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Como ya sabrás si es que estás suscrito a este ñusleter desde hace algún tiempo, esta segunda parte del correo suele estar en constante actualización. Primero fue el “Son todos de Boca”, de Marcelo, después, el “Cantemos el himno”, de Claudio y, por último, el “Esto es Boca”, de Vali. Ahora, me toca a mí. Y me toca la arriesgada tarea de intentar conjugar dos de las expresiones más pasionales de nuestro país: el fútbol y la música.

Pocos tipos han logrado salirse del constante Superclásico que vivimos diariamente en Argentina. Y es que la canción nunca pudo escaparle a esa lógica de la pelota tan propia de nuestra tierra: si te gusta A, no te puede gustar B (si lo sabrá River, ¿no?). Fito Páez es uno de esos artistas que, amén de posicionamientos políticos, logró correrse del Boverismo imperante. ¿Un ejemplo? Fue músico de Charly García y grabó una obra maestra con Luis Alberto Spinetta. Pero también fue a ver a la Lepra antes de decantarse por el Canalla y supo entablar una gran amistad con Gerardo Martino, al igual que con el recordado Norberto Fontanarrosa.

Por eso, me parece oportuno que después de ganarle a Central en la siempre cercana Rosario tras 15 años, sea Fito el primer elegido de esta nueva sección. Y es que no solo nos unen los mismos colores, sino también varias canciones ligadas fuertemente al sentimiento boquense:

Sin embargo, la canción que me gustaría recomendarte hoy para que escuches esta semana es “La casa desaparecida”, perteneciente al álbum Abre de 1999. La historia, una épica con tintes depresivos que utiliza la figura de la pasión del hincha en La Bombonera para escaparse, aunque sea un ratito, de la realidad. Ni más ni menos que eso que hacíamos todos hasta abril de 2020 y que, parece, está cada vez más cerca de volver.

Hecho el ofrecimiento, esta publicación estará acompañada por una lista de Spotify en la que iremos recopilando todas las recomendaciones y a la que nos podés ayudar a completar con otras historias que se nos escapen.

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Comenzó el ciclo de Seba Battaglia al frente del primer equipo de Boca Juniors, el hombre más ganador en la historia del club afronta el gran desafío de encarrilar un plantel y darle su impronta de juego: ¿cuál es el estilo de sus equipos? ¿qué tomó de su etapa como jugador? Sobre esto y más charlamos en este nuevo episodio, en el que contamos con el testimonio de Diego Tomasi, autor de la biografía de El Equilibrista.

Escuchá el episodio en Spotify o Google Podcast.

 

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Resulta que me convocaron para tratar de explicar el sentimiento Xeneize –como si fuese algún tipo autoridad en el tópico– y pensaba en que podía ser un disparador de recuerdos, de debate: algunos creerán que Boca pasa por otra cuestión, podremos sentarnos a discutir horas, pero también pensaba en que si hay una persona a la que no hay que explicarle nada de esto es a quien hoy tiene el buzo de DT. Esta semana elijo explicar a Battaglia porque me parece que se parece mucho a la consigna.

«¿Esto es Boca?» rezaba la tapa de una revista deportiva allá por junio del 98 cuando Bianchi firmó su primer contrato. Arrancó otro ciclo en el club y esa revista, de seguir existiendo, tendría que pensar otro título: Battaglia sabe si Esto es Boca. De hecho, ¿cuántas personas lo saben tanto como lo sabe él?

En realidad estoy escribiendo esto a pocas horas de partir hacia La Boca para su debut: no sé cómo le va a ir, no puedo ni quiero predecir el futuro. Pero hoy tenemos al frente del equipo a uno de nosotros. No es que me quiera colgar las mil medallas que tiene. Yo las vi desde la tribuna, no entré a jugar. Pero sí sé que es de los pocos, sino el único, que a cada paso que dio, hizo lo que hubiésemos hecho cualquiera de los que sufren los partidos desde afuera, esos que nos trepamos a los alambrados y a veces pecamos en exigirles a los jugadores gestos que no nos incumben (están trabajando, al fin y al cabo).

Pasa que Seba, un tipo querible como pocos, siempre fue a contramano de todo. Porque los jugadores de su clase suelen irse temprano a Europa, porque suelen quedarse allá, suelen no volver. Y si vuelven, vuelven con exigencias, con pedidos insostenibles, con pretensiones que a veces los clubes terminan sufriendo. ¿Seba? Jamás.

Es del club, debutó bien chiquito, como los cracks. Muy poco después llegó el Virrey y la historia la sabemos todos. Pero de lo que muy pocas veces se habló y se habla (en gran parte por esta misma dinámica en la que él fue a contramano de todos) es del rol de Battaglia en ese Boca. En ese y en todos los Boca que le tocó integrar.

Creo que es imposible hacer una comparación, el fútbol cambió mucho, pero si jugara a imaginar qué pasaría con un pibe de la calidad de Seba hoy, debutando temprano y siendo parte de un plantel histórico en el inicio del ciclo más exitoso del club más exitoso, intuyo que a mitad del año 2000, ya con tres años en Primera y habiendo sido pieza fundamental en la rotación de un equipo que ganó todo, se fijaría entre todas las ofertas y se instalaría en algún pueblo tranquilo de Europa donde formaría una familia para toda la vida. Y si esa oferta se trunca, ya sabemos todos el circo que se vendría. Llorar titularidad en alguna AM, ventilar alguna intimidad del vestuario, posteos de allegados cuestionando al entrenador, gestos desde el banco que valdrían horas de discusión en los programas de chimento que hay hoy en los canales deportivos. ¿Seba? Jamás.

Allá por el 2003, quizá en el pico de su rendimiento después de un año en el que tiró la casa por la ventana, se fue a España. Pero como todos nosotros hubiésemos hecho, volvió rápido. Y otra vez fue parte de un equipo generacional: el Boca de Basile ganó todo lo que jugó y Seba estaba de vuelta. En la Copa con Russo rotó en varias posiciones, pero cuando entró, rindió. Y obvio que ganó.

Ese fue y es Battaglia. El jugador que siempre eligió a Boca, incluso antes que a él mismo. El que salió del club, el que ganó todo, el que compartió equipo con los mejores, el que ganó finales (tantas), el que ganó clásicos, el que jamás le exigió nada a nadie, el que con la vitrina llena de Copas se sentó en el banco y calladito se volvió a ganar el puesto, el amigo de todos en el vestuario dividido, el que nunca traía un problema, el crack de perfil bajo, el que se agigantaba en las difíciles, el que intentó hasta donde pudo, el que supo decir basta, el jugador menos tribunero más amado por la tribuna.

No hace falta explicarle a Seba qué es Boca, que la hinchada exige esto o lo otro, que la Bombonera se mueve, que los partidos importantes se juegan así o asá, que Boca va al frente. Y a mí eso me da mucha tranquilidad. No garantiza resultados y lo sé, pero sí me gustaría que nos demos el lujo de disfrutarlo. De no dudar de las intenciones de quien está en el banco, porque es alguien que una y otra vez tiró para el lado de Boca, muchas veces a costa suyo. El que está cumpliendo su sueño. El que nos puede mostrar mejor que nadie que Esto es Boca.

 

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Es oficial. Luego de casi dos años eternos, volverá a jugarse un partido con público en Argentina.

Será el 9 de septiembre, en el Monumental, donde la Selección Argentina recibirá a Bolivia por las Eliminatorias Sudamericanas rumbo a Qatar 2022 con un 30% de aforo en el estadio.

Así lo confirmó Matías Lammens, Ministro de Turismo y Deportes de la Nación, que afirmó que el partido de la Selección será una «prueba piloto» para después poder comenzar a aplicarlo en todos los estadios del país.

En los próximos días se oficializarán los requisitos para ingresar: sólo podrían asistir al estadio quienes tengan constancia de vacunación, entre otras medidas de prevención.

¿La fecha de regreso al templo? Fines de septiembre.
Fuente: Planeta Boca

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Esto fue un sábado. Era un día de esos feos, grises, de frío intenso y noche cerrada a las seis PM. Yo, con mi mejor cara de nada, mostré mi entrada al primer policía que me crucé y seguí como si supiera hacia dónde iba. No tenía idea. Era mi primera vez en el Ducó “de local”. Boca jugaba contra Huracán y los dirigentes, vivos ellos, decidieron abrir la venta de entradas a no socios. A lo Boca, pensé, y sí fue que en la semana me tomé el H a Parque Patricios e hice cola, como en las buenas viejas épocas, para sacar la mía. ¿Por qué ver un partido así? ¿Dónde está la magia, el disfrute en tener que esconderse entre rivales, pretender ser uno, cuando podría estar en casa gritando los goles con mi familia? No hay, no es algo que recomiende a nadie, y lo digo yo que jamás aprendí: perdí la cuenta de la cantidad de veces que me infiltré en canchas ajenas. Nunca lo disfruté, pero siempre volví a hacerlo. Será para otra ocasión analizar por qué. La cuestión era que Boca estaba encarando el tramo final de un campeonato que se había complicado por demás cuando, dos fechas antes, River se fue de la Bombonera asegurando que nos iban a sacar el campeonato. El partido fue muy feo. Benedetto hizo el 1-0 faltando poco el final y yo pensé que entre todas las pálidas nos llevábamos una de arriba. Pero no. En la última jugada llovió una pelota al área y el árbitro pitó penal para Huracán. Los siguientes diez minutos fueron un circo. La mitad de la platea en la que estaba quedó en evidencia; éramos hinchas de Boca. Claro, mientras muchos se levantaban eufóricos a festejar el penal, nosotros nos sentimos morir. Si Huracán empataba el partido, River pasaba a depender de sí mismo para campeonar. Y Huracán lo empató. Todavía me acuerdo de esa caminata por Colonia. Ya no me interesaba disimular: estaba triste.

¿Por qué estaba ahí? La semana anterior armé una estrategia napoleónica a costa de mi familia para llegar desde Ezeiza a la Bombonera sin tener que pasar por mi casa porque quería llegar. A La Boca, digo. Volvía al país después de mucho tiempo pero mi llegada siempre es La Boca. Ese partido lo ganamos y fuimos felices, pero en el fútbol todo es muy efímero. Siete días después, River tenía el campeonato en sus manos. A la fecha siguiente llegamos con otra cabeza: River había empatado y Boca volvía a tener la pelota. Jugábamos contra un Independiente que, desacostumbrado al éxito, llegó a la Bombonera creyendo que nos hacían cinco goles por haber de ganado algún par de partidos. Ganamos 3-0 y ese día nos fuimos sabiendo que ese año el campeón salía desde La Boca. Abajo, en la batalla de segundos, de repente era Banfield la principal amenaza. Boca jugaba el partido del campeonato en Mar del Plata y se decidió por otro tipo de trampa: habría hinchas neutrales. Así fue que encaramos la Ruta 2 hacia el campeonato, en lo que culminó en una aventura hasta hoy inolvidable por factores que no mucho tienen que ver con Boca (amigos viajando en baúles, casinos, mariscos para cien y algo más), y nos trajimos un 4-0 contundente. Dos días después, Banfield no ganó y al Obelisco.

572 días. Quinientos setenta y dos días habían pasado desde la última vez que había visto a Boca en una cancha. Por eso no me quise perder ningún partido. Por eso corrí a la Bombonera, por eso me fui a Mar del Plata, por eso sufrí sola en Huracán. Más luego iba a volver a irme y volver a volver. Y esa otra vez también me costó tanto que para paliar el dolor empecé a seguir otras disciplinas. Recorrí el país por el básquet, por el vóley, por el futsal. Hoy se cumplen 525 días de la última vez que fui (fuimos) a la Bombonera y entiendo lo que estamos sintiendo todos. Necesitamos a Boca. Y en estos últimos tiempos Boca nos está necesitando más que nunca. Porque hay muy pocas relaciones tan simbióticas como la nuestra. Pocos necesitan tanto a su club y pocos clubes necesitan tanto a su gente, estamos incompletos, damos ventaja. Pero, y qué loco, ahora es cuando mejores somos. Está todo raro, todo es incierto, todo cuesta. Pero “a lo Boca” digo para mis adentros, y sigo. Boca me enseñó eso, no le tengo que explicar a la propia mística cómo seguir en momentos así.

Boca sabe de nuestro sufrimiento, Boca sigue como puede sin nosotros, por nosotros. Por el que sigue aprendiendo a sufrir solo, por los que se juntan y comparten, por los que van al barrio de pasada, por los que ven una camiseta en la calle y sonríen, por los que creen que salir de esta va a ser muy difícil, por el optimista que siempre vio peores, por los que juraron conocer la Bombonera, por los que van a recorrer el país, armar estrategias napoleónicas para no perderse un partido, por los que se van a mezclar entre rivales para sentirse más cerca del equipo y por ese grupo de amigos que se va a pedir una pesca del día en Chichilo porque saben que ese año el campeón va a salir desde La Boca.

En estos tiempos llenos de incertidumbre, tan fríos, tan secos, tan tristes y aburridos hay una sola certeza: a lo Boca.

 

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Las camisetas de fútbol argentino son el souvenir favorito de cualquier hincha. Sin importar los títulos obtenidos (o la falta de), el tamaño o la popularidad del club, la camiseta le da al hincha un sentido de pertenencia y unidad.

Y si se habla de camisetas de fútbol argentino, tiene sentido pensar que las de Boca y River son las más vendidas, debido a que son los dos clubes que más fieles seguidores tienen. Pero, ¿es así?

Una reconocida agencia de marketing deportivo hizo una medición entre abril de 2018 y abril de 2019 para determinar cuáles fueron las camisetas de fútbol argentino más vendidas en ese período de tiempo.

Las 10 camisetas de fútbol argentino más vendidas

De acuerdo con el análisis de mercado que hizo la reconocido agencia Euromericas Sport Marketing, líder en el rubro, Boca es el club de fútbol nacional que más camisetas vendió, con un total de 2.433.000, superando en más de 1 millón a su histórico rival River, que contabilizó 1.300.000 casacas vendidas en ese período.

El tercer puesto lo ocupa Racing, con 989.000 camisetas vendidas, seguido por San Lorenzo e Independiente, con 816.000 y 702.000 respectivamente. Newell ‘s Old Boys sumó 665.000 camisetas, posicionándose en el sexto lugar, y le sigue Vélez, con 599.000 casacas del fortín vendidas entre 2018 y 2019.

Cerca y en octavo lugar quedó Rosario Central, con un total de 502.100. El noveno y décimo lugar lo ocupan Estudiantes de la Plata, con 498.000 camisetas vendidas, y Huracán, pisándole los talones, con 402.000 en total.

Boca: otro récord de ventas

Si de ventas de camisetas hablamos, Boca no solo superó a River en la venta de camisetas de fútbol argentino. El club xeneixe también se llevó la distinción a la segunda camiseta más vendida en todo el continente americano en otro estudio realizado por Euromericas Sports Marketing.

Con un total de 2.433.000 unidades, la camiseta de Boca Juniors quedó por detrás del equipo mexicana Chivas de Guadalajara, que obtuvo un total de 2.678.000 de casacas vendidas.

El estudio de marketing se basó en las estadísticas reportadas por las marcas que sponsorean los equipos, datos provistos por los clubes, las ventas por Internet y los comercios establecidos, entre marzo de 2018 y marzo de 2019.

Además de Boca, River también figura en la lista de camisetas más vendidas del continente americano: el equipo millonario quedó en séptimo lugar, debajo de clubes como América de México, Regatas do Flamengo y Corinthians Paulista, ambos de Brasil, y el Atlético Nacional, de Colombia.

Fuente: A24

 

El juvenil se consolidó en una posición difícil con autoridad, presencia y mucho fútbol. Su elegancia y regularidad, sumado a su visión de juego, sorprendió a gran parte de la hinchada xeneize que esperaba con ansias poder seguir disfrutando de su crecimiento.

Sin embargo, las cosas cambiaron para esta segunda parte del año: Boca contrató a Esteban Rolón y el exjugador de Huracán fue titular en todos los choques importantes del equipo de Miguel Ángel Russo a lo largo del semestre. Estuvo en la serie contra Atlético Mineiro (Alan ingresó solo en la ida) y en el Superclásico de Copa Argentina contra River (el juvenil volvió a reemplazarlo en la segunda parte).

En la Liga Profesional, el mediocampista fue titular en la primera fecha contra Unión de Santa Fe, integrando un equipo alternativo. Luego le tocó ingresar desde el banco de suplentes contra Talleres en Córdoba y, el último partido, ni siquiera tuvo minutos en un Boca completamente alternativo.

En la conferencia de prensa posterior al empate 1-1 contra Argentinos Juniors bajo el diluvio porteño, a Miguel Ángel Russo le preguntaron por el presente de la joya de Boca y respondió: “Son chicos. Seguimos trabajando con él y está considerado. Con los juveniles seguimos trabajando permanentemente”.

Fuente: Planeta Boca Juniors

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“Desde el alma”, interpretada por Juan D’Arienzo y orquesta, invade el living con el inconfundible sonido del vinilo. Es la versión que más le gusta a mi abuelo, Eduardo. Mi viejo prefiere la de Pugliese. Yo me emociono cuando la escucho cantada por Nelly Omar. Pero a los tres nos gusta “Desde el alma”, seguro porque nos transporta a La Bombonera, al vals. Eso sí, a los tres nos molesta eso de aplaudirlo, de hacerlo tan rápido, que cada vez dure menos. El vals no se aplaude, se quejaba mi abuelo, según recuerdo, una de las últimas veces que lo vi en su platea.

Dejó de ir hace unos años. Casi no mira los partidos por televisión. La platea la conserva para que no la perdamos. Pero se hartó, según me dijo una tarde. Que está todo arreglado, que el fútbol ya no tiene sentido. Que en la componenda están todos metidos, que no me voy a hacer malasangre por estos millonarios que ya tienen todo organizado. Mi viejo se le reía, que no exagerara, le decía. Nos dan y nos quitan, tampoco es nada grave. Pero el abuelo seguía en sus siete, que no es cuestión de dar o quitar, es cuestión de poder, de poderes muy altos. Que cómo sería la cosa que hasta los gobiernos se arrodillaban ante el fútbol.

Mi abuelo tenía razón, pero prefería creerle a mi viejo.

Mientras preparamos la picada mi abuelo hace el vermú. Está por empezar el partido y estoy ansioso. Se nota un poco porque casi me rebano dos veces el dedo cortando el salamín. La bronca por Mineiro no se me pasó, sigo caliente y estoy que vuelo. Hoy juegan los pibes del club y quiero verlos, aunque más me gustaría estar en la cancha. Pero claro, hace rato nos quedamos sin visitantes, así que ya me lo perdía. Nos acostumbramos a eso también. a veces pienso que mi abuelo tiene razón. Y ahora, encima, la pandemia. A verlo por tele. Y pagando. Sí a eso también ya estamos acostumbrados. Debe tener razón el viejo.

Salen los pibes a la cancha. Confieso que no conozco, casi, a ninguno. El abuelo se ríe, mientras corta una rodaja generosa de naranja para saborizar los tragos, nos dice que no perdamos el tiempo, que está todo digitado, que nos presentamos porque somos Boca, pero que no había que presentarse. Mi viejo está callado, mira la tele amargado, por ahí siente que perdió la discusión con su padre. Debe ser eso, porque el otro un poco se le mofa. Y cuando escupe su bronca lo mira a él.

Por tuiter dicen que hay que seguir a un tal Mancuso, otros que no perdamos de vista a Escalante y que miremos bien a uno que le dicen Equi, que tiene el tobillo a la miseria, pero pidió jugar igual. De 3 va uno que ya vimos, Barco, debería estar cursando cuarto año. También cuentan que la familia de uno que está en el banco se compró una tele para ver el debut del nene. Palma se llama.

Se van a comer 8 goles, apunta mi abuelo. No seas agorero, viejo, son jugadores de fútbol, le contesta papá más hinchado las pelotas que convencido. Yo aporto algunos datos que pueden entusiasmar. Lo que voy leyendo en las redes. Pero igual, si termina 8 a 0 tampoco va a ser raro.

Veo a los héroes del 2000 y veo que está Giunta, me ilusiono. Yo creo en esos tipos y si esos tipos están ahí por algo es.

Los pibes se animan. Nadie dijo mucho de ese Taborda y la mueve bastante. Corren y meten. Parece mentira que varios jugaron ayer el partido de la Reserva, no dan una por perdida. El arquero, Lastra, corta centros y se queda con el cabezazo de uno de Banfield que entró solo. No se achicó para nada.

Casi los embocamos, pasó cerca. Y Mancuso era bueno, como decían.

Termina el primer tiempo 0 a 0. El abuelo avisa que en el segundo tiempo se quedan sin piernas y nos comemos un peludo histórico. Mi viejo le dice que se calle la boca, que para pavadas están los relatores y comentaristas. El primer tiempo fue digno, apunto tímidamente, y me guardo una bala por si nos golean.

Los pibes siguen en la misma, meten y meten. Pero también juegan, tocan, trasladan, gambetean, aseguran la bocha. Los centrales ganan de cabeza. Los laterales van con criterio, vuelven con velocidad y se quedan cuando saben que no van a lastimar. No es casualidad, los guía el equilibrista, Sebastián Battaglia.

Otra vez lo perdimos, estuvimos cerca. Lo exigen a Lastra, pero con Barco salvan el mal trago y el abuelo salta del sillón y lo grita como un gol, así, pibe, así, esto es Boca, grita derramando el tercer vermú sobre el mosaico.

Los soldados se van cayendo, calambres, desgarros, agotamiento. Cagamos, dice papá, resignado. El abuelo no agrega nada. Yo aporto alguna estadística del que entró de 9, Bodencer, un poco inflada, tal vez.

Se acaba, ya falta poco, ojalá estos chicos tengan el premio de irse sin perder este partido, ojalá no se caigan al final. Dan un descuento eterno. Es un abuso, como todo. Como dice el abuelo, está todo tocado. Se juega hasta el gol de Banfield.

Pero no, resistimos, se acaba, se acaba. Se escucha a las glorias que ganaron todo gritar desde su palco “Vamos, vamos los pibes…”. Papá empieza a gritar y yo también. Se terminó. No los golearon. No perdieron. No les salió.

El abuelo no se nos suma, está callado, los codos en las rodillas, los hombros para adelante y la cabeza caída. Me acerco, y lo abrazo. Me abraza como no recordaba que nos abrazáramos. Tiene lágrimas en los ojos.

Los pibes, esto es Boca, estos pibes son Boca, haceme caso, nene, yo vi a Boyé, a Rattin, a Mouzo, a Rojitas, disfruta a estos chicos, me dice el abuelo con la voz quebrada.

Con papá juntamos las cosas, dejamos todo ordenado y nos vamos, el abuelo se encerró en la pieza, no lo vamos a ver emocionado así nomás.

Mi viejo cierra la puerta, le echa llave y sentimos el grito del viejo, “Esto es Boca, contra todos y contra todo, Boca, carajo”.

 

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Pocos equipos del fútbol argentino pueden darse el lujo de tener jugadores que fueron protagonistas de más de un Mundial con la Selección Argentina. Uno de ellos es Boca con Marcos Rojo.

En el partido contra River por la Copa Argentina fue una de las figuras del juego por la forma en que, junto a Izquierdoz, anularon a la ofensiva de River, trabajo que requiere de una gran complejidad y que tanto el «Cali» com Rojo realizaron de manera óptima.

El jugador, en su cuenta de Instagram, devolvió ese agradecimiento con un emotivo mensaje para los hinchas del club de la Ribera: «Que alegría esta noche. Que feliz me pone por todos los chicos del club y toda la gente de Boca que seguramente se vayan a dormir con una sonrisa como la de mi viejo y mi familia!!!«.

El mensaje no quedó ahí, ya que lo cerró con una frase contundente respecto al porqué quiere estar en Boca: «Para jugar estos partidos estoy en este hermoso club. Esto sigue, vamos Boca carajo«. Uno de los líderes del equipo de Miguel Ángel Russo y un lindo mensaje para cerrar la jornada.