Quiso el fixture que las fechas 2 y 3 del torneo fueran contra los equipos de las dos máximas autoridades de la Liga Profesional, su Director y su Presidente. Cuentan los conocedores de esa organización que la animosidad de Spinosa hacia los colores azul y oro es comparable a la de Tinelli, por más que parezca una exageración. Y aunque es probable que haya subido esa fobia con los últimos resultados ante Boca, pues Banfield lleva una década sin ganarle y San Lorenzo acumulaba más de cinco años, no sorprende que los demás se amontonen para disimular diferencias con el club número uno de Argentina. Los episodios de esta última semana terminaron de confirmarlo.

Una eliminación de Libertadores, ningún gol (validado) en tres partidos y apenas dos puntos de nueve en el inicio de la competencia local son números para romper el carnet, si se permite la antigüedad, pero Boca tiene una tradición de no aflojar en las difíciles, de crecer en la adversidad. Sería ingenuo pedir unidad después de una campaña electoral como la de hace dos años y la que seguramente habrá dentro de otros dos. Lo mínimo es demandar apoyo irrestricto para los 11 que salgan a la cancha, así se trate de profesionales ya consolidados o de pibes como los que -en estos últimos partidos- aumentaron nuestro orgullo.

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Leandro Paredes cobra el sueldo en la misma ventanilla que Neymar, Mbappé y Di María. Rodrigo Bentancur se cambia al lado de Ronaldo. Nahuel Molina abraza a Messi en la Selección. Gonzalo Escalante inicia su segunda temporada en Lazio. Y ya que hablamos del Calcio, Nahuel Zárate es uno de los baluartes del Güemes santiagueño que lidera en la Primera Nacional.

Cuando se habla de Inferiores, la prédica del establishment comunicacional destaca a los clubes modelo: Vélez, Lanús, Estudiantes, Banfield en los últimos tiempos… Contra Banfield, justamente, los pibes de Boca demostraron sus condiciones técnicas, físicas y mentales para competir en el máximo nivel. Asumieron una responsabilidad para la que todavía no están preparados y honraron la camiseta. Debe haber gratitud con ellos.

A no confundirse: la dupla de centrales por el resto de la temporada será Izquierdoz-Rojo, como corresponde. Bernardi y Aranda son proyectos. La tranquilidad es que en los próximos mercados de pases no habrá necesidad de ir a Ezeiza para volar en busca de defensores. El recambio está unos kilómetros antes del Aeropuerto, dentro de ese Predio revalorizado.

Después de los atracos de la Conmebol, los gases de la policía mineira, la rigidez de un ministerio que no se había revelado tan estricto en cuestiones más importantes, el silencio de Agremiados, la pasividad de AFA y el inédito apego a los reglamentos de la LPF, Boca se las arregló solo. Por más que desde hace años tiren con todo, las piedras y los palos rebotan en el escudo.

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Entusiasmo. Eso le habrá sobrado a Victoriano Agustin «Toto» Caffarena cuando, allá por febrero de 1925, vendió una propiedad, liquidó sus ahorros y se peleó con media familia para seguir a Boca en un viaje transatlántico sin saber que iban a hacer historia. El club y él mismo.

Para tomarle el peso, este descendiente de genoveses era hijo de un escribano del barrio, Agustín Caffarena, y de Isabel Díaz, tenía tres hermanos mayores y nació tan solo 3 años antes de la fundación del Club Atlético Boca Juniors. Su padre, por su parte, fue uno de los fundadores de la II República de La Boca -junto, por ejemplo, a Benito Quinquela Martín-, llegando a ser Archiduque de la Maestranza y el Arbolito durante la presidencia de José Víctor Molina. Victoriano se hizo socio de Boca el 21 de marzo de 1922 convirtiéndose en vitalicio en 1953. Su número, el 253.

Sus ganas de acompañar al plantel en aquella patriada europea lo llevaron a cumplir diversos roles. Fue masajista, utilero, delegado, aportó de su bolsillo alguna ayuda que fuera necesaria para cubrir necesidades, debatió con dirigentes y fue compinche de los jugadores. Para poder entrar a los partidos y moverse con libertad en los estadios europeos, Victoriano se había agenciado un carné de periodista emitido por el diario El Telégrafo. Sí, se hizo pasar por periodista para seguir a Boca. Me cuesta encontrar mayor acto de amor.

Pero, mientras los jugadores de Boca paseaban su talento por las canchas europeas, Toto Caffarena los alentaba, les daba indicaciones tácticas y se peleaba con los gallegos que recurrían a cualquier método para ganar los partidos que iban a terminar perdiendo. Y por método me refiero al amplio abanico que va desde insultos hasta monedazos apuntados a las cabezas de los futbolistas. Así fue que Antonio Cerrotti lo bautizó como “el jugador Nº 12”: con el tiempo, Toto sería padrino del hijo del delantero.

La gira fue un éxito, de eso ya hemos hablado hace algunas semanas. Pero el vínculo entre Toto Caffarena y el club se fue fortaleciendo con el paso del tiempo, así que siguió acompañando al plantel donde fuera que este jugara. Para circular con libertad ahora usaba el mucho más noble pase de masajista y hacía lo que hiciera falta.

Pero si esta columna se llama “Cantemos el Himno”, también es por don Victoriano Caffarena que no dejó detalle librado al azar: fue él quien encargó a Italo Goyeche un himno para el club de sus amores. Con la melodía hecha y presentada en piano por su propia hermana, encargó a Jesús Fernández Blanco que le pusiera letra a esa Marcha. Y así, en 1928, luego de un partido amistoso contra el Motherwell, en un restaurante del barrio, se entonó por primera vez a viva voz resonando en cada rincón, como hoy en cada partido que se juega en La Bombonera.

Tiempo después, Toto siguió ligado al club y al barrio: fue también Llavero Oficial de la II República de la Boca, llegando a ser elegido presidente en el año 1960 cuando murió Molina. Con Alberto J. Armando tuvieron un intercambio: el histórico presidente de Boca lo reconoció oficialmente como el “Jugador Nº 12” y el Primer Mandatario de La Boca le otorgó a Armando el título de “Gran Hechicero”. Y por varios años también ofició como escribano del club, ya que heredó la matrícula de su padre, aunque nunca quiso ser parte de ningún cargo electivo en la institución.

Victoriano Toto Caffarena hoy somos todos. Aquel muchacho que se subió a un barco por amor a la camiseta, poniendo y sin pedir nada, haciéndose compinche de los jugadores, auxiliar de los dirigentes y organizador de rondas recreativas -cuando los días en el vapor Formose se volvían tediosos e interminables-, no tenía idea de que se convertiría en la piedra fundacional de un fenómeno mundial.

El jugador número 12 hoy sigue ahí, siempre está. En las malas, esperando a las buenas, que ya van a venir; en las buenas, inflando el pecho con orgullo pretencioso y, aunque gane, aunque pierda, no le importa una mierda, transformando cada partido de fútbol en un mero acto de entusiasmo, amor y fe.

Crédito de foto: @quiqueVR46.

 

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