Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

Entusiasmo. Eso le habrá sobrado a Victoriano Agustin «Toto» Caffarena cuando, allá por febrero de 1925, vendió una propiedad, liquidó sus ahorros y se peleó con media familia para seguir a Boca en un viaje transatlántico sin saber que iban a hacer historia. El club y él mismo.

Para tomarle el peso, este descendiente de genoveses era hijo de un escribano del barrio, Agustín Caffarena, y de Isabel Díaz, tenía tres hermanos mayores y nació tan solo 3 años antes de la fundación del Club Atlético Boca Juniors. Su padre, por su parte, fue uno de los fundadores de la II República de La Boca -junto, por ejemplo, a Benito Quinquela Martín-, llegando a ser Archiduque de la Maestranza y el Arbolito durante la presidencia de José Víctor Molina. Victoriano se hizo socio de Boca el 21 de marzo de 1922 convirtiéndose en vitalicio en 1953. Su número, el 253.

Sus ganas de acompañar al plantel en aquella patriada europea lo llevaron a cumplir diversos roles. Fue masajista, utilero, delegado, aportó de su bolsillo alguna ayuda que fuera necesaria para cubrir necesidades, debatió con dirigentes y fue compinche de los jugadores. Para poder entrar a los partidos y moverse con libertad en los estadios europeos, Victoriano se había agenciado un carné de periodista emitido por el diario El Telégrafo. Sí, se hizo pasar por periodista para seguir a Boca. Me cuesta encontrar mayor acto de amor.

Pero, mientras los jugadores de Boca paseaban su talento por las canchas europeas, Toto Caffarena los alentaba, les daba indicaciones tácticas y se peleaba con los gallegos que recurrían a cualquier método para ganar los partidos que iban a terminar perdiendo. Y por método me refiero al amplio abanico que va desde insultos hasta monedazos apuntados a las cabezas de los futbolistas. Así fue que Antonio Cerrotti lo bautizó como “el jugador Nº 12”: con el tiempo, Toto sería padrino del hijo del delantero.

La gira fue un éxito, de eso ya hemos hablado hace algunas semanas. Pero el vínculo entre Toto Caffarena y el club se fue fortaleciendo con el paso del tiempo, así que siguió acompañando al plantel donde fuera que este jugara. Para circular con libertad ahora usaba el mucho más noble pase de masajista y hacía lo que hiciera falta.

Pero si esta columna se llama “Cantemos el Himno”, también es por don Victoriano Caffarena que no dejó detalle librado al azar: fue él quien encargó a Italo Goyeche un himno para el club de sus amores. Con la melodía hecha y presentada en piano por su propia hermana, encargó a Jesús Fernández Blanco que le pusiera letra a esa Marcha. Y así, en 1928, luego de un partido amistoso contra el Motherwell, en un restaurante del barrio, se entonó por primera vez a viva voz resonando en cada rincón, como hoy en cada partido que se juega en La Bombonera.

Tiempo después, Toto siguió ligado al club y al barrio: fue también Llavero Oficial de la II República de la Boca, llegando a ser elegido presidente en el año 1960 cuando murió Molina. Con Alberto J. Armando tuvieron un intercambio: el histórico presidente de Boca lo reconoció oficialmente como el “Jugador Nº 12” y el Primer Mandatario de La Boca le otorgó a Armando el título de “Gran Hechicero”. Y por varios años también ofició como escribano del club, ya que heredó la matrícula de su padre, aunque nunca quiso ser parte de ningún cargo electivo en la institución.

Victoriano Toto Caffarena hoy somos todos. Aquel muchacho que se subió a un barco por amor a la camiseta, poniendo y sin pedir nada, haciéndose compinche de los jugadores, auxiliar de los dirigentes y organizador de rondas recreativas -cuando los días en el vapor Formose se volvían tediosos e interminables-, no tenía idea de que se convertiría en la piedra fundacional de un fenómeno mundial.

El jugador número 12 hoy sigue ahí, siempre está. En las malas, esperando a las buenas, que ya van a venir; en las buenas, inflando el pecho con orgullo pretencioso y, aunque gane, aunque pierda, no le importa una mierda, transformando cada partido de fútbol en un mero acto de entusiasmo, amor y fe.

Crédito de foto: @quiqueVR46.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

Valentín Barco viene de hacer su primera pretemporada con el plantel profesional y hay evidencias de ello por su recortada cabellera que esconde un poco su rojiza cabellera. Pero ese rasgo físico no es el que lo hace resaltar al nacido en 25 de Mayo (provincia de Buenos Aires), sino sus magníficas condiciones futbolísticas que lo llevaron, por ejemplo, a ser convocado a las selecciones juveniles desde que tenía 13 años.

En el año 2014 comenzó a competir oficialmente en las divisiones menores xeneizes y se hizo un lugar en el lateral izquierdo. Sus virtudes técnicas, facilidad para pasar al ataque, disposición para la marca y formidable remate lo convirtieron en una de las grandes figuras de la Categoría 2004. Rápidamente se hizo referente no solamente en su equipo, sino también en la Selección Argentina Sub 15, donde llegó a lucir la cinta de capitán.

En 2019 ganó un torneo internacional en Croacia con la Albiceleste y luego fue convocado por Alejandro Saggese para el Sudamericano de la categoría que se disputó en Paraguay. Allí marcó dos tantos en el debut ante Chile y sumó uno más en las semifinales ante Colombia. Argentina cayó en la tanda de penales en la final contra Brasil, pero Barco fue uno de los mejores valores del conjunto nacional. Su maravilloso año 2019 le hizo firmar un contrato personal con la firma Adidas y en 2020 empezó a tener consideración en la Reserva de Sebastián Battaglia.

Con edad de Sexta División pasó a alternar con Sandez en los encuentros del segundo equipo. Claro que ni desde la dirigencia ni desde el cuerpo técnico pretenden que queme etapas, por eso buscan llevarlo de a poco. En octubre del año pasado firmó su primer contrato en Boca junto a una camada de juveniles dentro de la que resultó ser el más joven de todos.

“Es un distinto, un enganche que juega de 3. Un zurdo con una técnica, habilidad y velocidad impresionantes. Es un crack”, le asegura a Infobae un entrenador que lo tuvo de cerca en las inferiores de Boca. Y en el Consejo de Fútbol, Juan Román Riquelme y compañía también le tienen fe ciega después de observarlo en algunos partidos con su divisional, la Reserva y el puñado de entrenamientos con la Primera: “Un fenómeno, lo único que le falta es crecer un poco físicamente”. Y suena lógico, ya que Barco todavía no terminó de desarrollarse, probablemente sume algún centímetro más a su 1,68m y trabaja para ensanchar su masa muscular.

En la última jornada de la fase regular del campeonato de Reserva pasado ante Patronato en Paraná, el talentoso zurdo recibió un fuerte traumatismo de tórax que lo sacó de la cancha y lo privó de disputar los cuartos de final (ante Godoy Cruz), semis ante Newell’s y final contra Sarmiento de Junín. Tras la recuperación, Miguel Russo lo convocó para formar parte de la pretemporada con el plantel profesional. Y le dio rodaje: participó en los amistosos ante Atlético Tucumán y justamente Sarmiento de Junín con el equipo de suplentes. No desentonó, maquilló la diferencia física y de experiencia con el resto de los protagonistas y sacó chapa de crack.

Es verdad que el entrenador pretendía incluir a otro refuerzo entre las 5 modificaciones permitidas por la Conmebol de cara a los octavos de final de la Copa Libertadores, pero cuando se cayó el pase de Franco Di Santo y no dieron los tiempos para inscribir al peruano Luis Advíncula, Russo no titubeó y se inclinó por Valentín Barco como quinta opción detrás de las incorporaciones Marcelo Weigandt, Esteban Rolón, Norberto Briasco y Nicolás Orsini. Tanto en el certamen continental como en el torneo local llevará la camiseta número 19 que dejó libre Mauro Zárate.

Así como un tal Diego Armando Maradona debutó con 15 años en Primera División y fue superado años después por Sergio Kun Agüero (15 años, 1 mes y 3 días), el Colo Barco fue el cuarto futbolista más joven en la historia xeneize en estrenarse oficialmente luego de los bautismos de Denny Ramírez en el año 1982 (con 15 años, 11 meses y 25 días), Leandro Paredes en el año 2010 (con 16 años, 4 meses y 8 días) y Víctor Hugo Romero en el año 1966 (con 16 años, 11 meses y 17 días).

Fuente: Infobae

Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

Lo apretados que estamos, no se puede creer. Con mi viejo nos agarramos del brazo, si nos perdemos acá, olvídate, no lo veo más. Hace una punta de años que no salimos campeones y ahora estamos cabeza a cabeza con estos tipos. A papá lo veo nervioso, está callado. Me agarra fuerte, me habla fuerte, no me interesa lo que dice de un partido más. Yo quiero ganarles a estos hoy, después vemos.

Explota la cancha, pero explota de verdad. Es una locura. 60.000 tipos rugiendo, los tenemos que pasar por arriba.

Trona el “Dale Boca” algunos se animan con el “Sí, sí señores…” pero yo ahí no canto nada, ni loco. Falta mucho. Y Boca va al frente.

Cierra mal Echegaray, sale Amadeo, cae Paulo. Penal. Penal grito. Penal gritamos todos. Papá también, pero el grito no le sale. Es solo el puño en alto, trompadas al cielo y unos labios que gesticulan, ojos inyectados. Penal. Y Nai Foino, el árbitro da penal. Uno me quiere abrazar, pero no, me lo saco de encima. Los penales hay que patearlos. Si entra se festeja.

Va Valentim en nuestro arco, el de Casa Amarilla. Va el derechazo cruzado, Amadeo se fue al otro lado. Pasan mil años, pasan frustraciones, pasa el abuelo que se quedó en el camino, siento que papá me aprieta muy fuerte el brazo, pero no me duele, y así, con los brazos trenzados saltamos cuando la pelota toca la red y el brasilero nos grita el gol de cara a la tribuna, con bronca, con el puño apretado. 1 a 0. Nos aseguramos el primer puesto.

Ahora hay que aguantar. Papá me dice cosas que no escucho. Estamos aguantando a estos tipos que se nos vienen al humo. Nunca me había dado cuenta, pero el tiempo es muy relativo. Viví más tiempo en esta tribuna, viendo este partido, que en toda mi vida, o lo que yo recuerdo de ella. Por fin, termina el primer tiempo. La eternidad no es tan larga al lado de esto. Papá prende un cigarrillo, aunque siempre le digo que no fume, hoy no le voy a decir nada.

Arranca el segundo tiempo y mi brazo izquierdo ya no se siente. Papá está agarrado, pero, además, salta a cabecear, patea para despejar, le grita al árbitro y le pide a Marzolini que no pierda la marca. Está loco, pienso. Con Marzolini tiene algo especial: mamá lo ama.

Entre Roma, Simeone, Silvero y Orlando están bancando la parada, Rattín persigue a Artime hasta abajo de la cama. Papá le grita a Marzolini que ayude a sacar al equipo. Silvio no parece escucharlo. Pobre Silvio, si supiera la mina que se perdió.

Papá me avisa que se viene la noche. Esto ya lo vio, eso dice. Y el tiempo acá no pasa, esto no termina nunca. Ahora yo cabeceo con Simeone y lo ayudo a Silvero con un puntinazo para que la pelota llegue al círculo. Trato de darle una mano al Rata para ordenar al equipo y me las ingenio para sacar cadera entre la gente para ayudar al Beto Menéndez a aguantar una pelota sin destino.

Tiran el centro y Artime se tira. Se tira. No, se tira, gritamos todos. Nai Foino, se tira. Se tira, clarito. Lo comentamos entre todos. Papá mira fijo al área. Tiene lágrimas en los ojos. Está mudo. Siento que pese a que me sostiene el brazo lo hace sin fuerza. Debe pensar en el abuelo, sólo ese día lo vi así. Está quebrado, aunque no se quiera quebrar.

Sigo su mirada, cobraron penal.

Es en el arco nuestro, otra vez. Tarzán está de negro. Parece que va Delem. Es injusto. Otra vez se nos va a escapar de las manos. Es muy injusto. Papá prende otro pucho. Le sugiero que no mire si no quiere. No me escucha, mira fijo, perdido.

Va Delem, la cruza, igual que Valentim. Roma va para ese lado, no como Amadeo. La pelota viaja. Y ahí viajan tantas desilusiones que ya ni me acuerdo, viaja nuestro silencio nervioso, viaja nuestra vida entera. Deben ser años, décadas. Es increíble cuánto puede tardar una pelota en recorrer la distancia del punto penal al arco, y tal vez un poco menos si nos ponemos finitos. Papá cerró los ojos y ya no siento mi brazo izquierdo. Yo también me inclino a la derecha para ayudar a Tarzán. Algo me golpea de atrás. Me empujan. Se siente un ruido seco. Tump. Roma da cabriolas en el piso todos corren a abrazarlo. Papá mira al cielo, está llorando. Dice algo que no escucho, ni tengo por qué escuchar, es entre ellos. Un montón de camisetas azul y oro se tiran arriba del Tano Roma. Empieza a meterse gente. Papá ahora me abraza.

Ellos rodean al árbitro que se los saca de encima, qué protestan, llorones. Penal bien pateado es gol. 

Almirante Brown es una fiesta, está todo el barrio y estamos los que salimos de la cancha sin saber cómo vamos a volver a casa. Fueron a buscar a los jugadores, y eso que todavía falta un partido. Los traen en andas. Un loco hizo en tiempo récord una mano gigante, la mano del Tano Roma, la mano de todo el pueblo xeneize, la mano del viejo Boca vencedor.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

Casi sin darnos cuenta, la serie de octavos de Copa Libertadores ante Atlético Mineiro está por comenzar. Con el título de Argentina en la Copa América, Boca dejó de absorver las horas de programación de los canales deportivos y la espera se vivió con menos ansiedad. El Xeneize arrancó con todo el mercado de pases y en pocos días cerró las llegadas de Rolón, Orsini y Briasco. Pero en ataque no parece suficiente para cubrir las salidas de Tevez y Zárate, además de la de Soldano. Aún persisten los rumores sobre las posibles llegadas de Advíncula y Borja, pero de avanzar con ellos, recién podrían estar en una hipotética serie de cuartos de final.

La Copa América además le quitó la posibilidad de contar con Fabra y Cardona. Al segundo Boca le puso a disposición un vuelo privado para tenerlo en cuenta en la serie con Atlético Mineiro y que no rompa la burbuja sanitaria de la selección colombiana. El volante lo rechazó, volvió a Medellín para reencontrarse con su familia y quedó descartado para la serie. ¿Habrá represalias para el ex Atlético Nacional? ¿Desistirá el Xeneize de comprar su pase en diciembre?

Así, las principales sorpresas del equipo ante Mineiro estarán en los laterales. Weigandt, que regresó de Gimnasia, ocupará el puesto tras las salidas de Buffarini y Jara. Por el otro costado, el juvenil Sández, que debutó ante The Strongest en La Paz en la actual Libertadores, será el reemplazante de Fabra teniendo en cuenta la partida de Mas.

En el mediocampo la gran novedad, y difícil de entender en la previa, es la salida de Varela, la mejor aparición de Boca en años. Rolón ocupará su lugar y el Pulpo González sustituirá a Almendra, que sufrió una lesión en un tobillo.

El Xeneize recibirá este martes a Atlético Mineiro en La Bombonera, sin público aún, con los siguientes 11: Rossi; Weigandt, Izquierdoz, Rojo, Sández; Medina, Rolón, Pulpo González, Pavón, Briasco, Villa.

Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

Es 12 de julio de 1925, hace frío esta mañana y hay una niebla espesa en la dársena norte. Está llegando el Mosella, proveniente de Burdeos, Francia. En el mástil, alcanzo a ver, flamea, orgullosa, una bandera azul y oro. Entre los pasajeros viene un grupo de héroes, tal vez no lo sepan.

Van saliendo a su encuentro las embarcaciones pequeñas del puerto, portando banderines multicolores. Los marineros y los que llegaron temprano para colarse vociferan cánticos, aplauden y dan las hurras. En aquel barco deben estar emocionados al ver lo que les espera. Estoy ansioso, en minutos van a estar acá.

Los ídolos desembarcan entre abrazos familiares, de hinchas, propios o ajenos y de vecinos agrandados. Se los ve confundidos. Hace cinco meses atrás cenaban con sus familias por última vez para irse a Europa a una aventura incierta y hoy son nuestro orgullo.

Se fueron el 4 de febrero, un día de verano muy distinto al de hoy, en el Vapor de la Carrera para cruzar a Montevideo. De ahí, viajaron en el vapor Formose hasta desembarcar en Vigo el 27 de febrero.

Cuentan las crónicas que, ya en Galicia, nuestra delegación fue recibida con cuanto honor pudiera rendirse. Tanto que los delegados tuvieron que limitar los agasajos para no mermar físicamente a los players, que bastante se habían mantenido ejercitando en la cubierta del barco durante 22 días.

No es para menos: estos tipos vienen de ganar los campeonatos del ‘23 y del ‘24 y el fútbol sudamericano está bien visto por los Juegos Olímpicos del año pasado. Por eso fueron. La idea era mandar a la selecta, pero no se pudo. Así que, entre los dirigentes y tres empresarios gallegos, mandamos al mejor team de acá con algún refuerzo.

La gira empezó bien por Galicia, en la España del que, dicen, es un Rey medio polémico, Alfonso XIII. Imagínense, a los 2 minutos del primer match, ante el Celta de Vigo, Antonio Cerroti shoteó y a cobrar, el primer argentino en hacer un gol en Europa. Después hubo que suspender el enfrentamiento por algunos minutos porque se desplomó una grada y se murieron dos espectadores.

La revancha la perdimos, dicen que la victoria se había celebrado con un banquete de la gran siete. Difícil culparlos: cuentan que, bajo un parral, morfaron frutos de mar con vino gallego. Quién pudiera.

Contra La Coruña estarían mis primos, los Portela y los Area, hinchando por los suyos, mientras Américo Tesorieri atajaba un penal para terminar venciendo 3 a 0. Mérico, el primer arquero argentino en detener un penal en el viejo continente. Me imagino dentro de muchos años a sus hijos y nietos reviviendo la proeza.

La gira siguió en la capital, Madrid. Ahí nos tocó el Athletic, y ganamos de nuevo. Y también le ganamos al Real Madrid que, dicen, es el club del Rey. Tanto que fue con el hijo e hizo parar el partido para que lo saludaran los jugadores. Agrandado el Alfonso. Vaya uno a saber si se podrá repetir semejante hazaña. Difícil, son poderosos.

En Bilbao perdimos los dos partidos y los franchutes nos cancelaron el programa. Un tipo nacido en Argentina nos metió cuatro pepas y casi estropea todo.

En Barcelona no nos fue mal, se ganó contra un combinado local y al Espanyol, dos veces, y eso que ellos tenían a un tal Zamora de goalkeeper. A esa altura media gira estaba caída y los empresarios ya se habían fundido. Así que, de ahí, en tren, a Alemania. Con el Bayern se empató porque estaban cansados los muchachos, el viaje fue largo. Equipo siempre difícil. Pero después se repuntó y hasta hubo una goleada por 7 – 0 a un equipo de nombre difícil.

Al final los franceses volvieron a pedir un amistoso contra un combinado de París, en el Parque de los Príncipes. Les ganamos, pero fue un desastre entre el calor y las matas de pasto que cubrían la pelota.

Me anoté algunos datos: 19 partidos, 15 triunfos, 3 derrotas y un empate. 40 goles a favor y 16 en contra. Seoane fue el scorer con 12. Cerroti y Medici jugaron todos los encuentros.

A los jugadores, a medida que van llegando, los abrazamos con fervor y respeto; lo merecen. Ahí lo veo a Tesorieri, voy a convidarle un “Excepcionales” para que fume y se sienta como en casa hasta la hora de la raviolada que tanto extraña.

De los tres gallegos que armaron la empresa falta uno, la familia lo busca. Cuenta un delegado que se fugó en Burdeos: “Fue a buscar plata a Barcelona, pero no lo vimos más” repite el dirigente a una señora que llora.

Camino al barrio, Roberto Cochrane cuenta, a quien quiera escucharlo, que tuvo que pagar de su bolsillo el vino en el Mosella porque no había para los extras que no fueran fideos y agua. En andas va Tarasconi, que abre los brazos como para envolvernos a todos. Me pasa por al lado Carmelo Pozzo, lo reconozco y le doy las gracias, me mira desconcertado, pero me abraza y grita “Viva Boca”.  Lo busco a Manuel Seoane, que no es nuestro, es de El Porvenir, pero fue el scorer de la gira y lo que hizo por Boca no se olvida en la vida. Lo cruzo, le doy la mano y me saco la boina en señal de respeto. Me acaricia la cabeza y se entrelaza con el otro guardavalla, Díaz. A Medici todos quieren tocarlo, es una pena que su apellido sea difícil para corearlo con “huevo, huevo, huevo”, pero qué huevos, Medici.

Llegando al conventillo, lo veo a Carburín Cerrotti abrazando a un loco que se ríe con humildad y algo de vergüenza: “Él es el jugador Nº 12” grita el delantero señalándolo. Me acerco, es el Toto Caffarena, el escribano. Un demente que, con su brazo derecho en alto, agita un trapo azul y oro, que en Europa tremoló.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

A partir de la reaparición pública de Juan Román Riquelme, analizamos lo que va de su gestión, intentando encontrar las constantes a lo largo de estos 18 meses que lleva como dirigente político de Boca: la austeridad desde lo económico, la apuesta de los juveniles, la ley marcial del ‘Esto es Boca’ y los refuerzos ‘estrella’.

Escuchá el episodio en Spotify o Google Podcast.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

La Copa América va llegando a su fin y comienza a aparecer en el horizonte el regreso de la actividad oficial para Boca Juniors, que tendrá que enfrentar a Atlético Mineiro por la Copa Libertadores. Sin haber concretado todos los refuerzos pretendidos, el equipo conducido por Miguel Angel Russo llega al choque de ida de 8vos de final con un equipo distinto al que terminó la última temporada: ¿Tiene más o tiene menos? ¿Qué podemos esperar de este Boca? ¿Qué expectativas tenemos?

Escuchá el podcast en Spotify o Google Podcast.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

Cargo 44 pirulos. No es poco, claro. Así que, para algunos, soy de la orgullosa generación del 92. Para otros, de la insoportable generación del 92. Y hay motivos para ambas cosas.

Me tocó pasar la primaria mordiendo el polvo. No sólo no salíamos campeones, Ferro, con todo respeto, lo hizo dos veces. Otros ganaron copas libertadores, uno hasta ganó la intercontinental que nunca más iba a ganar. Central fue campeón después de ascender. No se nos daba.

Todo era crisis. Pobreza, no de la romántica, pobreza de la que duele. La historia de los números pintados, arranques para ilusionarse y frustraciones repetidas. Entre las ilusiones había una recurrente: comprar al último que nos hubiera pintado la cara. Se imaginan el resultado.

La cancha cerrada, el club intervenido y jugadores que se iban a otras veredas. Lo de las buenas ya van a venir no era una utopía, era una estupidez.

Cuando estuvimos cerquita, Independiente se llevó el campeonato. Ganamos Supercopa, Recopa y Master, pero eran otros tiempos, exactamente al revés de ahora. Se salía campeón de acá.

En el 91 nos sacaron el caramelo de la mano. Un Boca fastuoso. Pero se fueron los dos mejores a la selección y perdimos la final por penales. Ese día me convencí: nunca se nos iba a dar.

Y llegó el bendito 92. Al mando seguía el Maestro Tabárez desde el banco y, en la cancha, piloteaban el Mono Navarro Montoya y el Beto Márcico. Llegaron Mac Allister, Neffa, Carranza, Pereira, el Manteca Martínez y volvió Tapia. Aparte estaban Giunta, Simón, Giuntini, Cabañas y el traidor de Villarreal.

Triunfazo con Vélez, pasamos a Lanús, le ganamos a San Lorenzo, tablas con Huracán, algunos empates en cero y tres puntos contra el siempre complicado Argentinos Así, llegamos a la fecha 10.

La semana vino de nalgas. Simón se rompía el menisco. El Maestro se la jugaba con un chico del club, Gardelito Medero, para ir de 2 y marcar al segundo riojano más famoso. Imaginen el cuadro. Toda la semana dale que te pego con que jugaba un juvenil, los nervios, la pérdida de experiencia. Desánimo y frustración. Pero los pingos se ven en la cancha. Gardelito jugó un partidazo. La basura de Villarreal pateó un tiro libre que rebotó en la barrera y el Manteca Martínez la mandó a guardar. Después se colgó del alambrado, mientras Caldiero gritaba desaforado y yo corría por el patio dejando la garganta y una vida de frustraciones.

Promediando el segundo tiempo, foul fuera del área y penal para ellos. Un tipo, seguramente harto de vivir persiguiendo sin éxito al éxito, tiró una radio al área de Comizzo, el arquero de ellos. El pobrecito agarró el artefacto y se puso a escuchar cómo el siempre eficiente Hernán Díaz pateaba fuerte contra el Mono que alcanzaba a desviar la pelota y la desdicha.

Cuando terminó ya sabíamos. Pero nadie lo iba a decir.

El invicto lo íbamos a perder en el tramo final, contra Independiente. Empatamos con Racing y, cuando estaba todo servido, Español nos liquidó en La Bombonera. Todos los fantasmas.

Esa noche en cancha de Independiente nos esperaba Platense. Llegamos desde Merlo en micro. En la calle, la montada nos dio para que tengamos y guardemos. A los 20 ya estábamos 2-0. Pero nada era fácil, a los 25 el Manteca se fue lesionado. Y nos descontaron. Así que la vimos fulera de nuevo.

Pero en eso, Medero agarró una pelota boyando. Amagó un pase y avanzó. Y la llevó. Y pasó a uno. Iba en cámara lenta. Pasó a otro. Desde la platea todos gritaban que la largara. Se mandó entre dos. Y entonces tuvo a Moriconi enfrente, y no le quedó otra. Sacó el derechazo. Arriba. Gol. Golazo. Todos abrazaban a Gardelito. Todos nos abrazamos con el que teníamos al lado. Cabañas hizo la cancha de rodillas.

Y sabíamos que sí. Pero nadie lo iba a decir. Esta vez no.

Para la última fecha Tabares tuvo que echar mano a otro chico, Benetti. A la lesión del pérfido Villarreal se había sumado la del uruguayo Pereira.

Es 20 de diciembre de 1992. Otra vez me toca en Padua. El partido se televisa, con una novedad: es en simultáneo con el del segundo. Una no sana envidia me recorre el cuerpo cuando veo que la cancha explota.

Del otro partido llegan imágenes: la tribuna de ellos es una batalla campal. Se rindieron antes de empezar. Gallinas.

Pero tenemos que pasar a San Martín de Tucumán y a un ejército de fantasmas. Y nos embocan. Mi abuelo, de San Lorenzo, pero por sobre todas las cosas antiboca, se mofa. Yo no contesto. Al entretiempo nos vamos abajo.

Arranca el segundo tiempo y es plata o mierda. La agarra Benetti. Hace un amague y se manda al área. La lleva. La cruza. Se cuelga del alambrado. Medero se cuelga con él.

Estoy mareado y gritando. No se qué pasa. Tampoco se qué se hace. Estoy saliendo campeón por primera vez.

“Sí, sí señores, yo soy de Boca…” y es Benetti el último jugador en tocarla.

El Beto se lleva lo que vino a buscar a cambio de todo. Tapia festeja como si no supiera cuánto pesa la Copa del Mundo. El Mono levanta las manos, capaces de agarrar el mundo. El Manteca ya es mi héroe para siempre. El miserable de Villarreal conoce la gloria que nunca más tendrá. El alambrado se viene abajo con todo y con todos, Giuntini se tatúa el campeonato en la cara. La 12 toma la cancha y los campeones desfilan en andas despojados de toda prenda. El Maestro, de impecable traje, devuelve con educación cada saludo. Giunta es el mismísimo Dios y Boca es el gran campeón del balompié.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

Todavía no había cumplido 5 años, pero me acuerdo como si fuera ayer. Mi padre pasó a buscarme por lo de mi madre para el viaje semanal de Flores a Padua que, en aquel tiempo, era largo. Rivadavia todo derecho. Si, con pozos y todos los lujos. Fue en ese trayecto que el viejo me alertó que, si bien esa noche me tocaba pasarla con él, no íbamos a estar juntos.

Me contó que se iba con mi abuelo a ver a Boca. Que iba a salir campeón, me dijo. Lo habré mirado con cara de galletita de agua. Entonces profundizó el tema. Justificó su apuesta basándose en las bondades de contar con un tal Maradona. “El mejor del mundo, es mejor que Platini”. Platini era muy bueno, les digo a los jóvenes que lo conocerán de traje, cabildeando votos para alguna sede mundialista. Pero, parece que este era mejor. Así me dijo.

Aquel día habrá transcurrido entre rutinas. Probablemente habré jugado y mi abuela se habrá ocupado de que yo no le complicara mucho la vida. Seguro comí bien, mi bisabuela gallega fue la mejor cocinera de esta tierra, o así la recuerdo yo.

Cuestión que, ya muy tarde, se escucharon bocinazos y gritos. La imagen es imborrable. Mi abuela abrió la puerta y ahí aparecieron mi abuelo con su boina y mi padre con una bandera. Alguno me subió a upa y gritamos por toda la casa “dale campeón”. Hice una queja por no haber ido a la cancha que nadie escuchó. Lo que sigue es que mi papá me regaló esa bandera enorme. Era de plástico, de azul muy oscuro y amarillo bien oro, agarrada a un larguísimo palo que oportunamente debió ser reemplazado por una rama del gomero. Esa fue mi primera bandera de Boca. Cada partido que se escuchaba por la radio en aquella casa contaba con ese blasón flameando.

La primera vez que fui a La Bombonera fue un 3-1 a Racing de Córdoba. Los cordobeses tenían tres equipos en primera y eran molestos. La historia es larga y ya la he contado en algún lado, pero acá no entra.

La cuestión es que el esposo de mi madre sacó en la boletería dos entradas para la media sur. Y ahí fui, a principios de julio de 1985 con mi sobretodo y pasamontaña. Sin saberlo vi jugar a tres futuros campeones del mundo y sentado en el banco a Di Stéfano que, según mi otro abuelo, había sido el mejor jugador de la historia, incluso por arriba de Maradona y Platini. Estratégicamente ubicado en la puerta estaba el vendedor de banderas. Así que me agencié una de plástico, amarilla y azul, invertida. Tenía un hermoso Pedrín en el centro. La varilla era más solida que su antecesora que ya dormía el sueño de los justos en el galponcito de la casa de mis abuelos, así que el accesorio resistió toda la vida útil del principal. Con el tiempo se fue despintando y rompiendo hasta que, en alguna mudanza, mi madre la pasó a valores.

Ya cuando empecé a ir a la cancha solo era muy chico, pero, en socios norte, estaban el bicicletero, el kiosquero y un grupito interesante de gente de Padua. Iban todos juntos en un micro y portaban una bandera no muy grande que rezaba con dudosa creatividad “la banda de Padua”, así que yo me acercaba con mi distintiva timidez y me quedaba cerquita de ellos. Sabía que ahí, atrás de ese trapo, iba a estar protegido. Era una trinchera.

Ahora tengo una en casa, de tela, réplica del telón amarillo, el de “podrán imitarnos, pero igualarnos jamás”.

Y me viene esto a la cabeza ahora que nos toca esta época infame que vino a sacarnos todo lo sagrado. Y entre lo sagrado, la cancha. Esa cancha que, de repente, enmudeció, que se vació, donde se oyen ecos de gritos sordos, esa cancha que hoy tiene como únicas y bravas representantes de nuestras almas a las banderas. La del Diego que agradece, como si le hiciera falta; la que advierte al resto que igualarnos, jamás; las centenas que nos recuerdan que hay un bostero en cada rincón inhóspito de la patria; aquella de las Malvinas, que prohíbe olvidar; la de la silueta del mejor de todos, que es nuestro, aunque lo quieran los demás; y la que reza que siempre estaremos a tu lado, Boca Juniors querido.

Están ahí, estamos ahí.

 

MuyBoca es y seguirá siendo gratis. Pero si te gustan nuestros newsletter, seguís nuestras redes sociales, disfrutás de nuestros diseños, escuchás nuestros podcast y querés apoyar el proyecto, no nos vamos a negar… Acá te dejamos el link de la app Cafecito: podés ingresar y donarnos el precio de un café (o varios…) para ayudar a crecer a este medio.

https://cafecito.app/muyboca

Si querés leer todos los lunes más historias de «Son todos de Boca» suscribite al newsletter de Muy Boca. Hacé click acá.

El primer párrafo me lo robo para agradecerle a la muchachada de MuyBoca por la invitación a cubrir este espacio, el que habitualmente ocupa Marcelo Guerrero. Desde ya, a los lectores, mis disculpas: la ausencia será indisimulable.

Pero yendo a lo nuestro, acá somos todos de Boca, así que conocemos nuestro origen, de dónde venimos, cómo llegamos y cuánto nos cuesta la felicidad. En el lomo tenemos cicatrices, frustraciones, llantos, ausencias. Pero en el pecho, que bien podemos inflar, tenemos orgullo, epopeyas, alegrías y afectos.

Pero siempre, en definitiva, los bosteros podemos hacer gala de la frase de nuestro himno que nos define: “Boca nunca teme luchar”. Y, como sea, luchamos.

Y de eso vengo hoy, de crecerse en la adversidad, eso que nosotros llamamos “a lo Boca”. Y a mi cabeza vienen muchos partidos, muchas aventuras, muchísimas situaciones “a lo Boca”, y no necesariamente en orden de importancia. Puede ser la final con el Madrid en Tokio, puede ser Mandiyú en La Bombonera. El orgullo no tiene precio, mis amigos.

Pero hoy voy a recordar uno que no vi. Soy de la caricaturizada generación del ’92 así que mis recuerdos son estos. Año 1987, Copa de Oro Mar del Plata, el clásico contra los que unos años más tarde iban a volver a La Feliz, pero a jugar el Nacional.

El asunto es que estábamos en Mar de Ajó de vacaciones con mi madre, su marido y la hermana de mi madre. Sin tele, por supuesto, y, si vieran lo que era el departamento, no era lo más grave. Así que pusimos la radio en la mesa del comedor, sala que albergaba además a la cocina y una habitación. Prácticamente al baño también.

La cuestión es que ellos venían con la base que unos meses antes había ganado la Libertadores y la única Intercontinental de su historia. Y nosotros con las penas y las dudas propias de los ochenta. Menotti en el banco, jugadores que nadie sabría si se adaptarían al estilo del ex DT del Barcelona y todo nuestro drama de la época.

Lo arrancamos ganando con un gol de Rinaldi promediando el primer tiempo, pero, sobre la hora, penal para ellos, empate. Tranquilidad, seguíamos ganando la Copa. La cosa era así porque habíamos despachado a Independiente y al Colonia de Alemania -vean qué nivel tenía todo esto– y ellos se habían cargado a los alemanes, pero al haber empatado con los de Avellaneda, nos daba la ventajita. Ustedes no me van a creer, era “la Copa”, porque estos torneos eran importantísimos en aquellos años, nadie hablaba mucho de Libertadores ni cosas así.

Ya en el segundo tiempo, y en apenas dos minutos, Funes y Alzamendi – tómenle el peso – nos la mandaron a guardar. Chau Copa. Se escuchaban festejos y cargadas en la calle.

Con la frustración a cuestas nos fuimos a cenar a una pizzería – vacaciones, mamá no cocinaba-. Mientras comíamos sentimos algún grito de gol, otras cargadas, risotadas y otro grito de gol más. Imaginábamos lo peor, porque estos torneos se desmadraban, entonces, a la derrota parcial le seguían las tarjetas e, indefectiblemente, la goleada. El oprobio. El plan familiar siguió como rutina, con la vuelta al perro por el centro. No hubo fichines aquella noche para aquel chico que orillaba los 10 años.

Ya de vuelta, pasada la medianoche, frustrado y agotado de un día de barrenadas, pelota–paleta y fulbito playero me fui a acostar. Recuerdo estar en la cama cuando escuché el grito del esposo de mi madre, algo así como “ganamos la Copa”.

Resulta que Comas había descontado y el querido Quique Hrabina había puesto el 3-3 definitivo sobre la hora. Eso eran los gritos. No fue el partido más importante de nuestra historia, ni mucho menos, pero esa noche no la olvidaremos jamás.

Ya vendrían alegrías de grueso calibre de esas que, en ese momento, ni soñábamos. También habría de las otras, por supuesto, pero siempre al frente, con la cabeza en alto. Porque Boca, Boca nunca teme luchar.