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Son todos de Boca: Adolfo Pedernera

Estrella joven, sindicalista visionario, tanguero ferviente, discutidor tenaz y maestro generoso, Adolfo Alfredo Pedernera -como casi todos los notables del fútbol argentino- dejó huella en Boca.

Nació en Avellaneda e hizo Inferiores en Huracán. Debutó en la Primera de River antes de los 17 años, fue centrodelantero de la promocionada Máquina (algún día refutaremos contenidos de esa fábula mediática) e ideólogo de Futbolistas Argentinos Agremiados.

Enemistado con Labruna, disidencia interna poco difundida, Pedernera pasó en 1947 a Atlanta, que se ilusionó con la mejor campaña de su historia. Salió al revés: esa breve experiencia en Villa Crespo terminó con el primer descenso de los Bohemios.

Adolfo emigró a Colombia. Su liderazgo, el carácter de Néstor Rossi y la calidad de Alfredo Di Stéfano convirtieron a Millonarios en El Ballet Azul, equipo que marcó época en tierra cafetera. Cuentan que al quinto gol aflojaban la marcha…

Nueve que retrocedía y armaba, sin resignar llegada al área, Pedernera insinuaba en los tempranos 50 un futuro como director técnico, por visión de juego y claridad discursiva. Empezó a desempeñarse como tal en simultáneo con la creciente relevancia de un cargo hasta entonces menor. En los 60 ya no solo importaba la aptitud de los futbolistas sino el conocimiento del hombre que los conducía.

También comenzaban a tallar los periodistas, con sus análisis, opiniones y polémicas.

“Dicen que usted es un técnico conservador”, le plantea un muchacho de traje, gomina y micrófono.
“¿Quién dice? Tráigame uno… Ustedes los cronistas deportivos son así”, levanta temperatura Adolfo, mientras se le arruga la frente, en un antiguo reportaje subido a YouTube.

La relación de Pedernera con Boca se inició en 1963. Venía de dirigir a Colombia en el Mundial de Chile y Alberto J. Armando -siempre innovador- lo contrató como máximo responsable del fútbol xeneize. La tarea incluía el área juvenil: bajo su mandato nació La Candela. Con los profesionales salía a la cancha Aristóbulo Deambrossi, otro de sus compinches riverplatenses. Boca llegó por primera vez a una final de Libertadores y, al año siguiente, fue campeón con una defensa inexpugnable: entre las fechas 6 y 19 le metieron un gol. Dicen que usted es un técnico conservador…

En 1965, camino a San Justo, sufrió un accidente grave con su Ford Falcon. Estuvo cinco meses internado. Delegó funciones en Pipo Rossi y el fiel amigo cumplió: otro título. Boca dominaba la escena local. No repitió en 1966 porque Roma, Simeone, Marzolini, Rattin, Gonzalito y el Tanque Rojas se fueron al Mundial de Inglaterra en plena competencia. Encima apareció el Racing de José (Pizzuti, otro con gloria boquense).

A principio de 1967, Pedernera convenció a Armando -un entusiasta de los mercados- de que no realizara incorporaciones. La cantera del club proveería de valores con las condiciones necesarias para vestir la azul y oro. Ya asomaban Sánchez, Suñé, Nicolau, Ponce, Novello y Peña. Ellos fueron figuras del notable equipo que en 1969 armó Di Stéfano, el otro viejo socio de la incursión colombiana.

En aquella época también surgió Omar Rubén Larrosa, campeón mundial ’78. Era uno de los tantos chicos que practicaban martes y jueves en la cancha de Barracas Central, que Boca alquilaba para sus divisiones menores. Pedernera ya había reparado en él y un día lo llamó para notificarlo de la citación.

-Pibe, desde la próxima semana usted se entrena en La Candela con la Tercera.
-No puedo, Don Adolfo. Me queda muy lejos. Yo trabajo en una metalúrgica desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde.
-¿Y cuánto le pagan?
-No es mucho, un sueldo de obrero, pero sirve para ayudar en casa.
-Déjelo. Boca se lo paga.

Dos meses más tarde, volvió a convocarlo para avisarle: “A partir de ahora cobra en Brandsen 805, vaya a Contaduría”.

Larrosa llegó tímidamente a la ventanilla, donde le extendieron un recibo para que firmara su primer sueldo. Los dos anteriores habían salido del bolsillo de Pedernera.

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