el Nacional 71. Arrancó 1972 con la renuncia de su entrenador, el chileno Andrés Prieto, y una sanción a Roberto Telch, histórico volante central. Llegó Juan Carlos Lorenzo para ordenar todo. “Él me inventó de enganche, cuando no existía esa función”, rememora Victorio con gratitud. “Nos juntábamos con Toti para armar. Adelante iban el Lobo Fischer (después el Ratón Ayala) y el Gringo Scotta”, completa. Las revistas ya publicaban fotos en colores. Camiseta azulgrana con botones y localía en el viejo Gasómetro de madera, San Lorenzo se adjudicó ambos certámenes. En el segundo superó 1-0 a River en la final, en cancha de Vélez y en suplementario.

Aquel bicampeón argentino no pudo contra el Independiente copero y se frustró un sueño americano que tardaría otras cuatro décadas en materializarse. Ciertas obsesiones demandan elevadas dosis de paciencia.

Victorio y Juan Carlos se reencontraron en el Unión de 1975. Recién ascendidos, los de Santa Fe apostaron fuerte para evitar un regreso inmediato a la B. Contrataron al Loco Gatti, al Chapa Suñé, a Heber Mastrángelo, a Víctor Marchetti… Se clasificaron cuartos en el Metropolitano. Cocco anduvo bien y consiguió una chance en el Deportivo La Coruña. De aquella experiencia gallega se le descubren varios giros idiomáticos y el orgullo de un gol sobre la hora en el clásico vs. Celta de Vigo. De cabeza, por supuesto.

Volvió al país y Rafael Aragón Cabrera, presidente de River, le sugirió a Labruna que lo sumara. Cocco fue protagonista de la final del Nacional 76, la del tiro libre de Suñé. Entró cuando faltaba media hora, en reemplazo del cordobés Beltrán. El DT lo relegó al comienzo de 1977 y el temperamental volante se enroló en un Atlanta con muchos conflictos, al punto de que él terminó ese torneo como jugador y técnico.

En 1978 la vida lo cruzó nuevamente con Lorenzo y su antiguo amigo Toti Veglio, en una etapa gloriosa del Xeneize. “Un plantel bárbaro, con grandísimos tipos”, resume. A Boca se le escapó por poco el doblete: conquistó la Libertadores y terminó a un punto de Quilmes en el ámbito local. Victorio ingresó en una docena de partidos y aportó dos goles para un 4-0 a Estudiantes de Buenos Aires. Solo se le escuchan palabras de elogio cuando habla del Toto: “Vivísimo, estaba hasta en los mínimos detalles. Fue el mejor de todos los que me dirigieron”.

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Los albores del profesionalismo inspiraron a cronistas de entonces, probablemente mucho más leídos que algunos actuales, a rebautizar con sobrenombres gloriosos a los cracks. Boca tuvo delanteros explosivos, estridentes: Cañoncito Varallo, el Machetero Benítez Cáceres, el Atómico Boyé (“Yo te daré / te daré niña hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con B / ¡Boyé!”). A finales de los 40 nuestro club optó por el glamour y la destreza de un centreforward de Vélez, a quien apodaban El Duque: Juan José Ferraro.

Sin redes sociales ni radiales, sin intrusos en las prácticas ni monosilábicos al mediodía, no se armó tanto revuelo como cuando vino Mauro Zárate. Tampoco a José Amalfitani se le ocurrió denunciar maniobras turbias de la dirigencia xeneize. Por el contrario, Don Pepe recibió con gusto 500.000 pesos que entraron por la transferencia y los destinó a concluir el estadio de Juan B. Justo y Barragán.

Ferraro se sumó a Boca con el torneo de 1949 ya empezado. No llegó a reencontrarse con Isaac Scliar: su arribo coincidió con la cesión a Tigre del entreala rosarino, junto a quien había formado una rendidora sociedad en el Fortín. La presentación de Juan José se produjo en el cierre de la primera rueda, de visitante con Lanús. A los 42 minutos anotó el 3-0 con que terminó la etapa inicial. Los locales lo dieron vuelta con una reacción memorable y dejaron al Xeneize en el piso de la tabla. Asomaba una segunda ronda bastante difícil.

Cuatro victorias en fila (Banfield, Huracán, Vélez y River) trajeron calma. Sin embargo, se encadenó igual número de derrotas (Newell’s, Racing, Gimnasia y Chacarita) y Boca afrontó la última jornada con riesgo de descenso: acumulaba 25 puntos, uno más que Huracán y uno menos que Lanús -rival en esa dramática definición- y Tigre.

Boca se adelantó 3-0 como en la ida, el Granate nuevamente descontó y alguno creyó ver fantasmas, pero los milagros no suelen repetirse. Ferraro metió su primer grito en la Bombonera para el tranquilizador 4-1. Francisco Campana -ídolo de Chacarita- agregó uno más. El 5-1 condenó a la visita a un desempate con Huracán. Acabaría salvándose el Globito, luego de una polémica serie de tres matches.

Aliviado, con el apoyo incondicional de su gente (líder en venta de entradas pese a la mala performance) y reforzado por algunas figuras, como el Charro Moreno y el Comisario Colman, el equipo peleó la corona en 1950. Durante esa temporada se vio al mejor Ferraro: en 33 encuentros convirtió 17 tantos, incluido un doblete a su cuadro de origen. Boca se clasificó segundo, detrás de Racing. Jugó poco El Duque en 1951 (apenas siete veces, un gol). Levantó en 1952 (27 y nueve) antes de pegar la vuelta a Liniers.

La revista Vélez lo entrevistó al concretarse su regreso. “A las órdenes de Boca Juniors puse mi honestidad profesional. Luché con toda entereza por la franja amarilla sobre fondo de casaca azul, pero siempre he sido de Vélez”, declaró con un vocabulario que envidiarían Montenegro, Fabbiani y unos cuantos panelistas.

Como tres años antes, Ferraro fue subcampeón en 1953. A su lado había futbolistas de calidad, Ernesto Sansone, Norberto Conde y Osvaldo Zubeldía entre otros. Faltaba Scliar. Al pobre Isaac le fue mal en Tigre y Quilmes: descendió con ambos. Si se quedaba en Boca, seguro que no le pasaba.

Invencible en las canchas y vulnerable cualquier noche, el álbum ofrece miles de postales: desde los potreros de Fiorito y la chata para viajar con los Cebollitas hasta el camión para ir a la práctica y los rascacielos de Dubai. “Hay por lo menos ocho o nueve Maradonas”, dice Ernesto Cherquis Bialo, autor junto a Daniel Arcucci de Yo Soy El Diego. Tal vez se haya quedado corto en la estimación. Vamos a redondear en 10, para honrar la memoria de nuestro último capitán campeón del mundo.

De todos los Maradonas posibles, dejadas de lado sus más controvertidas posturas familiares, judiciales, políticas y religiosas, hay uno inolvidable desde la subjetividad de un hincha de Boca, contemporáneo a él y admirador de su talento desde aquella aparición en la Primera de Argentinos, diez días antes de cumplir 16 años.

Es el Maradona que vino a Boca en 1981. El que fue a buscar sus botines curtidos a La Paternal antes de firmar el contrato en Brandsen 805. El que jugó esa misma noche del 20 de febrero en una presentación armada de apuro, el primer tiempo para Argentinos y el segundo para su nuevo club. El que debutó a las 48 horas en una Bombonera llena como pocas veces. El que soltó la pelota como una lágrima en el primer penal contra Talleres, según la poética narración de un joven Víctor Hugo Morales. El que a pesar de molestias y dolores jugó 69 partidos, entre oficiales y amistosos, en menos de un año calendario, porque había necesidad de recaudar. El que metió 46 goles durante ese período, incluidos cinco a River en partidos por los puntos (todos a Fillol), uno al Milan de tiro libre en la gira de mitad del 81 y otro a la Selección de Japón desde fuera del área (espectacular) en el viaje de principio del 82. El que se embarró igual que Mouzo o Passucci en los entrenamientos en La Candela. El que le pidió permiso al DT Marzolini para ver a Queen en Vélez. El socio de Brindisi. El de la habilitación tres dedos a Perotti antes de la avalancha contra Ferro. El de la sonrisa grande y el pecho inflado cuando dio la vuelta olímpica, única en el país, tras el empate 1-1 con Racing. El Maradona ya crack, ya bendito en los versos de Sabina, pero más pibe, más sano, más capaz de saltar guadañazos rivales en su carrera imparable hacia el arco.

Desde entonces, transcurrieron casi cuatro décadas y a Diego, como publicó la escritora Gabriela Cabezón Cámara, lo atravesó un río, “con sus orillas trémulas de señas, con sus hondos reflejos apenas estrellados, con sus ramajes”. Sí, a Diego le pasó de todo.

El que caminó la Bombonera a tranco lento, el 7 de marzo de 2020, fue otro: un hombre cansado, las piernas vencidas, apenas reconocible por el pelo todavía entero y cuidado. Aun así, a pesar del tiempo y las diferencias, la ovación sonó igual, las canciones fueron las mismas que aquellas del inolvidable Metropolitano 81.

Con perdón de otros que han sabido quererlo, Maradona es de Boca para siempre.

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Décadas antes de que el Flaco Menotti y el Doctor Bilardo cumplieran esa función, otro técnico campeón mundial pasó por Boca: Vicente Ítalo Feola, DT de Brasil en Suecia 58. Sacarle el entrenador a la principal selección del planeta no parecía fácil, pero el presidente Armando siempre fue hombre de ideas ambiciosas.

Así es Boca, número uno de las publicaciones partidarias, se mostró refractaria a la llegada del coach, sobre todo por los elevados costos de sus honorarios. “El obeso brasileño se ha convertido en uno de los potentados entre todos los directores técnicos universales”, fue el mensaje de recepción del semanario en enero de 1961, cuando no existía el Inadi. Feola acordó una prima anual de 20.000 dólares, un sueldo mensual de 30.000 pesos y premios.

La retribución del extranjero (alta para la época, insignificante según los precios actuales) no constituyó el único motivo de queja para la revista. Vicente impuso las concentraciones del plantel, desde el viernes anterior a los partidos, y la prohibición del ingreso de periodistas al vestuario. “Cuanto menos trascienda lo que ocurre en camarines, mejor para nosotros. Lo que interesa es lo que sucede en la cancha, no entre bastidores”, explicó en su primera entrevista con Así es Boca. Podría decirse, sin exageraciones, que estaba medio siglo adelantado.

No fueron aquellos sus únicos aportes innovadores. Aunque el éxito de la verde-amarela había sido posible gracias al desequilibrio que generaban Pelé y Garrincha, una sólida estructura servía de respaldo. Dos integrantes de la tradicional línea media se retrasaban para armar un bloque de cuatro en el fondo. Así nació el 4-2-4. Uno de los que bajaban para meterse en la cueva, según la vieja denominación, era Orlando Pecanha de Carvalho. Feola recomendó su incorporación. El zaguero disputó 120 encuentros oficiales hasta 1965, como miembro destacado de una defensa que se recitaba con la pompa de una marcha militar: Roma, Simeone, Silvero, Orlando y Marzolini, más Rattín patrullando adelante.

Feola fue también quien persuadió a los dirigentes de que el Rata interpretaba mucho mejor las necesidades xeneizes que el fino y cerebral Dino Sani, otro de los costosos fichajes de aquellos tiempos.

Pese al ojo certero de su conductor, el equipo no terminó de funcionar y concluyó en una deslucida quinta posición. Si se discute a Boca cuando sale primero, imaginate quinto… Se comentaba incluso, con real malicia, que Vicente se dormía en las prácticas vespertinas, tal vez producto de la somnolencia que le provocaba algún almuerzo abundante.

Su vínculo duró 12 meses. Dejó modelado el esquema del campeón 1962, luego finalista de la Libertadores. Él volvió a su país y retomó el mando del Scratch para Inglaterra 66. La inesperada eliminación en fase de grupos, con derrotas ante Hungría y Portugal, significó su despedida.

Feola murió en 1975, a los 66 años. Una calle de su natal San Pablo lo recuerda. Merecido el homenaje: no cualquiera dirige a la selección más campeona del mundo y al cuadro más ganador de la Argentina.

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Cualquier noche de entresemana, en la Buenos Aires de fin de los 60 y principio de los 70, se podía comer pizza en El Cuartito; salir con la panza llena de muzzarella y hacer la digestión, ayudado por algún licor de alta graduación, en Caño 14, escuchando las quejas del bandoneón de Troilo y a salvo de la garúa que silabeaba Goyeneche. En ese legendario reducto gastronómico-musical también era posible hablar de fútbol con uno de sus propietarios, gloria de la época dorada: Rinaldo Fioramonte Martino.

Nacido en Rosario, cuna de cracks desde mucho antes de Messi y Di María, Martino -sin parentesco alguno con Gerardo Daniel- llegó a San Lorenzo en 1941. Fue máximo anotador en 1942 con 25 goles, bicampeón sudamericano con Argentina e integrante del denominado Terceto de Oro junto a Armando Farro y René Pontoni. A Farro le decían Chueco, a Pontoni lo apodaban Huevo y a Martino empezaron a llamarlo Mamucho. Parece que después de un partido utilizó la expresión “más mucho” y así lo bautizaron, quitando la ese.

Este notable trío fue clave para que el Ciclón se consagrara en 1946. Después de perder la final de la Copa Competencia ante Boca, con el imaginable dolor que debe haber causado ese revés en la grey azulgrana, los de Boedo emprendieron con notable suceso una gira de diez encuentros por España y Portugal. Lograron cinco victorias, empataron cuatro veces y solo cayeron 4-1 ante Real Madrid (a diferencia del último cruce en el Mundial de Clubes, al menos patearon al arco…).

En tiempos de muy pocas ventas al exterior, Juventus se interesó por ese entreala izquierdo morocho, de peinado gardeliano y estilo fino. Con él como una de sus figuras, la Vecchia Signora se quedó con el Scudetto en la temporada 49/50.

Tanguero, hombre de la noche porteña, Rinaldo sintió el deseo de cantar volver. Y el que lo trajo fue Boca. Por suerte, al cerrarse la operación, no declaró que regresaba para jugar en un grande ni se sacó una foto sonriente en la Bombonera. Como el pase se concretó con el certamen ya iniciado, no fue habilitado y terminó cedido en préstamo a los vecinos de Nacional. En Montevideo no iba a extrañar la milonga, el truco ni los asados.

Fue una pena que no haya podido vestir la azul y oro en 1950. Hubiese integrado la delantera con el estupendo Charro Moreno. Ese Boca se clasificó segundo, detrás de Racing. Mamucho debutó en 1951, cuando nuevamente salió campeón la Academia y el Xeneize quedó relegado al sexto puesto. Hoy, sin duda, hablaríamos de fracaso. Martino convirtió tres veces en el torneo: dos en un 5-1 vs. Platense y otro para el 1-0 a San Lorenzo. Lo gritó con todo, como se aprecia en un noticiero de época.

Crítico de los directores técnicos (“Se consideran doctores”, los descalificaba) y alejado del fútbol, su nombre recuperó notoriedad con la inauguración del citado Caño 14 en 1965. El lugar funcionó hasta avanzada la década del 80. Martino falleció el 15 de noviembre de 2000, a los 79 años.

Sobreviven pocos testigos de sus proezas en las canchas. Cuentan, con la imprecisión de los recuerdos lejanos, que fue un fenómeno. Alguno incluso se anima a afirmar que jugaba mejor que los hermanos Romero. Mejor que los dos juntos.